Tres deseos

2046 Words
Las curvas en la carretera eran un obstáculo fácil para el doctor, experimentado conduciendo. Mantenía una velocidad de 60 kilómetros por hora, debido a que el Renault ya estaba viejo y si lo forzaba, podrían quedarse varados en medio de la nada. La luz del sol entraba por el parabrisas mostrando el pecho aún desnudo de Mario.     — Ya enserio dime — indicó Arturo, sin prestarle atención a la carretera. ¿Con que te hiciste esas marcas? Cada día me cuestiono si algo de lo que dices es real.     — Cree lo que quieras — respondió Mario más tranquilo. Ya te lo dije, fue él. Hacía estragos en mi cuerpo cada vez que me cumplía un deseo.     — ¿La versión criolla de Aladino?     — No te tomas nada en serio. El médico se burló. Gastó la poca energía que guardaba.     — Últimamente me estás fastidiando mucho — gruñó el tipo con el pecho rojo.     — ¡Cabrón! no creas que disfruto nadar entre la mierda de la ciudad. O también te pareció agradable cuando estuvimos conviviendo con las ratas en ese hueco... que invitados de lujo.     — Primero, tú fuiste quien hizo que nos descubrieran la primera vez. Después, lo admito, la cagué, pero ya me disculpé. Ahora, necesito que escuches y te calles de una vez, porque no haces más que cuestionar mis métodos y ahora hasta pones en duda mi palabra.     — Bien, cuénteme la historia del genio y la lámpara — se burló de manera directa, sin tacto alguno. Para obtener esa lámpara maravillosa. En realidad Arturo nunca creyó las historias de fantasía que su amigo le platicaba. Siempre había sido un hombre que primaba la razón por encima de cualquier otra cosa. Creyente de poca fe y todas las cuestiones que involucraran ángeles, demonios y seres del más allá le causaban indiferencia.     — Eres un imbécil — musitó Mario de forma seca, indignado. Más bien acelere este pedazo de tiesto que de aquí a que lleguemos inicia una nueva década. El viento golpeaba la cara del conductor, resecando su piel. El granizo había dejado de caer desde hace minutos, pero las secuelas de la lluvia aún estaban presentes. Los limpiaparabrisas danzaban de izquierda a derecha de derecha a izquierda, rechinando sin cesar. En tan mal estado se encontraba el vehículo que el tacómetro no funcionaba. Aunque eso para el médico era lo de menos. Llevaba años de experiencia manejando un auto mecánico y solo necesitaba escuchar el ruido del motor, así determinaba el momento en el cuál meter el cambio. Llevaban la mitad del trayecto, lo que significa que llegarían a Choachí en cuarenta o cincuenta minutos, posiblemente con esa chatarra ni llegarían. En tierra llanera, se suelen escuchar relatos aludiendo a leyendas urbanas. Incluso hay una canción que cuenta el enfrentamiento de un mortal con el diablo. Existe el relato sobre un animal que, a pesar de recibir muchos disparos, siempre se pone en pie y corre. El animal depende de quien la cuente. Para algunos es un venado, para otros un caballo o un toro. Existe la posibilidad de que estos animales hayan sido víctimas de santería, usada para proteger los terrenos. Por otra parte, los más extremistas afirman que es el mismo demonio que ronda por ahí adoptando distintas formas. Lo cierto es que es la misma historia con diferente protagonista. Esta era la razón por la cual Arturo no creía una sola palabra que salía de la boca de Mario, pero no se había atrevido a decirle algo tan directo cuestionándolo, quizás por temor a cómo podía reaccionar. La palabra sombrerón para él no era más que una patraña que su amigo se idealizaba para justificar los males en su vida.     — Aún nos queda tiempo — dijo Santafé rompiendo la tensión del ambiente. Cuénteme sobre esos deseos, en realidad si necesito saber que pasó.     — Bueno, como te dije, la decisión de creerme está en ti. No haré lo contrario para cambiar tu opinión. Pero todo lo que te voy a decir es absolutamente la verdad.  El copiloto empezó a hablar, Arturo escuchaba atento. Mario tenía apenas 15 años. Ayudaba a su padre en lo que necesitara en el campo. A menudo, tenía que trasnochar a vigilar las reses de ganado para evitar que ladrones inescrupulosos se llevaran lo poco que habían conseguido. Una vez, caminaba paciente por el vasto terreno, mientras sostenía una vara de hierro, con una punta al rojo vivo. Era el instrumento con el cuál marcaban las vacas. Los chulos merodeaban el área en busca de comida. Su pantalón con bota de campana se perdía entre el pasto, tan alto que lo alcanzaba hasta su cintura. Apenas y se divisaba la correa con una chapa grande de metal. Llevaba botas negras de caucho, para afianzarse en el barro. Su sombrero lo protegía del violento sol que azotaba la el lugar. A lo lejos observó los animales. Se encontraban pastando, un total de diez vacas. Solo una de ellas no portaba el símbolo de la herradura con la letra H. Agarró el lazo que colgaba en su pantalón y la amarró por el cuello, llevándola a un lugar apartado del resto de la manada. Una gota de sudor rebasó su mejilla y cayó al suelo en un abrir y cerrar de ojos. Unas quince siguieron sus pasos. Agarró el metal y lo colocó en el suelo, frente a un refrigerador portátil que se encontraba en la zona. Tras escuchar los pasos de su hermano, Sebastián se asomó de un árbol. Se encontraba recostado descansado.      — ¿Ya marcaste las que te indicó papá? — preguntó el hermano mayor.     — Sí, me tocó con el hierro caliente porque no encontré el nitrógeno líquido.     — Esperemos que no sufran ninguna infección, o si no nos matan aquí mismo — bromeó. Lo que estás buscando está en esa pequeña nevera. Ve preparándote. Mario dio vuelta atrás y abrió el contenedor. Sumergió el hierro en el nitrógeno líquido. A su vez, su hermano tumbaba a la vaca para marcarla con mayor comodidad. La vara pasó más de tres minutos enfriándose.     — Creo que ya es suficiente — Indicó quien amarraba las patas del animalito. El hermano menor puso un pie sobre las extremidades atadas, sostuvo con fuerza la vara y marcó al animal. Éste, se retorció un poco y emitió un mugido que se escuchó con eco. Ésta práctica, se realiza para llevar un control del ganado y en los últimos tiempos se ha implementado el nitrógeno en forma líquida, que se encuentra a una temperatura extremadamente baja para marcarlas. Deja una marca más limpia y evita que el animal pueda sufrir alguna infección o daño con la quemadura.      — Iré a decirle a papá que ya está todo listo. Mario, quédate echando un ojito, uno nunca sabe quién pueda estar merodeando.     — Lo haré. Las horas pasaron y el vigilante de turno observaba el campo recostado en el tronco de un árbol, mascando una rama que reposaba en su boca. Se había retirado el sombrero porque el sol ya no era tan intenso. Con el paso de los minutos, sólo podía pensar en una cosa: lo que quisiera hacer apenas terminara el bachillerato. «Siempre he querido ser doctor. Pero es muy difícil que entre a una universidad en la situación en la que estamos» afirmó. Le apasionaba el mundo de la medicina, desde pequeño jugaba a ser el cirujano de la casa. El problema, era que su hermano mayor se pagaba solo los estudios de administración de empresas y Darío ni siquiera había finalizado la primaria, su padre no tenía recursos. Un sonido invasor interrumpió sus pensamientos. Se levantó inmediatamente y dirigió la mirada hacia la manada. Los animales estaban tranquilos. Se agachó para volver al sitio donde descansaba, pero un zumbido lo perturbó nuevamente. Sin aviso previo, las vacas empezaron a mugir sin parar. Pronto, comenzaron a moverse. Cuando intentó detenerlas fue peor. Una se alzó en dos patas con el lazo al cuello y otra lo golpeó fuertemente en las costillas. Cayó. Sentía resaca. En su oído, se introdujo la música de una serpiente cascabel. Lo siguiente, le indicó que el animal estaba cerca. Miró como se deslizaba por el suelo, sin afán. Acabó por resignarse a su destino. Estaba lejos de su casa y está muy lejos de un hospital eficiente. Cuando la sintió a menos de un metro, dio un salto inhumano. La fuerza vital se apoderó de él. Agitó sus piernas como nunca antes lo había hecho y corrió. El reptil también aumentó su velocidad. Al no encontrar salida, optó por saltar para trepar el tronco donde había estado descansando toda la tarde. La serpiente exhibía su lengua, ostentosa, mientras rodeaba el árbol dando vueltas en un bucle infinito. De pronto lo escuchó. ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! Tres, dos, tres, dos. En son de sol, re, sol, re. Se escuchaba lejos, por eso, una cantidad absurda de saliva bajó por su garganta. ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! Tres, dos, tres, dos. En son de sol, re, sol, re. Sus manos no se afianzaban a la madera y para rematar, el sudor hacía que se resbalara fácilmente. Por dos pasos dados, se resbalaba tres. ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! Tres, dos, tres, dos. En son de sol, re, sol, re. Casi no se escuchaba, por consecuente alzó su mirada... y ahí estaba. La figura de un espectro de al menos un metro ochenta de estatura se alzaba imponente. En su rostro, la nariz larga, hacia presencia, al igual que sus labios color blanco. Solo los movía en son de silbar. Tenía las cuencas de los ojos vacías. ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! Tres, dos, tres, dos. En son de sol, re, sol, re. Sentía la muerte respirándole en la nuca. ¿Qué era eso? Jamás había experimentado una sensación así. Quería gritar, pero no podía. Quería orinarse, pero no podía. Quería saltar del árbol, pero no podía. Quería vivir, pero ¿Podría? Intentó subir de nuevo. Escaló dos pasos, cayó uno. Le dio miedo seguir.     — Te puedo ayudar — pronunció una voz profunda. Solo tienes que cantar conmigo. En su oído retumbaba la melodía de aquel ente, pero aún se podía escuchar también el siseo constante del cascabel.     — Si cantas conmigo, puedes pedirme lo que quieras. Mario no sabía qué hacer. Pero, cuando se vio a punto de caerse, vio al animal empezar a treparse por el árbol. ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! Se escuchó el silbido, de dos labios al unísono. Había accedido al pacto.     — ¡Quiero que desaparezcas a ese animal! En un instante, el siseo se detuvo. No se atrevió a mirar hacia abajo, ni hacia al frente. Es más, cerró los ojos. Sintió como alzaban su camisa y pasaban algo filoso por debajo de su pecho. Ardía, dolía mucho. Fueron casi cinco centímetros. Mario cayó del árbol. El espectro asomó su rostro inexpresivo y lo alineó con el de su nuevo acompañante.     — ¡Lo que quieras, cuando quieras! Pero... yo también necesito algo, te buscaré después. Sin avisar, desapareció. De vuelta a la realidad, el hombre temblaba a causa del relato.     — Cada marca se liga con un favor que le ha pedido — dijo Arturo, examinando el pecho de su compañero.     — Así es.      — Entonces ¿Cuáles fueron esos dos deseos? Hubo una pausa. Donde solo el chillido del parabrisas interrumpía.     — En el segundo, fue cuando le pedí felicidad plena.     — Pero como que te robaron hermano.     — En ese momento no lo creí, porque conocí a una chica, Elisa era su nombre. Y créeme, fuimos felices, hasta que ella se enteró que tenía esposa.     — ¿Cómo? ¿Tuviste una amante y nunca me lo habías dicho?     — Pero eso que importa, desapareció hace mucho de mi vida.     — ¿Y el tercero?     — Que me dijera quien era el asesino de mi familia. Pero, me marcó con su uña y solo respondió: Sofía.
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