¿Pétalos o espinas?

2121 Words
Al mismo tiempo, a una distancia aproximada de 139 kilómetros, una chiva rumbera al son de “las diabluras” del maestro Jorge Velosa, partía hacia el último punto de su paseo nocturno. El cupo estaba completo. Salieron a las ocho de la plaza central de Villa de Leyva. Habían recorrido la casa de barro, el viñedo y su última parada era pozos azules.     — ¡Destápenla! — gritaba un hombre, aunque el ruido de la música lo opacó. Estaba junto a su pareja y dos amigos. Apuntaba a una botella de aguardiente intacta, congelada, esperando para alterar los sentidos de quien se atreviera a degustarla. Los puestos del vehículo están divididos en cuatro filas, sin contar la de adelante. Jorge, un hombre trigueño, con un ojo apagado y otro bailando, apresuraba el paso apretando el acelerador para llegar lo antes posible. A su lado, una pareja de jóvenes no estaba disfrutando del paisaje, en cambio, buscaban tomarse fotos, que dejaran la constancia de que estuvieron allí. Justo cuando decidieron plasmar su amor con un beso, uno de los neumáticos delanteros se hundió en un hueco enorme, provocando que el joven saltara y estrellara su cabeza de manera cómica contra el techo de la chiva.     — Con cuidado que casi se arranca la cabeza y de paso el labio a su mujer — comentó el conductor de manera jocosa. La pareja sonrió al mismo tiempo. Atrás suyo, el grupo de amigos ya habían destapado la bebida y repartían a Raimundo y todo el mundo. Vertían el alcohol en el vaso para chupar y pasaban hacia atrás sin mirar a quién. Las que recibían eran cinco chicas. La edad promedio del grupo rondaba entre los 19 años. Lucían sus cuerpos con vestidos hermosos de colores muy oscuros. Azul, gris, n***o, café y verde, ninguna repetía. Se encontraban celebrando la despedida de la de n***o, que partiría con destino a México la siguiente semana, en un intercambio estudiantil. En la tercera división, apenas se encontraba una pareja de ancianos con su nieto. El señor deseaba con todas las fuerzas de su corazón probar un aguardientico, pero la mirada amenazante de su esposa lo intimidaba. Sólo podía sonreír nerviosamente.     — Abuelita, ¿Cuándo lleguemos podré montar en cuatrimoto? — preguntó el más joven.     — Si está abierto de pronto, pero a mí me da cosa mijo. El municipio de Villa de Leyva es visitada por muchos turistas, de diferentes nacionalidades, debido a la hermosura tanto de la arquitectura como de sus paisajes. Entre las muchas actividades que se pueden realizar, están los recorridos en cuatrimotos, las cabalgatas, las bicicletas en el aire, y un sinfín de lugares que sin duda guardan historias increíbles. Es curioso como en la plaza principal, los habitantes exhiben sus coches de colección; modelos clásicos que cautivan a propios y ajenos. La gastronomía es muy variada. Se puede encontrar desde pizzas, hamburguesas, comida colombiana tradicional, hasta restaurantes que mezclan la gastronomía mexicana y peruana, creando una explosión de sabores increíble. Precisamente, la mujer que se encontraba en la última fila trabajaba como mesera en la pizzería más grande del municipio. Su cabello era corto, de color n***o. Manejaba un peinado de hongo. Venía muy bien maquillada y arreglada. Vestía una falda gris sobre medias veladas casi transparentes, que dejaba a la vista sus voluptuosas piernas. Su chaqueta de cuero era negra y no tenía la cremallera cerrada, luciendo una camisa blanca sin ningún estampado. Sostenía una botella de ron en su mano izquierda y dos vasos en su mano derecha. La mujer aparentaba 20 años. A su lado, un hombre mayor, aproximadamente entre los 75 y la muerte, hablaba sin cesar. Ella se notaba incómoda, pero asentía y soltaba risas (que se notaba a leguas que eran falsas).     — Cuando el negocio de las flores prosperó, decidí salir del pueblo — decía, mientras le indicaba con su mano a la mujer que le extendiera un vaso de alcohol. Ella giró la tapa y sirvió.     — Salí porque estaba lleno de problemas. Tenía problemas con casi todos mis empleados y yo quería asegurar mi platica en otra cosa. Por eso decidí venir a un lugar más tranquilo, pero como me quedé soltero, me decidí a disfrutar la vida hasta el último minuto.     — Bueno señor — pronunció ella.     — Armando — interrumpió el. Armando para ti señorita.     — Bueno, Don Armando. ¿Usted no tiene hijos a los cuáles dejarle ese dinero? ¿No tiene herederos?     — No mija, yo quiero es dejárselo a alguien que me haga sentir vivo aún, ¿Si me entiende?     — Si creo que le entiendo — dijo mientras se dirigía lentamente al oído y le lamía la oreja. Los pelos del brazo del viejo se erizaron. La chiva detuvo su recorrido frente a un terreno que estaba lleno de al menos cien cuatrimotos.     — ¡Damas y caballeros! De aquí en adelante van solos — habló el hombre con el volante en las manos. Si hubiéramos venido en el día, aquí al frente era donde podían comprar la boleta para conocer los pozos azules. Al lado cuadran con los dueños de las motos, creo que la hora está en unas 60 barras. Si quieren montar a caballo, al frente con muchísimo gusto los atienden, aunque a los que vienen tomando no se los recomiendo, mejor se calman un poco y luego van. Ahí creo que también está lo de las bicicletas y no se preocupen por el transporte, ellos mismos los devuelven al pueblo. ¿Todo claro?     — ¡Sí! — retumbó al unísono, gritos más encendidos que otros. Las chicas que venían en combo, se dirigieron hacia pozos azules. Aquel lugar, es reconocido por ofrecer una caminata ecológica con cuarenta minutos estimados de duración. Cuenta con cinco pozos de colores muy bonitos, entre verdosos y azules. Estos colores se deben a las algas que crecen en el fondo de estos. Para ir, lo recomendado es llegar temprano, tener algo para la hidratación y una buena cámara, para capturar los paisajes tan bellos que el departamento de Boyacá tiene que ofrecer. Una de las chicas lanzó un reto.     — Nos colamos de noche ¿O miedo?     — Pero ¿Qué tal haya policía? Nos podemos estar metiendo en una bien gorda — aseguró la de n***o.     — Relájese que está todo controlado, esto no tiene cámaras, no tiene nada, ¿Quién dijo miedo? Todas asintieron. Disimuladamente, caminaron hasta la entrada del lugar y se adentraron. Mientras tanto, la pareja de ancianos realizaba el pago de alquiler del vehículo para que su nieto tuviera una hora de diversión extrema asegurada.     — Solo métale el dedo a esta palanca para acelerar — instruía el guía. Y gírele la cabrilla duro sumercé, porque eso no es como una bicicleta. Aunque no se podía apreciar su cara por el casco, el niño se encontraba emocionado. En el local del frente, los dueños de la botella de aguardiente, que por cierto ya se encontraba vacía, descansaban en una pequeña tienda, esperando a que el mareo disminuyera para aventurarse a una cabalgata nocturna. Hay quien dice que un guayabo se soluciona tomando más alcohol. Parecía la ley de ese grupo, porque en sus mesas solo había botellas de cerveza listas para envenenar sus cuerpos. El plan más romántico lo estaba realizando la pareja, que, montados en las bicicletas de aire, disfrutaban de su noche tranquila. Pedal tras pedal, las bicicletas que colgaban de cuerdas en el aire, se desplazaban hacia delante de manera lenta, pero perfecta, porque así podían contemplar por mucho más tiempo, las miradas coquetas que se cruzaban. En la entrada del sendero, siguiendo casi al pie de la letra los pasos del grupo de muchachas, estaban el viejo y la joven. Leyendo el cartel gigante de “Bienvenidos a pozos azules”.     — ¿Te quieres animar? Preguntó la fémina.     — ¿Acaso si me animo hay alguna recompensa? — respondió con tono morboso, dirigiendo su mirada a su falda. Le desagradó. Sus ojos reflejaban asco.     — Sí, pero no me vaya a tocar hasta que yo le diga.     — Está bien, yo me aguanto, seré un buen muchacho. «¿Muchacho? Sí, quizás en la primera guerra mundial» pensó. La pareja se tomó de la mano y entró. La primera bajada era un poco peligrosa, por lo tanto, ella desbloqueó su celular y activó la linterna. Alzó la mano para alumbrar el camino. El hombre caminaba lento. La edad ya pesaba y el frío lo tenía tullido, pero seguía adelante, dispuesto.     — Entonces, Cuénteme más de usted señor.     — ¡Armando! — La volvió a corregir.     — Eso, eso…     — Bueno, durante toda mi vida siempre fui alguien muy solitario, aunque no le niego, tuve dos esposas. La primera, para mí fue el amor de mi vida. Vanesa se llamaba. Tenía unos ojos claritos, así mismo como el agua que deben tener esos pozos. Pero yo si la amé mucho. Se me fue porque usted sabe que ese cáncer no perdona. Pero que se le puede hacer. Hubo una pausa extendida. Se oyó un suspiro.     — La otra, era más jovencita que yo, unos veinte años yo le pongo. Mire que yo no sé que hice mal. Yo la consentía, le compraba cositas y la tenía contenta, pero nada de eso sirvió porque me dejó por otro.     — ¿Y cómo se dio cuenta? — preguntó la mujer. Su boca se adornó con una risa burlona.     — Ay mija, usted porque está joven, pero eso no más espere a que conozca el matrimonio y se va a dar cuenta, que eso nunca es fácil. Uno cree que lo es todo para una persona y no más la descuida y ya los cachos se le ven desde Cartagena hasta Leticia. Y sí, eso mantenerse cuerdo es difícil. Usted no se imagina cuánto.     — Entonces ¿Qué busca de una culicagada como yo?     — Mire mamita. Usted sabe bien qué busco, no se me haga la loca. Si me da lo que yo quiero arreglamos con platica y si me sigue visitando, yo la tengo contenta con lo que me pida. Lo único que tiene es mantenerme contento. Las nubes observaban. Llegaron al primer pozo. La luna se reflejaba en el centro, creando una distorsión preciosa. Líneas blancas en zigzag acaparaban desde el centro hasta el final. Aunque era de noche, se podían apreciar muy bien los colores del lago, que entre el azul aguamarina y el verde, formaban un paisaje poético.     — Y si yo lo mantengo contentico ¿Será que usted me puede dar para un carrito que yo ando necesitando? — lo interrogó sin siquiera mirarlo a los ojos.     — No es sino es que diga que es lo que quiere y se le cumple el deseo. Yo le monto su carrito, su casita y la tengo viviendo bien desde que a mi me de lo que quiero. La mujer se le acercó. Había muy poca distancia entre los dos cuerpos. Condujo su dedo índice desde el ombligo hasta llegar a la quijada del hombre. Posó el mismo dedo en esos labios arrugados y lastimados.         — ¿Y es que usted quiere que le suelte eso ya?     — Yo estoy preparado. Sacó un pequeño frasco con píldoras. Azotó el frasco y las pastillas chocaron entre sí.     — Veo que vino bien preparadito. ¿Será que si lo podemos hacer aquí?     — Dígame ya mi amor. ¿Dónde lo quiere hacer? Ya habían llegado al segundo pozo, que solo estaba a treinta metros de distancia.     — No sé papi, dígame donde y yo lo complazco — la voz femenina era muy provocadora. La cara del hombre estaba llena de lujuria, de éxtasis completo. Estaba fascinado por la mujer que había atrapado en su sucia red.     — Venga le cuento algo. La mujer se escondió detrás de un árbol. Él siguió sus pasos, posó sus manos sobre las caderas de la joven. Le dio un beso suave, recorriendo cada milímetro entre sus labios. Apresuró a enviar una mano hacia la falda, para tocar lo que llevaba debajo.     — ¡Hey! Espérate un poco, vas muy rápido — gritó la chica.     — ¿Qué quiere entonces mi amor?     — Primero necesito que veas algo — respondió mientras se levantaba la manga de la chaqueta. Su antebrazo salió al descubierto. Volvió a encender la linterna y le enseñó un tatuaje de una rosa roja muy detallada que cubría desde el codo hasta su muñeca.     — ¿Qué es eso? El hombre acababa de pronunciar la última palabra de la noche. Automáticamente, sintió como su cuerpo se apagaba completamente. A continuación, se desplomó bruscamente.     — Duerma, duerma profundo, viejo verde.
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