Una delgada línea roja

1566 Words
El colchón de la habitación alquilada se sentía duro como la roca. En un patrón casi indescifrable Mario se movía. Media vuelta hacia la izquierda, vuelta completa hacia la derecha, media vuelta hacia la derecha, vuelta completa hacia la izquierda. No lograba conciliar el sueño después de haber visto aquella escena tan macabra. Sudaba a chorros, aunque en Cajicá la temperatura no superaba los 15 grados Celsius. Se agarraba la cabeza, y cuando sacudía sus manos, estaban empapadas. De nuevo el ciclo continuó. Boca abajo, media vuelta hacia la izquierda; media vuelta hacia la derecha, vuelta completa hacia la derecha. Boca arriba. El nombre de su hermano se paseaba por su mente aun cuando no era bienvenido. Volvían viejos fantasmas que lograban asustarlo. Los recuerdos de su familia seguían más vivos que nunca. La sola idea de que sangre de su sangre podía haber cometido el crimen que cambió su vida le recorría el cuerpo provocándole náuseas. Se levantó de la cama. Abrió la puerta de su habitación. Su vista se estaba acostumbrando hasta ahora a la oscuridad. Se tapó el ojo derecho con su mano, no veía muy bien. Se tapó el ojo izquierdo, mucho mejor. Se dirigió a la cocina. Un empaque con un polvo blanco yacía acostado encima de la estufa. Agarró un cuchillo. Buscó un limón, lo posó sobre la mesa y lo partió por la mitad. No salpicó ninguna gota del cítrico. Buscó un vaso y prosiguió abriendo la llave del agua. Lo llenó. Exprimió el limón realizando solo un poco de fuerza sobre la fruta. A continuación, agarró la bolsa con el polvo y le hizo una pequeña abertura con los dientes. Tomó una cucharada y la sumergió en el agua. La mezcla causaba efervescencia. Durante toda su vida, había escuchado que el bicarbonato de sodio y el limón tenían propiedades alcalinizantes que lo podían ayudar con las ganas de vomitar. Tomó el contenido del vaso, sintiendo una fiesta de burbujas y contracciones en su sistema digestivo. Emprendió el camino de vuelta a su habitación. Antes, entró al baño. Encendió la luz, fastidiando sus ojos debido al cambio repentino. Se observó en el espejo. «A este paso en diez años no va a quedar nada de mí» aseguró mientras se revisaba el brazo, cosido de mala manera con cinco puntos. Enjuagó sus manos con agua y agachó su cabeza. Se levantó. ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! Sol, Re, Sol, Re. Sus ojos se abrieron. Sus pupilas estaban dilatadas. El oxígeno le faltaba. Dio la vuelta y se resbaló. Su cabeza se alcanzó a golpear con la punta del inodoro. Rápidamente se levantó. Observó a su alrededor, pero no había nada. «¿Qué demonios? ¿Está aquí?» la paranoia lo había consumido por completo. Abrió la puerta y regresó a su cuarto, aunque una sensación de persecución constante lo acompañó a la cama. Se recostó convencido en que podría conciliar el sueño. Media vuelta hacia la derecha, vuelta completa hacia la derecha, una vuelta hacia la izquierda. Abrió los ojos. La oscuridad lo consumía. Media vuelta hacia la izquierda, media vuelta hacia la derecha y abrió los ojos. ¡Fiu fiu fiu! Empezaba a retumbar en su memoria. «No dejes que te asuste, solo está en mi mente» se recriminaba. Vuelta completa hacia la derecha, vuelta hacia la izquierda, vuelta hacia la derecha. Quedó boca arriba. Abrió los ojos. De pronto, en su oído se escuchó finamente ¡Fiu fiu fiu! Dirigió su cabeza hacia la puerta, encontrándonos abierta. Estaba completamente seguro de que no la había dejado en ese estado. Cuando menos lo esperó, una mano se asomó, con uñas largas color marrón. En la puerta se posó una mujer vestida de blanco de los pies a la cabeza. Mario no lo podía creer. Intentó gritar, pero de su garganta no salía ni una sola palabra. Intentó moverse, pero estaba paralizado, como si una fuerza sobrenatural lo poseyera y quisiera dejarlo estancado en la cama. «Cierra los ojos, debe ser un mal sueño, ya despertarás» se consolaba. Eso hizo. Cerró sus ojos fuertemente y esperó despertar. Lastimosamente no parecía que fuera un sueño. Abrió los ojos de nuevo. La cara de la mujer se encontraba frente a frente a un solo centímetro de distancia. Era la misma mujer que habían visitado hace unas horas, pero luciendo una sonrisa macabra, de oreja a oreja.  De repente, despertó. Giró su cuerpo en todas las direcciones posibles para cerciorarse de que todo había sido una pesadilla. Efectivamente, lo había sido. Se sobó la cien con sus dedos medio e índice. En giros, para calmar un poco la migraña que aterrizaba. Se levantó de su cama. Solo podía pensar en los silbidos que había escuchado y la manera en que lo hizo sentir esa mujer. Se vistió con sus sandalias y una bata. Quería darse una ducha fría para espantar todas las malas energías. Abrió la puerta. Quedó estupefacto. Sus testículos se subieron hasta su garganta. Una delgada línea roja marcaba un camino en una oscuridad profunda. ¿En dónde estaba? ¿En qué momento había salido de su habitación? Caminó hacia adelante no sin antes escuchar el estruendo de la madera de la puerta cerrándose de golpe. Dio cinco pasos, con mucha cautela. La línea giraba hacia la derecha. No había otra luz. Giró hacia lo indicado. Aproximadamente seis pasos lo llevaron a la nueva curva. Se detuvo un momento. «¿Qué pasa si no sigo el camino?» esa pregunta invadió su mente. Tomó la iniciativa de no seguir el rastro. Se fue hacia atrás, perdiendo el equilibrio, porque no había piso en ningún lugar que no estuviera delimitado. Afortunadamente no cayó, su reacción fue rápida. «¿Acaso fui a parar en el infierno?» decía internamente mientras avanzaba por la raya luminosa. El color sangre le generaba repulsión, pero no había otro color que resaltara en aquella habitación. Avanzó lo que para el fueron quinientos metros, siempre guiado por la delgada línea roja. De repente un sonido interrumpió el silencio total que reinaba. ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! Sol, Re, Sol, Re. «No otra vez» aunque otro peculiar ruido acompañaba al silbido anterior. ¡Hiiiii! ¡Hiiiii! Relinchaba un caballo, mientras el sonido del trote se acercaba más y más al hombre. Atrás, una figura vestida con un chándal azul, sin facciones en el rostro, montaba al animal que ardía en llamas. Las notas musicales aumentaban su velocidad con el pasar del tiempo. Sol, Re, Sol, Re, Sol, Re. Una puerta apareció a poco más de diez metros de Mario. Se abrió automáticamente. Aquella entrada tenía destellos de un color blanco celestial. Parecía la puerta hacia el cielo, solo hacían falta algunos cánticos angelicales, en cambio, el trote del caballo le respiraba la nuca. Mario no tuvo otra opción. Corrió por la delgada línea roja. Su perseguidor estaba a cincuenta metros. Corrió más fuerte; el jinete estaba a veinte metros. La puerta parecía más lejos; el jinete estaba a cinco metros. Abrió la puerta; una mano del hombre sin rostro se alcanzó a posar en su hombro antes de entrar. Allí, la habitación totalmente monocromática, explotó en una fusión de colores con tonalidades de rojo, rosado y morado. En el centro, se encontraban dos sábanas blancas, cubriendo un bulto cada una. «¿Esto es una broma?» No podía creer lo que yacía tendido ante él. Dudó en levantar aquel manto blanco, porque ya sabía que se iba a encontrar y no estaba preparado para aquello. Cuando sin esperarlo, el cuerpo de una persona hizo un brusco movimiento bajo la sábana. Quedó sentado. Un cuerpo más pequeño, que se encontraba al lado, hizo lo mismo. — ¿Qué he hecho para merecer algo así? — recriminó fuertemente. Díganme. Cuando esto ocurrió en mi vida, pensé en lo peor, ¿Eso quieren? ¿Me quito la vida y las acompaño en el más allá? No puedo hacer más. El cuerpo diminuto levantó su sábana, dando a conocer su cara, familiar, demasiado familiar. Lucía. — ¿Qué haces aquí papito? — preguntó con la misma voz llena de dulzura. — No lo sé mi amor, yo también me pregunto lo mismo — aseguró mientras lágrimas en cantidades se desbordaban por su mejilla. ¿Acaso es lo que quieren? ¿Qué esté acá con ustedes? La mirada compasiva de su hija no se apartaba del hombre, hasta que el cuerpo que seguía sentado, sin destapar su identidad, se incorporó de pie. — ¡Mario! — gritó una voz de ultratumba. Una voz femenina, mezclada con el de algún ser perteneciente al ejército del mismo Satanás. ¡Mario! ¡Mario! ¡Mario! — ¿Qué quieres Sofía? — respondió. La sábana que cubría el cuerpo fue apartada. No era Sofía. Era la misma mujer que habían visto asesinada hace algunas horas. Valentina Moreno. — ¡Mario! ¡Mario! ¡Mario! — seguía.  Mario despertó. — ¡Mario! ¡Mario! ¡Mario! — gritaba Arturo mientras lo agitaba. — ¿Otra pesadilla? — fue lo único que alcanzó a decir mientras miraba sus manos. — Nos tenemos que ir — manifestó con apuro. — ¿Qué? ¿Pasó algo? — Nos están buscando — el tono se tornó mucho más serio. — ¿Quién? — La policía.
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