Al amanecer, el hospital volvía a la vida después de la pausa de la noche, aunque para Leah, Rey, Camila y Jacqueline, ese día tenía un peso distinto. Había una sensación de inminencia, de que algo finalmente se resolvería, para bien o para mal. Leah se levantó más temprano de lo habitual, preparándose mentalmente para lo que sabía que sería una jornada larga y tensa. Sabía que hoy sería el día en que enfrentarían a Michelle de una vez por todas.
Camila llegó poco después, con el rostro fresco pero con una seriedad que rara vez mostraba.
—¿Lista para el gran día? —preguntó Camila mientras se ajustaba el uniforme de enfermera.
Leah asintió, aunque su mente estaba centrada en las distintas formas en que el día podría desarrollarse. La relación con Rey la tenía algo distraída, pero en el fondo, sabía que era hora de dejar esos pensamientos a un lado y centrarse en lo que realmente importaba: salvar el hospital y acabar con la corrupción que lo estaba devorando desde dentro.
Un poco después, Rey apareció por la puerta, vestido con uniforme de enfermería pero, con un aire resuelto. Se le veía calmado, pero Leah podía notar la tensión en su postura. Sus miradas se cruzaron brevemente, y aunque no dijeron nada, el entendimiento entre ellos era claro.
Horas más tarde, el equipo se reunió en la oficina de Jacqueline para repasar el plan final. Todos estaban de acuerdo: Michelle debía ser confrontada con las pruebas que habían reunido sobre su corrupción. Había estado desviando fondos, manipulando datos y, lo que era peor, había permitido que Brian, el jefe de seguridad del hospital, encubriera sus acciones a cambio de beneficios personales.
—Tenemos todo lo que necesitamos —dijo Leah, sosteniendo un dossier lleno de documentos incriminatorios—. Si la confrontamos y no cede, presentaremos todo esto a las autoridades.
Jacqueline asintió con una determinación férrea.
—No podemos permitir que siga arruinando este lugar. Ya ha hecho suficiente daño.
El plan era simple: se reunirían con Michelle en la oficina principal y le darían la oportunidad de renunciar antes de que todo saliera a la luz. Leah sabía que Michelle era demasiado orgullosa para ceder fácilmente, pero al menos debían intentarlo. Camila, mientras tanto, había estado en contacto con algunos de los empleados más antiguos del hospital, quienes estaban dispuestos a testificar si fuera necesario.
Cuando Michelle entró en la sala de juntas, su actitud era como siempre: confiada y altanera, sin sospechar que esa sería la última vez que entraría en ese lugar como directora.
—¿De qué se trata todo esto? —preguntó con su habitual tono despectivo.
Leah y Jacqueline intercambiaron una mirada antes de que esta última tomara la palabra.
—Michelle, sabemos lo que has estado haciendo. Hemos reunido pruebas suficientes para demostrar que has estado desviando fondos y encubriendo tus acciones con la ayuda de Brian.
Michelle soltó una carcajada, pero la tensión en su rostro era inconfundible.
—¿Pruebas? ¿Qué pruebas? ¿De qué están hablando?
Jacqueline deslizó una carpeta con los documentos sobre la mesa hacia Michelle, quien la ojeó rápidamente. El cambio en su expresión fue sutil pero evidente. Sabía que estaba en serios problemas.
—Tienes dos opciones —continuó Jacqueline, sin perder la calma—: renuncias ahora mismo y te vas sin hacer más ruido, o llevamos esto a las autoridades y arriesgas enfrentarte a cargos criminales.
Michelle miró los documentos por unos segundos, su mente trabajando a toda velocidad para encontrar una salida. Pero no había ninguna. Finalmente, se dejó caer en la silla, con el rostro crispado de ira y frustración.
—Esto no puede ser real —susurró, aunque era evidente que sabía que todo era cierto — Esto no acabara aun para ustedes, volveré cuando menos me esperen…
Leah, quien había permanecido en silencio hasta entonces, decidió hablar.
—Michelle, este hospital ha sido tu responsabilidad durante años, pero lo has convertido en un lugar corrupto, lleno de secretos y mentiras. Ya no se trata solo de ti, sino de todos los que trabajan aquí, de todos los pacientes que confían en nosotros.
Michelle finalmente levantó la vista, con los ojos llenos de rabia, pero sabía que estaba vencida. Sin decir una palabra más, se levantó de su asiento y salió de la sala, dejando los documentos detrás. No necesitaban verla firmar una carta de renuncia; sabían que no volvería.
La siguiente parte del plan fue más sencilla. Con Michelle fuera de escena, confrontar a Brian fue casi un trámite. Al principio, negó todo con la misma arrogancia con la que siempre había tratado a los demás, pero cuando Leah le mostró las grabaciones de video que lo implicaban también directamente en el caso más el incidente hacia Camila, su fachada se derrumbó.
—No tienes a dónde ir, Brian —dijo Leah, con la misma firmeza que había usado con Michelle—. Puedes renunciar y evitar el escándalo, pero si no lo haces, te enfrentaremos a cargos criminales.
Brian, que había sido un hombre nefasto e irritante para muchos en el hospital, ahora parecía encogerse frente a ellos. En cuestión de minutos, accedió a firmar su renuncia y desapareció del hospital con sus pertenencias.
Con ambos fuera, la corrupción que había estado asfixiando al hospital durante años comenzó a desmoronarse. Leah sintió una mezcla de alivio y satisfacción, pero sabía que aún quedaba mucho trabajo por hacer.
Poco después de los acontecimientos, Jacqueline convocó a Leah, Camila y Rey a una reunión privada. Había algo en su expresión que delataba una decisión importante.
—He estado pensando mucho en esto —comenzó Jacqueline—. Este hospital ha pasado por mucho, y creo que es hora de un cambio real. He decidido comprar la propiedad y establecer aquí la nueva sede de mi clínica privada.
Leah, Camila y Rey se miraron entre sí, sorprendidos pero emocionados. La idea de que el hospital pasara a manos de Jacqueline era más de lo que podían haber esperado.
—¿Estás segura? —Preguntó Leah, todavía incrédula—. Eso es un paso enorme.
Jacqueline asintió con seguridad.
—Este lugar tiene potencial, pero necesita una dirección sólida, algo que Michelle nunca pudo ofrecer. Quiero que sea un lugar donde la gente reciba la atención que merece, sin corrupción, sin miedos.
Leah sintió una oleada de emoción. Todo por lo que habían luchado estaba dando frutos, pero Jacqueline no había terminado.
—Quiero ofrecerte algo más, Leah —dijo, mirando directamente a su joven amiga—. Quiero que seas mi mano derecha, mi subdirectora. Nadie más merece ese puesto. Has demostrado ser capaz, leal y más que competente. Necesito a alguien como tú a mi lado.
Leah sintió un nudo en la garganta, pero asintió con determinación.
—Acepto, Jacqueline. Será un honor trabajar contigo.
Luego, Jacqueline se dirigió a Camila y Rey.
—Camila, el puesto de enfermera jefe es tuyo, si lo quieres. Nadie aquí tiene la experiencia y el carisma que tú tienes para ese rol. Y Rey, sé que has estado involucrado en todo esto desde el principio. No sé si tienes planes a largo plazo, pero me encantaría ofrecerte el puesto de recepcionista principal, o incluso secretario.
Camila y Rey sonrieron con gratitud. Ambos aceptaron sin dudar.
Con las nuevas posiciones establecidas, la transformación del hospital comenzó casi de inmediato. Jacqueline tomó el control financiero y administrativo, comenzando una renovación tanto física como organizacional. Leah se involucró en cada detalle, asegurándose de que todo estuviera en orden, desde la contratación de nuevo personal hasta la mejora de los servicios médicos.
Camila, como nueva enfermera jefe, reorganizó los turnos y mejoró las condiciones para su equipo. Los empleados, ahora bajo un liderazgo claro y honesto, empezaron a sentirse más motivados y comprometidos. Rey, por su parte, organizó la recepción y ayudó a establecer un ambiente más acogedor y eficiente.
Mientras todo estaba en plena organización con un rumbo a abrir sus puertas próximamente, nuevos compañeros inesperados se unieron a ellos.