Capítulo XXV Aquí estuve prisionero durante tres días —me murmuró (era en ocasión de nuestra visita al rajá), mientras nos abríamos paso con lentitud a través de una especie de aterrorizado motín de dependientes, en el patio de Tunku Allang—. Un lugar sucio, ¿verdad? Tampoco podía conseguir nada de comer, a menos de que armase un alboroto, y entonces me traían un platito de arroz y pescado frito, no mayor que un molusco. ¡Malditos sean! ¡Cielos! Tuve hambre, merodeando dentro de este apestoso cercado, con alguno de estos vagabundos que me metían sus cuencos bajo la nariz. Ante la primera exigencia, entregué ese famoso revólver suyo. Me alegré de librarme de él. Parecía un tonto, paseándome con un revólver descargado en la mano. En ese momento llegamos a presencia del rajá, y él adoptó co

