Capítulo XXVII La leyenda ya lo había dotado de poderes sobrenaturales. Sí, se decía, hubo muchas cuerdas dispuestas con astucia, y un extraño mecanismo que giraba gracias a los esfuerzos de muchos hombres, y cada cañón subía con lentitud, por entre los arbustos, como un jabalí salvaje abriéndose paso a través de las malezas, pero… y aquí el más sabio meneo de cabeza. Había algo oculto en todo eso, sin duda; pues, ¿qué es la fuerza de las cuerdas y de los brazos humanos? En las cosas hay un alma rebelde que es preciso dominar por medio de hechizos y encantamientos poderosos. Así decía el viejo Sura —un muy respetable dueño de casa de Patusán— con quien tu ve una tranquila charla una noche. Pero Sura era también un brujo profesional, que concurría a todas las siembras y cosechas de arroz

