Cecy:
El aire en el bufete estaba denso, como si algo invisible flotara entre los pasillos. Durante semanas había sentido que la verdad estaba al alcance de mis manos, pero cada vez que intentaba atraparla, se me escurría entre los dedos como arena. Alex seguía actuando como si todo estuviera bien, pero yo no podía ignorar las señales: sus evasivas, sus largas horas de trabajo y, sobre todo, la forma en que la nueva secretaria, Natacha, lo miraba cuando creían que nadie los observaba.
Esa mañana, algo en mi interior me dijo que hoy sería diferente. Decidí seguir mi intuición y prestar atención a cada detalle, a cada interacción que pudiera delatarlo.
Cerca del mediodía, mientras revisaba unos archivos en mi escritorio, noté que Alex no estaba en su oficina. Normalmente, su puerta permanecía abierta, pero ahora estaba cerrada y en silencio. Pregunté a una de las asistentes si sabía dónde estaba, y me respondió que había subido al tercer piso para una reunión rápida.
El tercer piso no era comúnmente utilizado para reuniones. De hecho, solo se usaba para almacenamiento y documentos archivados. Mi corazón comenzó a latir más rápido, y decidí que tenía que comprobarlo.
Tomé el ascensor, sintiendo cómo cada piso que pasaba intensificaba mi ansiedad. Al llegar, el pasillo estaba vacío, y el silencio era casi abrumador. Caminé hacia la sala de reuniones, notando que la puerta estaba entreabierta. Desde dentro, se escuchaban murmullos apagados y el sonido inconfundible de risas contenidas.
Mi mente comenzó a correr con posibilidades, cada una más inquietante que la anterior. Me acerqué lentamente, mi corazón latiendo con fuerza en mis oídos. Cuando estuve a solo unos pasos de la puerta, escuché una voz masculina que reconocí al instante: Alex.
—¿Estás segura de que nadie nos ha visto? —preguntó con un tono bajo pero cargado de nerviosismo.
—Te lo dije, todo está bajo control. —Era la voz de Natacha, y aunque intentaba sonar tranquila, había un temblor en sus palabras que delataba la situación.
Mi mano tembló al alzarla hacia la puerta. Estaba a punto de empujarla cuando alguien me llamó por mi nombre desde el final del pasillo.
—¡Cecy!
Me giré bruscamente y vi a José, el asistente de correo, corriendo hacia mí con una pila de sobres en la mano. Su aparición fue tan repentina que casi dejé caer los papeles que llevaba.
—Disculpa, pero estos documentos son urgentes. Me dijeron que los necesitabas de inmediato —dijo, jadeando levemente mientras me entregaba los sobres.
Mi mente estaba dividida. Quería ignorarlo y entrar a la sala, pero también sabía que si hacía una escena, podría empeorar las cosas. Tomé los documentos con una sonrisa forzada, agradeciendo a José por su diligencia.
—Gracias, José. Yo me encargo —dije, tratando de sonar calmada mientras él se alejaba.
Cuando volví la vista hacia la puerta, el murmullo había cesado, y solo se escuchaba el sonido del aire acondicionado. Empujé la puerta con cuidado, pero la sala estaba vacía. La silla frente a la mesa de reuniones estaba ligeramente desordenada, como si alguien se hubiera levantado apresuradamente, y un perfume dulce, que no era mío, impregnaba el aire.
De regreso en mi escritorio, sentí una mezcla de frustración y alivio. Había estado tan cerca de descubrir la verdad, pero algo, o alguien, siempre parecía interponerse en mi camino. Sin embargo, no podía ignorar la sensación de que Alex y Natacha estaban jugando conmigo.
Esa noche, decidí esperar a que Alex llegara al apartamento para confrontarlo. No iba a hacer acusaciones directas, pero quería ver su reacción cuando le hablara de lo que había sucedido en el bufete.
Cuando llegó, estaba sorprendentemente relajado. Se dejó caer en el sofá, desabrochándose la corbata mientras me ofrecía una sonrisa cansada.
—¿Cómo estuvo tu día? —pregunté, tratando de mantener un tono casual.
—Largo, como siempre. Mucho papeleo y reuniones innecesarias —respondió, frotándose la frente.
—¿Subiste al tercer piso hoy? Escuché que había una reunión allí.
Su mirada vaciló por un instante, pero se recuperó rápidamente.
—Sí, tenía que revisar algunos documentos antiguos. Nada emocionante. ¿Por qué?
—Simple curiosidad —dije, sonriendo suavemente mientras me acercaba a la cocina para servir un par de copas de vino.
Aunque su respuesta fue convincente, algo en su tono me decía que no estaba siendo completamente honesto.
Alex:
Después del encuentro en la sala de reuniones, mi mente estaba dividida. La emoción de lo prohibido seguía siendo intoxicante, pero la constante amenaza de ser descubierto comenzaba a pesar. Cuando vi a Cecy en el apartamento esa noche, su mirada inquisitiva me hizo preguntarme si sospechaba algo.
Intenté mantenerme calmado, pero su mención del tercer piso me puso en alerta. ¿Había estado allí? ¿Había visto algo? Mi mente se llenó de preguntas mientras me esforzaba por mantener la fachada de normalidad.
Sin embargo, algo más estaba comenzando a inquietarme. Después de nuestro último encuentro, Natacha me había confesado algo que no esperaba: estaba casada y tenía dos hijos pequeños.
—No quería decírtelo antes porque pensé que podría complicar las cosas —me dijo, jugando nerviosamente con su anillo de boda.
La revelación me dejó sin palabras por un momento. No era un hombre moralista, pero había una línea que no estaba seguro de querer cruzar. La idea de estar involucrado con alguien que tenía una familia me hacía sentir... extraño.
—¿Por qué estás haciendo esto, entonces? —le pregunté finalmente, mirándola a los ojos.
—Porque mi matrimonio es una farsa —respondió, con una tristeza en su voz que no podía ignorar—. Mi esposo y yo llevamos años distantes, y tú... tú me haces sentir viva de nuevo.
Sus palabras me hicieron sentir una extraña mezcla de culpa y poder. Por un lado, sabía que lo que estábamos haciendo estaba mal. Por otro, la idea de ser el hombre que podía darle lo que su esposo no le daba era casi adictiva.
A pesar de mis dudas, no podía detenerme. Cada vez que estaba cerca de ella, algo en mí cedía, y todos los razonamientos lógicos se desvanecían. Pero ahora, con Cecy empezando a sospechar y la complejidad de la situación con Natacha, sabía que estaba jugando un juego peligroso.
Cecy:
A medida que pasaban los días, mi determinación de descubrir la verdad solo crecía. Sabía que Alex estaba escondiendo algo, y aunque aún no tenía pruebas, estaba decidida a encontrarlas.
Una tarde, mientras revisaba unos documentos en el bufete, vi a Natacha entrar en la oficina de Alex con una sonrisa que me hizo hervir la sangre. Decidí que no podía seguir esperando. Tenía que actuar.
Pero en el fondo, también sabía que, una vez que descubriera la verdad, no habría vuelta atrás.