Cecy:
Las cosas con Lucas habían comenzado como una estrategia bien calculada, un movimiento en el tablero que me permitiera recuperar algo de control en una relación que, por momentos, sentía que me escapaba de las manos. Pero, como todos los juegos peligrosos, este también comenzó a desdibujarse, dejando de ser solo una jugada para convertirse en algo más complejo, algo que me dejaba intranquila y confundida.
Las semanas en el bufete transcurrieron con una tensión latente. Alex parecía cada vez más distante, pero también más atento. Sus ojos me seguían cuando pasaba cerca de su oficina, y sus preguntas casuales sobre mi día ahora contenían un trasfondo de inquietud. Sabía que estaba mordiéndose por dentro, luchando contra los celos que yo misma había sembrado. Pero lo que no había anticipado era cómo Lucas comenzaría a ocupar un espacio en mi mente que no tenía nada que ver con Alex.
Era una tarde particularmente agotadora. La presión de los casos, la vigilancia constante de Alex, y las miradas de Natacha, siempre evaluándome con esa mezcla de superioridad y curiosidad, me tenían al borde. Estaba revisando unos documentos en una sala de reuniones vacía cuando Lucas apareció con dos cafés en la mano.
—Te ves como si necesitaras esto —dijo con una sonrisa, dejando una de las tazas frente a mí.
—Gracias, Lucas. Lo necesitaba más de lo que crees.
Se sentó a mi lado, acomodándose con una confianza natural que siempre me sorprendía. Comenzamos a hablar del caso en el que trabajábamos juntos, pero pronto la conversación se desvió a temas más personales. Lucas tenía esa habilidad de hacer que bajara la guardia, de hacerte sentir escuchada de una manera que no había experimentado en mucho tiempo.
—¿Alguna vez te has preguntado si realmente vale la pena todo esto? —preguntó de repente, haciendo un gesto amplio con las manos que abarcaba la sala y, en cierto modo, toda nuestra profesión.
Lo miré, intrigada.
—¿Qué quieres decir?
—El estrés, las largas horas, las expectativas interminables. A veces siento que todos estamos corriendo en una rueda sin fin, olvidando lo que realmente importa.
Sus palabras me golpearon más de lo que esperaba. Me quedé en silencio por un momento, dándome cuenta de que, en el fondo, él había puesto en palabras lo que yo misma había estado sintiendo.
—Creo que todos nos lo preguntamos en algún momento —admití finalmente—. Pero seguimos adelante porque... bueno, porque no sabemos hacer otra cosa.
—O porque tenemos miedo de detenernos y enfrentar lo que realmente queremos —dijo, su mirada fija en la mía.
Había algo en su tono, en la forma en que me miraba, que me dejó sin aliento por un instante. Sentí una punzada de culpa, recordando que esto había comenzado como un juego, pero también una chispa de algo que no quería nombrar todavía.
Los días siguientes fueron una mezcla de emociones encontradas. Lucas seguía siendo atento y amable, pero no de una manera que se sintiera forzada o calculada. Había algo genuino en él, algo que contrastaba con la relación que tenía con Alex.
Con Alex, todo era intensidad y pasión, pero también control y tensión. Siempre sentía que estaba caminando sobre una cuerda floja, tratando de equilibrarme entre sus expectativas y mis propias necesidades. Con Lucas, en cambio, las cosas parecían... fáciles.
Comencé a buscar excusas para trabajar más tiempo con Lucas, a disfrutar de nuestras conversaciones que a menudo se desviaban de los temas laborales. Me decía a mí misma que solo estaba fortaleciendo mi estrategia, que cuanto más creíble fuera mi conexión con Lucas, más celoso se pondría Alex. Pero, en el fondo, sabía que no era solo eso.
No pasó mucho tiempo antes de que Alex comenzara a mostrar signos más claros de su incomodidad. Una noche, mientras cenábamos en el apartamento, dejó caer su tenedor con un poco más de fuerza de la necesaria y me miró fijamente.
—¿Qué pasa entre tú y Lucas? —preguntó de repente, su tono frío pero cargado de tensión.
Sentí un escalofrío recorrerme, pero me obligué a mantener la calma.
—¿Qué pasa contigo y Natacha? —respondí, devolviendo la pregunta con un tono tranquilo pero cortante.
Su mandíbula se tensó, y por un momento pensé que iba a estallar. Pero en lugar de eso, se reclinó en su silla, estudiándome con una mirada que parecía tratar de descifrarme.
—Esto no se trata de Natacha —dijo finalmente—. Se trata de nosotros.
—Exactamente. Nosotros. —Lo miré directamente a los ojos, desafiándolo—. ¿Y sabes qué siento, Alex? Que hace mucho tiempo dejamos de ser un "nosotros".
El silencio que siguió fue ensordecedor. Alex no respondió, y yo me levanté de la mesa, sintiendo que había ganado una pequeña batalla, pero también consciente de que la guerra estaba lejos de terminar.
Esa noche, mientras intentaba dormir, mi mente no dejaba de regresar a Lucas. Pensaba en su sonrisa, en la manera en que me hacía sentir vista y escuchada. Era un contraste tan marcado con la relación que tenía con Alex, donde a menudo me sentía como una pieza más en su juego de poder.
Pero también sabía que estaba jugando con fuego. Lucas no era solo una herramienta para provocar celos en Alex; era un hombre real, con sentimientos reales, y empezaba a preocuparme lo que esto significaba para mí. ¿Estaba buscando algo más con Lucas, o simplemente era una distracción de los problemas con Alex?
Un viernes por la tarde, mientras salía del bufete, Lucas me alcanzó en el estacionamiento.
—¿Te gustaría tomar algo? —preguntó, su sonrisa tan desarmante como siempre.
Por un momento, estuve a punto de decir que no. Sabía que aceptar esa invitación sería cruzar una línea que no estaba segura de querer cruzar. Pero también sabía que necesitaba claridad, y quizás pasar tiempo con Lucas fuera de la oficina me ayudaría a entender lo que realmente sentía.
—Está bien —dije finalmente, sorprendiéndome a mí misma.
Fuimos a un bar tranquilo, lejos del bufete, y durante las horas siguientes, Lucas y yo hablamos de todo y de nada. Me contó sobre su familia, sobre sus sueños y las cosas que lo hacían feliz. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me sentí cómoda siendo completamente honesta con alguien.
Cuando finalmente regresé al apartamento esa noche, me sentía más confundida que nunca. Lucas no era parte del plan, pero ahora parecía haberse convertido en algo más. Y mientras me recostaba en la cama, mirando el techo, me di cuenta de que tenía que tomar una decisión.
¿Seguiría adelante con este juego peligroso, arriesgándome a perderlo todo, o tendría el valor de enfrentar mis propios sentimientos y descubrir qué era lo que realmente quería?
Mientras los días pasaban, mi relación con Alex se volvía más tensa, y mi conexión con Lucas más cercana. Estaba atrapada entre dos mundos, dos hombres, y dos versiones de mí misma: la mujer que quería luchar por su relación, y la mujer que anhelaba algo más, algo que no estaba segura de poder nombrar.
Sabía que el tiempo se estaba acabando. No podía seguir jugando este juego para siempre. Pero también sabía que, cualquiera que fuera la decisión que tomara, nada volvería a ser igual. Y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que más me aterrorizaba.