Capítulo 9

1066 Words
Miré el contrato nuevamente y solté un suspiro cansado. Había algo tan frío en esas palabras, como si estuvieran escritas por una mano distante, ajena a lo que significaba realmente para mí, como si una persona sin alma, sin corazón lo hubiese escrito. Cada cláusula, cada condición, era un recordatorio de la profunda brecha entre mi mundo y el de Enzo. Él no estaba aquí por la humanidad, por el bien de mi hermana, ni por ninguna otra razón que no fuera la de hacer más grande su poder, un poder que deseaba ejercer en mi que no lograba comprender, porque no se sus motivos, no se porque me quiere a mi. El juego de ajedrez que había creado era perfecto en su construcción y yo era un simple peón. "Si no acepto, mi hermana muere. Si acepto, soy una prenda más en su colección. Nada cambiará. Yo seré una de las piezas que tiene bajo su control" pensaba sin parar. La presión de la decisión me nublaba la mente y me daba un dolor de cabeza que llevaba días sin abandonarme. En mi mente, las imágenes de Victoria conectaban con las palabras de Enzo: la única manera de salvarla era aceptar su oferta, no paraban de repetirse una y otra vez, como un cruel recordatorio. Eso significaba aceptar su control sobre mi vida, mis decisiones, mi futuro, mi paz. Eso significaba ceder a la voluntad de un hombre que había demostrado con creces que no tenía escrúpulos, que no tenía sentimientos ni el más mínimo cariño por nadie ¿Cuánto de mí misma podría seguir quedando si daba ese paso? ¿Podré salir ilesa de toda esta maldita aventura? ¿Podré no perderme en el camino y una vez finalice todo ser simplemente… yo? Mi mente retrocedió en el tiempo, a todos los momentos que compartí con Victoria. Las noches en las que cuidamos juntas de nuestra madre enferma o de papá cuando a mamá le tocaba trabajar hasta tarde. Los días en que nos apoyamos la una a la otra, sabiendo que éramos todo lo que teníamos en este mundo cuando nuestros padres partieron. Ella siempre ha sido mi ancla, ella siempre ha sido mi farol en medio de la oscuridad. Siempre supe que lo que fuera que pasara, debía protegerla a toda costa y ahora no es la excepción. Ahora, parecía que mi única manera de hacerlo era perderme en el proceso. ¿Sería eso lo que realmente quería? ¿Sería esa la real y única alternativa que tenía? ¿Debía perder mi alma para salvar la vida de mi hermana? La respuesta era más que clara, aunque no la dijera en voz alta. Me eché atrás, apoyando la espalda contra la fría pared de la habitación. Necesitaba un respiro, un momento para pensar, para volver a poner en su lugar todo lo que se estaba desmoronando dentro de mí, por toda la realidad que se me vendría encima al aceptar el contrato. Mi hermana estaría bien. Yo estaría bajo el mando de el hombre que odio. Perdería mi vida, mis decisiones en el futuro. Pero las preguntas no dejaban de repetirse: ¿Realmente quiero convertirme en una pieza más en su juego? ¿Vale la pena sacrificarme a mí misma por el bienestar de mi hermana? Las horas pasaban lentamente, como si el reloj me estuviera observando, esperando mi decisión y casi que burlándose por lo que me tocaría vivir. Estaba agotada, mental y emocionalmente, ya no quería más guerra en esta puta vida que me tocó, pero la imagen de mi hermana, su rostro marcado por el sufrimiento, su pobre cuerpo conectado a cables para mantenerla con vida, no dejaba de perseguirme, de atormentarme. ¿Qué haría si no la salvaba? ¿Sería capaz de vivir con la culpa de no haber hecho todo lo posible por ella? Probablemente no, terminaría con el mismo destino que ella y nuestros padres. Una ráfaga de desesperación me sacudió, y el peso del contrato se hizo más y más insoportable. Enzo ya había logrado lo que quería: me había metido en una posición en la que cualquier decisión, cualquiera que tomara, me llevaría a perder algo vital. — ¡Maldita sea! — exclamé, apretando los dientes mientras mis manos temblaban. ¿Por qué él siempre lograba esto? ¿Por qué me sentía tan atrapada? ¿Por qué me costaba tanto tomar una decisión cuando sabía que cualquier respuesta me haría perder? Me senté frente al contrato, mi mente dando vueltas, atrapada entre la lealtad a mi hermana y la necesidad de preservar algo de mi integridad, de mi dignidad. El reloj en la pared parecía reírse de mí, cada tictac profundizando la urgencia de mi situación, de mi respuesta y es entonces cuando el teléfono comenzó a sonar, y lo miré sin ganas de responder. Sabía quién era, no era otro que el maldito hijo de puta que Enzo. Lo dejé sonar hasta que se detuvo. Apreté el puño alrededor del contrato por que este idiota no me dejaria en paz. Las horas se me escapaban entre los dedos, y cada momento que pasaba sin tomar una decisión era otro en el que me sentía más perdida, más desolada. Tal vez ya había tomado una decisión sin darme cuenta, tal vez la respuesta estaba en mis entrañas y solo necesitaba aceptarla, decirla en voz alta y acabar con esta lenta agonía en la que estaba sumergida. No quería, no quiero, pero sé que debo hacer. No tengo más opciones, no las hay. Me levanté lentamente y caminé hacia la mesa y allí, bajo la luz mortecina de la lámpara, vi el contrato una vez más, que me miraba fijamente, que me pedía de manera silenciosa lo que estaba buscando. La pluma que descansaba junto a él parecía mirarme con insistencia, casi que con burla. Un silencio profundo me envolvía mientras mi mano se alzaba hacia el papel, como si no pudiera controlarla, hasta que deje de hacerlo y finalmente, mis dedos tocaron la pluma, y el ruido de la tinta al escribir me pareció la cosa más amarga que jamás había oído. Estaba haciendo lo que tenía que hacer. Estaba firmando mi vida, mi alma, mi futuro… todo por Victoria, pero al hacerlo, sabía que nunca volvería a ser la misma. Nunca más. Acaba de firmar mi sentencia y ya no había vuelta atrás.
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