Capítulo 8

1171 Words
Kira El peso del contrato que tengo en mis manos parecía aumentar con cada segundo que pasaba con él. creo que ya he leído unas quinientas veces su contenido pero aun así, lo volvía a leer una y otra vez. Todo esto parece una mentira, una realidad alternativa de la que quería que me sucediera. Estaba sentada en el borde de mi cama, con la luz tenue de la lámpara iluminando las palabras impresas en el papel que tenía entre mis dedos, las cuales parecían estar escritas en un idioma extranjero, un idioma que no lograba entender por mas que lo leyera, era como si cada letra fuera una trampa diseñada para atraparme, para encerrarme en una vida que no quiero, que no he buscado y que definitivamente, me quitara mi tan apreciada libertad. El silencio de la habitación solo era interrumpido por el leve sonido de mi respiración entrecortada por todos las cosas que estoy sintiendo, mis manos tiemblan, mi corazón está agitado y mi cabeza niega una y otra vez. En mi mente, las opciones comenzaban a desdibujarse, y una maraña de pensamientos, temores y preguntas se entrelazaron en mi cabeza sin respuesta alguna. Nada de esto es real, todo esto es una mentira. ¿Lo es? Quizás es un sueño, aunque más bien tiene más pinta de ser una pesadilla que otra cosa. Vuelvo a negar con la cabeza mientras cierro los ojos. Era tarde en la noche, y aunque la ciudad era un bullicio constante por todas sus calles, con sus personas, sus locales y toda la diversión que ofrece a estas horas, todo lo que yo podía escuchar era el eco de mi propia ansiedad, de cómo las decisiones de mi propia vida se me escapaban de las manos. Mi hermana estaba en el hospital, en estado crítico, y yo… yo solo tenía esta hoja de papel como opción para que ella estuviera bien, para que ella en algún momento volviera a la vida, volviera a mi y toda esta pesadilla terminara. Las palabras escritas en el contrato eran claras: aceptar la oferta de Enzo. La vida de mi hermana dependía de ello y de alguna manera, mi vida y mi futuro también. Algo que me niego a aceptar, pero que mi mente me grita que así será. ¿Por qué? pensaba sin parar, ¿Por qué dios mío? ¿Por qué me tenías que poner estas pruebas? Por que tenias que poner a ese maldito hombre en mi camino? ¿Qué más pretendes hacer conmigo y de mi vida? Puedo recordar como si hubiera sido ayer la primera vez que escuché hablar de Enzo y no puedo negar el escalofrío que por todo mi cuerpo me recorrió. Un nombre que flotaba en las sombras de la ciudad, un hombre cuyo poder era tan vasto que se decía que podía moldear la vida de cualquiera a su antojo, que podía hacer lo que quisiera con quien quisiera y yo, era una más de las personas que estarían bajo su poder. Y lo peor de todo es que era cierto, yo sabía que de alguna manera, aunque todavía no le diera una respuesta, ya estaba bajo su poder, ya lo había visto con mis propios ojos: su influencia, su control sobre todo lo que tocaba, el poder que tenía, como los demás hacían lo que él quería. Lo sabía, incluso antes de que el contrato llegara a mis manos, que este sería un juego en el que no tenía muchas opciones, ya estaba destinada a perder mucho antes de comenzar el juego. Él sabía demasiado sobre mí, sobre mi familia, sobre mi debilidad, sobre mis miedos y como jugar con todo eso. Mi mente se mantenía en un estado de confusión, en un estado de alerta y de máxima alteración. Durante los últimos días, Enzo me había estado presionando, ofreciéndome su "solución" con una sonrisa que apenas disimulaba su intención de manipularme, esa maldita sonrisa que me encantaría borrar de un solo golpe. ¡Maldito idiota! Había sido astuto, inteligente, demasiado sagaz y había hecho lo que mejor sabía hacer: usar mis miedos y mis amores como fichas en su maldito tablero de ajedrez para hacer conmigo lo que se le viniera en gana. ¿Y si no acepto?, pensaba. ¿Y si tomo la decisión correcta? ¿Qué le pasará a Victoria? ¿A mi familia? Victoria… mi hermana. Mi única familia, la única persona que me quedaba en esta vida. Ella es el único vínculo real que tengo en este jodido mundo y es a ella a quien debo proteger por sobre todas las cosas y el maldito de Enzo lo sabía tan bien como yo y es por eso que me tenía en la palma de sus manos. Por eso había hecho este trato tan imposible de negar, aunque quisiera decirle que no, se que terminaría por ceder, ya que de esta decisión no solo depende mi vida, sino la de mi hermana. Él no me ofrecía una salida, no me ofrecía un camino limpio, este idiota me estaba pidiendo que tomara una decisión entre lo moralmente correcto y lo pragmáticamente necesario. Me tenía entre sus condenadas garras y lo odiaba, con todo mi ser, lo odiaba como jamás pensé en odiar a alguien. - No tengo tiempo - susurré para mí misma cayendo en cuenta de lo que debía hacer, sin poder evitar el desgaste de la situación que me estaba consumiendo. Mis dedos acariciaron la superficie del contrato, como si pudiera deshacerme de todo lo que representaba solo con un toque, como si pudiera borrar todo lo que está a punto de suceder. Pero la realidad era otra, todo eso no era más que una prisión que me ahogaba y de la cual no había vuelta atrás. El sonido de la puerta de mi habitación cerrándose me hizo dar un salto que me dejó el corazón latiendo acelerado y casi que pegada al techo. Mi respiración se agitó mientras mi corazón latía cada vez más rápido. Fui a la ventana, pero no era él, algo que sería bastante sospechoso, pero era solo el viento que movía las cortinas, no sé por qué pensé que podía estar ahí, fuera, observando, analizando, esperando por mi respuesta como si fuera su próxima presa. A lo lejos, las luces de la ciudad parpadeaban, inalcanzables, casi tan lejanas como la libertad que sentía que había perdido. Había una creciente sensación de claustrofobia, como si las paredes de mi propia vida se estuvieran acercando lentamente hacia mí, dejándome sin escapatoria, presionando hasta que todo fuera oscuro y su mano extendida hacia mí, fuera la única manera de escapar de este caos. Una mano que me negaba a aceptar pero que de manera casi que inconsciente sentía cómo extendía la mina para aceptar la de él, la de mi verdugo. Siempre pensé que me casaría enamorada del hombre que sería mi compañero por siempre. No de esta manera, no con ese hombre y menos en mi escenario actual.
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