Capítulo 5 parte 4

2113 Words
Con destreza  logré guardar el frasco al interior de mi mochila sin que ninguno en el laboratorio se percatara de ello. Salimos del lugar en mención y regresamos al aula de clases a realizar un pequeño conversatorio sobre lo que habíamos observado en el laboratorio y lo que llevaríamos a cabo en la materia a lo largo del curso. Terminó la clase y debía esperar una hora para la clase siguiente así que busqué en que invertir mi tiempo mientras transcurría el tiempo. Empecé entonces a ingeniarme la manera de actuar en contra del tipo morboso que espiaba a los niños.  Se me ocurrió enseguida una idea que quizás funcionaría, aunque no estaba muy segura de ello.  «¿Quién puede resistirse al helado gratis?» pensé durante un instante, y de allí ideé mi plan. Debía esperar a que en algún momento Marshall me dejara sola en el local, y allí fingiría una oferta “flash” de helado gratis; con esto, el atacante se vería atraído hacia el local no sólo por el helado, sino por la posible cantidad de niños que pondrían correr hasta la heladería por su degustación gratis. Además, pensaba pagar de mi salario los helados que se consumieran en ese momento, pues era un riesgo que decidí asumir y esperaba funcionara. Di un recorrido por el campus mientras fumaba un cigarro —todos lo hacían— y esperaba el tiempo restante hasta la clase que me correspondía.  Pude ver a un pequeño grupo de estudiantes departiendo, escuchando rock y jugando cartas. La música me agradaba así que me acomodé en un espacio cerca a ellos y  me senté allí a esperar pacientemente, al tiempo que disfrutaba la música que entraba por mis oídos. Enseguida sonó mi teléfono y era una llamada de mi madre: —¿Cómo va tu universidad?, mi hermosa Kristen. —¡Hola mamá! Excelente, ya tuve mi primera clase, ¿tú qué tal? —¿Y cómo te fue? cuéntame. No podía esperar a que llegaras a casa así que decidí llamarte yo, ¿te interrumpo? —Descuida mamá, no interrumpes nada. La clase estuvo bien, interesante.  —¿Interesante? ¿Sólo dirás eso? —cuestionó. —Bueno, no sólo eso. También nos llevaron a conocer el laboratorio de química, y es increíble mamá, no imaginas todo lo que tienen. —Ves cómo si puedes ser más clara con lo que dices. Me alegra que te guste, y espero puedas aprender mucho y aprovechar tu conocimiento. —Gracias mamá, también espero lo mismo —contesté. —Eres muy inteligente y eso siempre estará a tu favor. Recuerda eso. —Gracias mamá. Ya debo colgar, enseguida inicio clase. —Está bien, mucha suerte y me llamas cuando estés en casa. Besos. Finalizamos la llamada y me encaminé hacia el salón de clases; tardé unos cuantos minutos en encontrarlo pues la universidad era sumamente grande pero finalmente llegué y me senté en uno de los puestos que estaban en la parte de atrás del salón. Al igual que en la asignatura anterior, tuvimos que presentarnos con nombre, edad, ciudad y el interés particular por la carrera. Así pues, estuve otras dos horas escuchando presentarse a las mismas personas con las que había tenido clase horas antes.  Finalmente, terminamos la jornada luego de la introducción a la materia y de inmediato salí apurada pues debía caminar hasta la heladería e iniciar así mi jornada laboral. Cuando llegué, allí se encontraba Marshall esperando ansioso a que yo llegara y le contara qué tan aventurado había sido mi primer día de clases en la universidad. —¡Te ves contenta Kristen!, ¿cómo te fue? ¿hiciste amigos? —preguntó Marshall con entusiasmo. —Muy bien Marshall, tengo muy buenas expectativas después de hoy. —Y ojalá las superes todas. La universidad es un sinfín de conocimiento, tú decides qué tomas y aplicas en tu vida.  —Suenas muy filosófico, pero creo que tienes razón —mencioné—, lo tendré en cuenta. ¿A ti, cómo te fue trabajando sin mí?, supongo que estuviste muy aburrido. —¿Eres adivina?, sí, tuve una mañana bastante aburrida.  —Lo supuse. —Así es, por fortuna ya llegaste y empezarás limpiando las vitrinas. —¿Limpiando las vitrinas? Eso debiste haberlo hecho en la mañana. —Lo sé, sólo bromeo. Las vitrinas ya están limpias. Kristen, ¿qué horario tienes mañana? —¿Mañana? Sólo tengo una clase en la mañana y estoy libre el resto de día. —Perfecto. Mañana te necesito para una tarea especial. —¿A qué te refieres? —pregunté. —Verás, mañana debo ir a casa de mi madre y llevarla a unos controles médicos. Necesito entonces que te quedes a cargo de la heladería tan pronto salgas de tu universidad. ¿Te parece? —Por supuesto que sí Marshal, cuenta con eso.  Increíblemente, podía ver cómo todo conspiraba a mi favor para cumplir con mis objetivos. Sin duda, Marshall me estaba dando la oportunidad de mi vida y ni cuenta se daba. Estaba ansiosa y esperaba impacientemente que llegara el momento. La tarde transcurrió en tranquilidad y no hubo mucho movimiento el resto de día. Marshall y yo aseamos la heladería antes de cerrar, y al terminar, me hizo entrega de las llaves y el candado correspondiente para abrir el local a la mañana siguiente. —Confío en ti Kristen —mencionó Marshall—. Espero encontrar todo en orden cuando regrese. —No te preocupes, no te arrepentirás de dejarme encargada. Mucha suerte con tu madre.  De esta forma, nos despedimos y cada quién salió en dirección hacia su casa. Tan pronto como llegué a mi apartamento, acaricié a Babou que como siempre me recibía enérgicamente y enseguida encendí la computadora para investigar a detalle la sustancia que había robado del laboratorio y sus efectos al consumirla.  Con todo lo que logré encontrar en internet, logré deducir que tenía en mis manos una sustancia química tan poderosa, que sólo unas gotas bastarían para cumplir lo que anhelaba. Además, lo más interesante es que a pesar de ser un producto tan peligroso y letal; su efecto luego de su consumo era lento. De esta forma, podría asegurarme de que el tipo consumiera el veneno y fácilmente saliera del local antes de sentir las mortales consecuencias en su cuerpo. Todo estaba planeado, sólo debía esperar unas cuántas horas para llevarlo a cabo. Me sentí impaciente toda la noche, a pesar de que era algo que ya había hecho, Oklahoma era un lugar nuevo para mí y no sabía qué tanto podían llegar a investigar las autoridades.  Además, no estaba segura de si el tipo caería en la trampa o no, así que debía idear un plan B en caso de ser necesario. Pronto amaneció y me paré de mi cama con tal motivación; como si fuera uno de los días más importantes de mi vida —posiblemente lo era—, saqué a Babou como de costumbre y la mañana helaba tanto que encendí un cigarro mientras esperaba a que mi mascota terminara sus necesidades. Babou aprovechó y jugó por unos minutos con la mascota de otro vecino que se encontraba allí. Regresamos al apartamento, preparé el desayuno de ambos y me dispuse a arreglarme para salir hacia la universidad. Antes de salir, me percaté de tener el químico almacenado en excelentes condiciones, ocultarlo perfectamente entre mis pertenencias, de manera que no fuera visto con facilidad al abrir mi mochila. Finalmente, cerca de las 7:30 a.m salí de casa camino a la universidad, dispuesta a recibir la única clase que tenía esa mañana.  Para desventaja mía, en esta asignatura, el docente nos exigió formar parejas para trabajar durante el semestre , por lo que esperé sentada en mi puesto hasta que alguna otra persona aislada como yo, me pidiera ser su pareja de trabajo. Y así fue como conocí a Tiffany; se acercó hasta mí y me preguntó si podíamos trabajar juntas. Accedí, y poco a poco me fui abriendo como  persona a ella.  La verdad era algo extraño y nuevo para mí, puesto que nunca antes había tenido una relación cercana con personas distintas a mis padres, pues siempre era excluida de todo sitio.  Tiffany y yo entablamos una amistad que nació en la universidad por temas de estudio, pero que cada vez se fortalecía cuando nos dábamos cuenta de que teníamos más cosas en común de las que creíamos. Ahora, regresando a ese día, trabajamos juntas en la clase y al terminar salí directo a la heladería, con los nervios y pelos de punta pero más decidida que nunca; ya no había marcha atrás. Llegué a la heladería, hice el aseo habitual, diseñé un cartel con el mensaje “Helado gratis durante una hora”  y esperé el momento adecuado a ver al hombre merodeando por el lugar para así sacar a la vista el cartel en mención. Abrí al público y atendí a unas cuantas personas hasta que luego de un rato, logré ver al tipo cerca a la heladería, espiando a los niños como era de esperarse. Supe entonces, que era el momento de actuar. Saqué el anuncio del helado gratis y lo puse en la entrada, donde quedaba visible para todos los que miraran hacia el lugar.  En cuestión de minutos logré llamar la atención de al menos una decena de niños que llegaron corriendo hasta el lugar a reclamar su porción gratuita y tras ellos, ingresó el hombre —todo estaba saliendo al pie de la letra—.  Rápidamente, puse unas cuantas gotas del químico letal en el vaso donde serviría el helado del tipo, y esperé pacientemente a que escogiera el sabor de su preferencia.  Le serviría una bola un poco más grande de lo habitual, considerando que sería el último helado que probaría en su vida; estaba dispuesta a endulzarlo un poco antes de que diera su respiro final. Mientras simulaba estar escogiendo el sabor, podía ver cómo miraba a todos los pequeños de reojo y hacía unos gestos extraños «maldito infeliz, te arrepentirás », pensaba al verlo con desprecio. Finalmente, se decidió por uno de chocolate y tiramisú; le agregué una cantidad considerable de salsas para camuflar el sabor y mientras lo preparaba, el hombre me preguntó: —¿A qué se debe la oferta de helado gratis? —Tuvimos unas fallas con el congelador —contesté. —¿Unas fallas? ¿y qué pasó? —Por el daño,  debemos gastar el helado que nos queda para así poder hacer los arreglos correspondientes. —Comprendo.. El helado de aquí es delicioso. Saldré a disfrutarlo al parque. —Claro que sí, espero que lo disfrute como nunca —le mencioné mientras sonreía sarcásticamente.  Enseguida, salió del local contento, como un niño que estrena un juguete que había deseado por mucho tiempo.  Minutos después, retiré el anuncio del helado y continué con lo habitual del lugar. Entre tanto, observaba con detalle cómo el tipo morboso disfrutaba cada cucharada de su helado, mientras trataba de acercarse lo que más pudiera a los niños que corrían y comían contentos por todo el lugar. No transcurrieron más de treinta minutos cuando de repente, el acosador comenzó a mandarse la mano al pecho y a gritar como loco: “¡Por favor, alguien ayúdeme!, siento que voy a morir”. Para desgracia suya, los únicos presentes en el lugar eran unos cuantos niños que jugaban y suponían que el hombre también jugaba con ellos. Pude ver todo desde el mostrador; sólo me faltaban las palomitas. Podía reparar su cara de dolor —yo sólo pensaba en todos los daños que pude evitar—, su angustia de ver cómo terminaba lentamente su vida, hasta que luego de unos minutos, dejó de quejarse y al parecer, de respirar. Alarmados, viendo que el hombre no se movía, algunos niños salieron a correr en busca de ayuda. Finalmente, llegaron con un oficial de policía que confirmó su muerte y acordonó el lugar e hizo todo lo de rutina mientras investigaban el hecho. Una vez más, sentí esa adrenalina que se manifestaba en mí luego de cometer mis crímenes; de nuevo pude poner sobre todas las cosas, mis sentimientos y todas esas cosas que me habían  hecho convertirme en la Kristen que ahora era, antes de pensar en favorecer a los demás y hacerlos sentir bien. Me había salido con la mía de nuevo y esto hacía que me engrandeciera un poco más. Cada de lograba salir limpia después de algún delito, comenzaba a vanagloriarme y a decirme que no había alguien más listo que yo. Quizás sonaba algo egocéntrico, pero así era.
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