Capítulo 6

1259 Words
Llamé entonces a Marshall a contarle lo ocurrido  y preguntarle si debía cerrar la heladería o continuar trabajando como si nada. —Marshall, ¿cómo vas con tu madre? —pregunté. —Bien Kris, ahora voy al médico con ella, ¿ocurrió algo? —cuestionó. —No mucho. Pero, un hombre murió en el parque que hay cerca a la heladería, hay policías por todo el lugar acordonando la zona, ¿dime qué hago? —¿Un hombre muerto? ¡diablos!, pero, ¿cómo? —Sí, la verdad no sé qué le pasó. Escucho decir que un infarto al parecer, pero no  lo sé. —Increíble que falte yo y pasen estas cosas. Supongo que ahora las personas están atemorizadas para entrar a la heladería. Entonces mejor cierra, y te vas a descansar a tu casa. —¿Seguro? ¿No hay problema con eso? —¿Problema por qué?, no es culpa tuya, descuida. —Está bien Marshall, que te termine de ir bien, mañana nos vemos. —Gracias Kristen, cualquier cosa que sepas me avisas. Te espero mañana después de tus clases. Finalicé la llamada y justo cuando me disponía a asear para cerrar el local, recibí una visita de la policía. Por fortuna, ya había lidiado con interrogatorios antes, así que sabía cómo  portarme para no levantar sospechas de nada. El oficial y lo que parecía ser un investigador, ingresaron y amablemente me preguntaron por Marshall: —¿Se encuentra el Gerente del lugar? —preguntó el oficial. —No señor, no por el momento. Sólo estoy yo cómo encargada. —¿Es usted mayor de edad? —cuestionó. —Sí señor. —¿Puede entonces respondernos algunas preguntas de rutina? —Claro que sí oficial —contesté con una amabilidad irónica—, ¿en qué les puedo colaborar? —Bien, estamos investigando la muerte de un hombre aquí cerca. —Ah, sí. Todos hablan de eso, además veo mucha gente curioseando. —Sí, suele pasar cuando muere alguien. ¿Vio algo sospechoso antes del hecho? —Oficial, le seré sincera. Estando aquí no me entero mucho de lo que pasa afuera, pero no recuerdo haber visto nada extraño. —¿Segura? piense bien por favor. —Mmm, hay algo, no sé si les pueda servir. —mencioné con intriga. —Cuéntenos a qué se refiere señorita. —Llevo pocos días trabajando aquí. Pero desde el primer día, vi al sujeto rondando por aquí cerca, y parecía espiar a los niños que jugaban en el parque. —¿Espiarlos? —Sí, o al menos eso creo. Además, hacía unos gestos extraños cuando los miraba. —¿Cómo qué tipo de gestos? —preguntó esta vez, el otro hombre que al parecer era investigador. —No lo sé, morbo podría decir.  —Perfecto, ¿algo más para agregar? —cuestionó el hombre mientras detallaba en la libreta todo lo que yo había dicho. —No señor, nada más. Pero si llego a recordar algo más, les informo. —Está bien, muchas gracias por su información. Nos puede servir de mucho. —No es nada oficial, espero puedan resolver el caso. Los policías, salieron del lugar satisfechos por el “gran avance” que tendrían en su investigación con lo que les mencioné, mientras yo me burlaba por haber pasado por alto a las autoridades nuevamente, al igual que con el caso de Melannie. Empecé a buscar en internet y en libros, juegos mentales o de palabras que pudiera usar a mi favor para burlar la autoridad. Supuse que cómo eran tan tontos, seguramente jamás podrían descifrar las pistas ocultas en  un juego de palabras. Leyendo y leyendo, terminaron por llamar mi interés especial los criptogramas; mensajes ocultos cifrados que sólo pueden ser comprendidos cuando se descifran las claves por completo. Realicé entonces varios intentos hasta que logré obtener un criptograma medianamente entendible para los agentes —o eso pensaba—. Les contaría qué decía exactamente, y cómo lo hice, pero no quiero darle ideas a nadie, así qué deberán conformarse con saber que estos mensajes se volvieron algo divertidos para mí, y me convertí casi que en experta en diseñarlos. Realmente me divertía mucho ver cómo tres o cuatro inútil agotaban las últimas neuronas que les quedaban, intentando descifrar un criptograma hecho por una joven de tan sólo dieciocho años, que incluso, les había regalado las pocas pistas que tenían. No ocurrió nada novedoso durante días. Me adapté fácilmente a la universidad, y al trabajo. Tiffany, fue parte clave en esa adaptación a la vida universitaria; nuestra confianza crecía de a poco y trabajábamos juntas en las materias que podíamos. Esperé a que transcurrieran algunos días del suceso para dejar a disposición de los policías el mensaje por descifrar, referente al caso que investigaban. Un día entonces, salí de la universidad y llevaba el criptograma conmigo. Caminé por algunos barrios que normalmente no frecuentaba y logré ver en una esquina una patrulla de policía sin ocupantes dentro ni personas cerca, por lo que decidí sacar el mensaje de mi bolsillo y ponerlo en el parabrisas del automóvil. Después, seguí mi camino con normalidad. Llegué a mi trabajo y estuve conversando con Marshall acerca de mi estudio, mi adaptación a la ciudad y demás hasta que tuvimos que atender a una gran tanda de clientes que llegaron a pasar un rato agradable de charla  y helado en el local. Por sugerencia de uno de los clientes, encendimos el televisor y de inmediato quedé perpleja al ver lo que presentaban los noticieros locales: ¡la primicia del criptograma! Realmente no podía creer hasta donde llegaban mis ocurrencias, ¿el noticiero? ¿qué más seguía? Aunque quedé algo en shock en el momento, era innegable que la atención que estaba generando alrededor del caso, me producía cierto gusto y diversión.  Todos en el local empezaron a hablar entre sí de lo que mostraban las noticias. Especulaban e intentaban resolver el caso bajo sus suposiciones, pero yo, qué podía escuchar todo, estaba completamente segura de que ninguno, hasta el momento tenía la mínima sospecha de cómo había muerto el hombre, ni a causa de qué. —¿Escuchaste el rumor de que probablemente era un violador? —preguntó Marshall. —Sí, algo escuché… Yo lo ví algunos días observando morbosamente a los niños del parque. —¿Por qué no me dijiste nada? —Porque no estaba segura. Además, tú estabas ocupado en otros asuntos más importantes. —Kristen, nada puede ser más importante que la seguridad de los niños —refutó. —Lo sé, y seguro no volverá a ocurrir. Además, el hombre ya está muerto, ya no hay peligro. —No te equivoques Kristen, esta ciudad tiene muchos peligros ocultos. Cuídate tú también. —Está bien. Lo tendré en cuenta, ahora regresemos a trabajar —respondí intentando evadir el tema. Los días siguientes fueron cruciales —bastante diría yo—  para mi amistad con Tiffany. Empezamos la semana de exámenes y cómo ya había creado un “lazo de confianza” con Tiffany, le sugerí que podíamos reunirnos en mi casa a estudiar en las noches después de mi trabajo. Por fortuna, ella vivía cerca, así que terminó por aceptar mi propuesta. La primera vez que fue a mi apartamento, fue aprobada de inmediato por Babou quien tan pronto la vio entrar, salió corriendo tras ella a darle lengüetazos y buscar un rato de  juego. Obviamente Tiffany accedió a sus deseos, pues Babou era tan tierno y adorable que era casi que imposible resistirse a sus encantos.
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