—Oh, comprendo. Filadelfia, lindo lugar para vivir ¿no?
—El mejor lugar diría yo —contesté—, amo mi ciudad más que a nada.
—Excelente Kristen, cuéntame, ¿qué te motivó a venir a Oklahoma?
—Hace poco terminé el colegio y quería cambiar de ambiente, empezar de cero en una nueva ciudad.
—¿De cero?
—Sí, de cero señor Marshall.
—Eso suena genial, arriesgado pero excelente.
—Así es.
—Entonces, ¿viniste sola desde allá?
—Sí señor, mi madre y mi padrastro se quedaron en Filadelfia. Acá tengo a mi mascota.
—Maravilloso todo lo que me cuentas. Si llegas a necesitar algo no dudes en decirme, sé lo que se siente llegar solo a una ciudad.
—Muchas gracias señor, lo tendré en cuenta.
—Bien, ahora a lo que vinimos. Ponte ese delantal de allá —mencionó señalando un delantal que había sobre el mostrador—, toma unos guantes, y por último ata tu cabello.
Enseguida hice caso a las instrucciones del gerente del lugar y empecé a realizar cada cosa que él me indicara.
—Casi lo paso por alto —mencionó—, puedes sacar del helado que quieras dos veces al día.
—¿El que quiera? —cuestioné con sorpresa, pues yo amaba el helado, y ahora amaba también mi nuevo trabajo.
—Escuchaste bien, del que quieras. Sólo procura no hacerlo cuando hayan muchos clientes en el local, ¿está bien?
—Sí señor, entendido. Muchas gracias señor Marshall.
—Quítame el señor, Marshall está bien —mencionó mientras sonreía.
—Está bien, muchas gracias Marshall, no se arrepentirá de haberme contratado.
Para empezar, no me pareció complicado lo que debía realizar en la heladería; asear el local, servir helados en distintas presentaciones y prepararme deliciosos helados para comer en mi tiempo libre, ¿qué más podía pedir?
Mis primeros clientes fueron una pareja de esposos y sus pequeños gemelos; lucían adorables y se portaron muy bien mientras los atendía.
Los niños reían y disfrutaban el sabor del helado que les preparé, mientras sus padres saboreaban los de ellos y fotografiaban a sus hijos felices comiendo.
En ese momento, me detuve un instante a pensar en todos los niños que son víctimas de las tantas personas crueles que tiene este mundo, y sufren sin merecerlo. Medité entonces, cómo serían las cosas si ahora mis objetivos eran estos monstruos que atacaban a los niños indefensos —parecía interesante—, fue algo que contemplé en el momento pero en definitiva, no tomé una decisión en ese instante.
—¿Eres nueva aquí? —preguntó la madre de los gemelos—, siempre vengo aquí y nunca te había visto.
—Sí señora, éste es mi primer día.
—Ésta heladería es la mejor de todo el lugar, disfrutarás mucho tu trabajo aquí, me encanta venir con mi familia.
—Eso veo, es un lugar muy acogedor, espero que así sea —contesté.
—Te deseo mucha suerte en tu trabajo, y gracias por la atención.
—Gracias a ustedes por su visita y los buenos deseos —referí mientras me retiraba hasta el mostrador a esperar clientes nuevos.
El día transcurrió con tranquilidad y para ser mi primer día, considero que no lo hice nada mal. Marshall parecía a gusto con mi trabajo y eso era una gran ventaja. Además, se veía un buen tipo, nunca atentaría en contra suya… Se convirtió en una gran ayuda para mí, pero les hablaré mejor de eso más adelante.
Salí cinco minutos a la acera a fumar un cigarro —ya me hacía falta —, y simultáneamente observaba con detalle todo a mi alrededor; logré ver a un tipo de unos 30-35 años mirando morbosamente a los niños que se encontraban jugando en un parque cercano. No se les acercaba, pero con su mirada lo decía todo. «Bastardo, cretino» pensé mientras terminaba mi receso y el cigarro, e ingresaba de nuevo al local.
Retomé labores por unas cuantas horas más y finalizando la tarde llegó la hora de cerrar para el público. Posteriormente, Marshall y yo nos quedamos en la heladería aseándola, y haciendo el cierre de caja. Allí, me explicó con detalle cómo funcionaba la contabilidad del lugar, y me advirtió que sólo estaría acompañándome en la heladería los primeros días mientras me adaptaba al empleo, después, se encargaría de otros asuntos y yo sería la encargada del sitio «bastante responsabilidad la que me espera» medité al tiempo que escuchaba las indicaciones del señor Marshall acerca de la caja, los proveedores, el inventario y demás.
Al cabo de unos cuarenta minutos ya estaba todo listo para marcharnos de la heladería. Marshall me indicó que no era recomendable que esperara a que anocheciera para regresar a casa, ya que en ocasiones podían haber personas “indeseables” que podrían causar problemas.
Tomé en cuenta su advertencia y rumbo a casa, detallé nuevamente al tipo morboso del parque; no parecía ser un hombre de la calle y estaba bien vestido —bien decía mi madre que un buen traje no significaba ser buena persona—, veía a los pequeños que jugaban con ojos que no reflejaban nada bueno, no mencionaba palabra alguna ni intentaba que ellos se acercaran a él, pero también podía ser que en el momento sólo analizaba sus posibles víctimas —pensé—. Por ahora, yo también lo analizaría de lejos, no esperaba perderlo de vista desde que tuviera la oportunidad de estar atenta a sus movimientos. Además, dado que estuvo prácticamente todo el día allí observando, concluí que era su rutina diaria así que probablemente lo encontraría allí de nuevo al siguiente día.
Seguí mi camino a pasos más acelerados, pues no podía esperar a llegar para ver a mi pequeño Babou. Tan pronto como inserté la llave en el cerrojo de la puerta salió corriendo y en medio de gritos y saltos me dio la bienvenida a casa; era evidente que me había extrañado tanto como yo a él.
Lo tomé en mis brazos, lo acaricié y dejé que su pequeña lengua y sus patas se pasearan por toda mi cara demostrando su alegría. Sin darme cuenta, éste pequeño poco a poco ablandaba mi corazón y me hacía descubrir a una Kristen que antes ni tenía idea de que existía.
Decidí salir con Babou a dar un paseo por el vecindario y a comprar algo de comida rápida para cenar pues estaba agotada de haber trabajado todo el día y no tenía muchos ánimos de llegar a cocinar. Igualmente, quería comprobar si lo que me había mencionado Marshall sobre las “personas indeseables” era cierto o simplemente eran rumores.
Ingresamos a un McDonald’s y pedí una hamburguesa con porción de papas y bebida para llevar. La atención fue buena, debo reconocer la amabilidad de los empleados, el sabor exquisito de la comida y por último, mencionar que se convirtió en uno de mis lugares favoritos dado que me dejaron entrar con Babou —normalmente debías dejar tu mascota afuera de todos los locales del sector—, y tenían atención 24 horas.
Salí en compañía de mi cachorro y caminamos unas cuántas cuadras más, ignorando la advertencia de Marshall. A decir verdad, mientras caminábamos no noté nada fuera de lo común; sólo jóvenes bebiendo y montando skate, y una que otra pandilla adolescente que no parecía ser de mayor importancia. Niños queriendo ser grandes, típico de mi país.
Al no notar nada extraño, regresé con Babou a nuestro apartamento y nos dispusimos a disfrutar la cena al tiempo que veíamos películas acostados en mi cama hasta quedarnos dormidos.