El sol de Jarabacoa entraba suave por la terraza, dorando las hojas de los árboles y haciendo que el aroma a café recién hecho se mezclara con la brisa húmeda de la montaña. Me levanté con la memoria todavía revuelta de la noche anterior, del beso que nos dejó a ambos sin aliento, de su boca contra la mía, de la electricidad que nos recorrió de pies a cabeza. Me puse rápidamente ropa ligera, evitando mirarme demasiado al espejo porque sabía que él ya me había visto así, y yo… bueno, yo no podía dejar de pensar en su mirada, en cómo me había sostenido tan cerca. Bajé silenciosa hacia la terraza. Cris ya estaba allí, sentado en la mesa con su taza de café, y cuando me vio aparecer, supe que algo cambió en el aire. No dijo nada, solo me lanzó esa mirada verde intensa que podía perforar cual

