El avión aterrizó con suavidad, y apenas abrí los ojos, Cris me apretó la mano con fuerza. Su sonrisa me hizo sentir que habíamos dejado todo atrás, que solo éramos nosotros y el mundo nuevo que nos esperaba. Tomamos nuestras maletas y nos dirigimos a la salida, donde un coche nos esperaba para llevarnos a la finca de su abuela. —¿Listos para nuestro paraíso, Ámbar? —me preguntó Cris, guiñándome un ojo mientras subíamos al auto—. Te prometo que aquí nadie nos va a molestar. —Listísima —le respondí, recargándome en su brazo, disfrutando de cada roce, de cada caricia que él me daba mientras el viento me despeinaba el pelo—. Esto se siente tan… perfecto. El trayecto por la carretera europea era un espectáculo: colinas verdes, caminos bordeados de árboles y la brisa fresca que nos acariciab

