La casa estaba en silencio. Mi padre y Tamara se habían retirado temprano a su habitación después de la cena, dejando flotando esa incomodidad en el aire, como un humo invisible que se niega a disiparse. Yo, en cambio, me quedé en mi cuarto, con la mirada perdida en el techo y la mente incapaz de encontrar descanso. Me acerqué a la ventana y apoyé los codos en el alféizar. El cielo estaba cubierto por nubes densas que dejaban pasar apenas un rastro de luz plateada de la luna. La calle estaba desierta. El lugar donde siempre descansaba la motocicleta de Cris seguía vacío. Sabía que él no estaba en casa. Había salido después de cenar, como siempre, y aunque no quisiera admitirlo, lo estaba esperando. ¿Por qué me importa? No debería importarme. No quiero que importe. Y sin embargo, me sorpr

