Cris El rugido de mi moto se sentía como una bestia que no quería ser domada. Aún tenía en la piel el calor de Ámbar abrazada a mi cintura, aunque intentara hacerme el loco. Esa sensación… maldita sea, no debía afectarme, pero todavía podía oler su perfume mezclado con el de mi fragancia. Sonreí de lado y sacudí la cabeza como quien quiere despejarse de pensamientos prohibidos. La dejé frente a la mansión, sin decir palabra, solo un gesto de la mano. Ella me miró confundida, pero no bajé la guardia; tenía una cita con mi verdadera noche. Rodé unos kilómetros más hasta llegar a la bodega abandonada en las afueras, el punto de encuentro de los míos. Ahí no había límites ni reglas, solo música a todo volumen, luces de neón improvisadas y botellas circulando como agua de río. El humo, el ol

