Cris La tarde estaba encendida, el sol bajaba despacio detrás de las palmeras que rodeaban la mansión, y yo no podía dejar de mirar mi nueva adquisición. Mi moto. Brillaba como si fuera un trofeo recién ganado: negra, con detalles en rojo, un rugido que me hacía temblar la sangre. Ernesto me la había regalado como bienvenida, como si quisiera comprar mi lealtad o mi buen comportamiento. Lo que él no sabía era que ese regalo se iba a convertir en mi pasaporte directo a lo que realmente me movía: la adrenalina. Me puse el casco sobre la cabeza solo para probarlo y me miré en el reflejo de los ventanales. Sonreí. La moto y yo éramos uno solo. Saqué mi celular y marqué el número de Carlos, mi brother de siempre, el que conocía todos mis trucos y mis vicios. —Carlos, métete ahí… esta noche

