por Ámbar Me quedé ahí, de pie en la entrada de la mansión, mirando cómo el ruido de la moto de Cris se perdía con la distancia. La brisa de la tarde me revolvió el cabello, y yo seguía temblando como si hubiese bajado de una montaña rusa. Apoyé la espalda contra la puerta, tratando de recuperar el aire, pero mi corazón no se calmaba. Cerré los ojos y la imagen volvió: mis brazos rodeándolo, el olor de su piel, la calidez de su cuerpo contra el mío. —¿Pero qué maldita sea me pasa? —murmuré, casi en un susurro. Entré a la casa en silencio. Doña Inés me vio de reojo en el vestíbulo. —¿Y tú? ¿Qué cara es esa? Pareces que viste al mismo diablo. —Nada, Inés. Cosas mías —le respondí rápido, esquivando su mirada. Subí a mi habitación y me tiré en la cama, con la pijama todavía enredada en

