El golpe en la puerta resonó como un trueno en el silencio post-sexo de nuestra habitación, un eco brutal que me sacó de la calidez de los brazos de Cris como un balde de agua helada. Estábamos enredados en las sábanas revueltas, mi cabeza en su pecho tatuado, su mano aún trazando círculos perezosos en mi cadera desnuda —el afterglow de esa liberación feroz que nos había dejado jadeantes y unidos, como si pudiéramos follar el miedo fuera de nuestras vidas—. Pero el mundo no esperaba; el mundo irrumpía, siempre con sus garras afiladas. Cris se incorporó de un salto, los músculos de su espalda flexionándose como resortes, y agarró los jeans del suelo con una maldición susurrada. "Quédate aquí", murmuró, voz ronca de deseo residual y alerta repentina, antes de salir al salón en calzoncillos,

