El olor a humo se coló en mis sueños como un ladrón silencioso, despertándome con el corazón en la garganta. Era medianoche pasada cuando el teléfono vibró como un insecto furioso sobre la mesita de noche. Lo agarré a ciegas, la pantalla iluminando mi rostro con un resplandor frío: "Cris llamando". —¿Cris? ¿Qué pasa? —murmuré, voz ronca de sueño y preocupación. Algo en su silencio me erizó la piel antes de que hablara. —Ámbar... joder, el estacionamiento. Está en llamas. Todo ardiendo. —Su voz era un hilo tenso, entrecortado por sirenas lejanas y gritos ahogados de fondo—. Estoy bien, pero... la moto, el auto de Ernesto... alguien lo hizo a propósito. Me incorporé de golpe, el mundo girando en un vértigo de pánico. "¿Qué? ¿Estás herido? ¡Dime dónde estás!" Las palabras salían atropellad

