Llevábamos apenas una semana instalados en el apartamento y todo parecía marchar perfecto. Cris y yo teníamos nuestro propio ritmo: él trabajaba en la empresa de Ernesto y yo organizaba cada detalle del nuevo hogar. Pero esa calma tenía un eco extraño, un silencio que me olía a tormenta. No me equivocaba. La primera en aparecer fue Peyton, como una sombra envuelta en perfume caro. Se presentó una tarde cualquiera, tocando el timbre con una sonrisa dulce y un ramo de flores en la mano. Cris estaba en el balcón, revisando su moto, y cuando la vio, se tensó. Yo observaba desde el pasillo, con los brazos cruzados y el corazón latiendo como un tambor de guerra. —Peyton… —dijo Cris, medio sorprendido, medio incómodo—. ¿Qué haces aquí? Ella bajó la mirada, fingiendo timidez, esa misma cara de

