Entró a la comisaria. No se esperó que hubiera tal cantidad de gente.
Formó fila y se aferró a lo poco de su paciencia hasta que le tocó su turno. El oficial de mediana edad, detrás del mostrador no parecía muy contento por estar a cargo. Masticaba un cigarrillo atrapado entre sus labios y apenas prestaba atención a las demandas de ayuda de las personas.
Dio un paso adelante cuando la pareja abandonó el mostrador. -Hola, quiero hacer un reporte de persona desaparecida.-
El hombre tomó una honda inspiración con cansancio y sacó unos papeles de debajo de la mesa.-Llene aquí los datos de la persona y regrese. ¡Siguiente!-gritó a la persona detrás de ella con la increíble habilidad de no dejar caer el cigarro.
La mujer de detrás le pasó por su lado golpeándole el hombro.
Se alejó de la fila y tomó asiento en una de las sillas contra la pared. Sacó del bolso un bolígrafo y comenzó a rellenar con la información de Stella.
Volvió a hacer fila.
-Aquí.-le entregó el formulario al oficial y éste lo agarró dándole revisada superficial.
Tomó un selló y lo machacó sobre el papel.
-Muy bien, su reporte será procesado. Hay un plazo de 24 a 48 horas hasta que…-
-¡¿Qué?!-exclamó.- ¡¿Dos días?! ¡No! Necesito que hagan algo ahora mismo.-
-Señorita, contrólese.-le dio una mirada fastidiada.
-No lo haré, oficial. Mi amiga está desaparecida. Acabo de hablar con su novio y no muestra ni una pizca de interés por su paradero, ¿le parece algo normal? –
El oficial sólo se le quedó mirando con indiferencia, pero ella igual insistió:- Algo le ha pasado para que no pueda ser contactada. Siempre hablábamos por teléfono…-el hombre la interrumpió:-¿Sabe las veces que he oído esa historia?-
Apretó los puños tan fuerte que sus uñas se clavaron en su palma sacando sangre.
Él continuó.- No debe alarmarse por nada. Es adulta. La gente se va, desaparece por un tiempo porque necesita relajarse. La vida actual es muy estresante…-
-¿Qué me está diciendo? ¿Que me olvide de mi amiga, que haga como si nada cuando puede estar en peligro inmediato? ¿Acaso ustedes no están para prevenir que cualquier cosa que pudo haberle sucedido o a punto de suceder, no ocurra?-
El oficial se le quedó mirando. Dijo: -En un plazo de 24/48 horas será notificada. Buenas noches. ¡Siguiente!-volvió a gritar a la fila.
Rechinó los dientes.
No podía creerlo… La falta de compromiso y preocupación.
Se fue de la estación. Quería llorar, quería dejarse caer de rodillas y llorar con todas sus fuerzas, pero no podía. Sabía con toda seguridad que si Stella se fue, no había sido por voluntad propia.
Tenía que hacer algo.
El sonido de la impresora imprimiendo era el único ruido en la habitación.
Era de madrugada. Había regresado directo a su departamento desde la comisaria y se había puesto a crear panfletos con la foto de Stella y su información.
Aun no podía creer que estuviera haciendo esto. Que nadie se interesara por ella. Había telefoneado a todas las personas que Stella conocía. Había enviado mensajes por f*******:, i********: y nadie tenía idea de dónde estaba. Sus compañeras de la tienda de ropa donde trabaja no la habían visto desde el martes mismo que ellas se encontraron por última vez en el restaurante. Nadie sabía qué podría haberle pasado, pero al menos se empezó a correr la voz.
Y, aunque no quería, la conversación que tuvo con Dave y sus extrañas expresiones, le seguía molestando. No podía dejar de pensar en que algo estaba muy mal. Era raro. Sospechoso.
En verdad, no quería siquiera pensar así de alguien cercano, pero ¿qué otra explicación había? ¿Ella le acusa de infiel y ahora está desaparecida? Su único rastro de evidencia que respalda la historia que él le contó era una nota cuya letra parecía ser la de Stella, pero que a la vez, tenía sus dudas.
Eran pasadas las tres cuando agarró las llaves del coche y con el bolso lleno de volantes, salió. Una suave llovizna humedecía las calles.
Se puso la capucha y agarró el bolso del asiento pasajero. Se dirigió a un poste y engrapó el panfleto sobre la madera. Pasó de poste en poste, sin perderse uno.
Aún era muy de madrugada, pero de vez en cuando alguien pasaba y ella le encaja un volante en las manos y suplicaba que llamara si la veía o sabía algo.
Permaneció dando vuelta en la calle hasta que se le acabaron. Tenía que hacer más.
Regresó al coche y puso en marcha el motor. Revisó el teléfono por si había novedades. Ninguna.
Suspiró.
Maniobró el volante y salió a la calle.
Atravesó la avenida que llevaba a la casa de Stella, y de nuevo el recuerdo de la cara de Dave y su conversación, comenzó a reproducirse en su cabeza.
Todo era muy raro, muy sospechoso. Las cosas que él decía, las cosas que Stella le contó. No encajaban con la historia de que ella le abandonó. No tenía ningún sentido. Y no podía imaginársela tramando un plan de inventarle una historia a ella para así por detrás huir con otro tipo. ¡No! Esa no era Stella.
Frenó de golpe, y jaló de la palanca de cambio dando marcha atrás. No había coches por lo que fue rápido y fácil. Hizo un giro en “u” y aceleró.
Cuando llegó a su calle, se bajó sin molestar en apagar el motor y caminó manteniéndose por la vereda de enfrente hasta quedar frente a la casa.
La lluvia caía más fuerte, envolviéndola y creando una muralla sonora en sus oídos. Las luces de la sala donde incontables veces pasó el rato viendo películas con Stella, hablando de novios, escuchando música, estaban encendidas.
“¿Cómo habíamos llegado a esto?” “Si es verdad, Stella, ¿Dónde estás?” “Al menos, hazme saber que estas a salvo”
De pronto, una persona apareció. Reconoció a Dave.
¿Cómo podía estar tan tranquilo? ¿Cómo podía dar ciega credibilidad a esa carta y no dudar en absoluto?
Otra persona apareció acercándosele por detrás. Era una mujer.
Inmediatamente pensó que era Stella. Quizás todo se trataba de una broma. Una broma de muy mal gusto, pero entonces, la mujer entró bajo la luz y supo que no era ella.
Tenía largo cabello castaño ondeado en perfectos rizos que le llegaban a mitad de la espalda. No la reconoció.
La mujer le tocó el hombro a Dave y éste se volvió y rodeó su cuerpo con los brazos con una feliz sonrisa en la cara. Tiró de ella besándola.
¡¿Qué rayos?!
¿Qué estaba viendo? ¿Era Dave? ¿Sus ojos veían correctamente?
Se acercó unos pasos para ver mejor, y no había duda alguna. Era Dave con otra mujer.
Stella había tenido razón. Dave tenía una aventura.
Y ahora Stella estaba desaparecida.
Oh, por Dios. Se llevó una mano al estómago. Tenía ganas de vomitar.
El cajero del supermercado la miró raro cuando le arrojó dos billetes de diez y abandonó el local.
Entró al coche y desenroscó la botella de vodka. Le dio un largo trago. El fuego quemó su garganta y aun así no paró.
Bajó la botella, jadeando. Lágrimas no paraban de bajarle por la cara.
No podía creerlo. No podía creerlo.
Se sentía en una pesadilla, de esas en las que todo parecía irreal y monstruoso. Quería vomitar. Quería gritar. Quería golpear a algo. A Dave. Ese maldito gusano ¡encima que le dio el beneficio de la duda!
Le dio otro tragó al alcohol.
Al principio, cuando Stella y él se conocieron, no le gustó. Tenía ese falso bronceado naranja que resaltaba sus perfectamente alineados dientes blancos como el jodido George Hamilton. Parecía querer esforzarse demasiado. Pero, con el tiempo, le fue conociendo y terminó por agradarle, pero en el fondo permanecía esa espina.
Se terminó la botella y se giró para regresar al supermercado por otra, cuando vio que estaban apagando las luces. Soltó una maldición. Pensó dónde podría conseguir alcohol a esta hora.
Un sólo lugar vino a su mente.
Puso en marcha el motor y condujo.
El coche se tambaleó al pisar sobre el borde de la acera. Se bajó y fue hacia la puerta del restaurante. La lluvia la tenía completamente empapada. Su largo cabello cobrizo se pegaba a su cuerpo.
Impactó el puño en la puerta.-¡Lorenzo, abre!-
No hubo respuesta.
Golpeó más fuerte el cristal.
-¡Lorenzo, maldita sea, sé que estás ahí, abre, tengo mucha sed!-
Golpeó y golpeó hasta que se cansó. Se apoyó contra el vidrio resoplando y pensando dónde más ir.
De pronto, la puerta se abrió y ella cayó para adentro. Musculosos y fuertes brazos la agarraron a tiempo de estrellarse contra el piso.
-Rica, ¿Qué rayos haces golpeando así a la puerta?- Lorenzo se oía muy enojado.
Levantó el rostro empapado de agua mirando a sus feroces ojos oscuros. -Lorenzo…-susurró.
Él la sacudió.-¿Estás demente? ¿Qué te pasa? Estás completamente empapada.-
-Lorenzo…-volvió a decir, y cuando él vio que no era sólo lluvia lo que mojaba su rostro, su ceño furioso cambió a preocupado.
-Rica…-
Un sollozo la sacudió y se abrazó a su cuerpo. Hundió el rostro en su pecho dejándose envolver por su olor tan familiar.
Los brazos de él la estrecharon, y llevó adentro.
-¿Qué ha pasado?-le preguntó sentándola en una de las sillas. Quiso contarle, pero no paraba de sollozar y llorar.
Él arrastró otra silla sentándose a su lado. La abrazó tirando de ella a su pecho.
Cuando finalmente el llanto cesó, le contó todo lo ocurrido. Desde las sospechas de Stella, su encuentro extraño con un Dave, hasta esa otra mujer.
-Joder.-fue lo único que él dijo luego de escuchar toda la historia.
Ella sorbió por la nariz.-Lo sé.- empezó a levantarse para buscar alguna bebida que sabía que el guardaba detrás de la barra, pero la gran mano de él se cerró en su muñeca con fuerza y tiró hacia abajo para que permaneciera sentada. Le pasó un pañuelo de tela que sacó de su bolsillo.
-¿Por eso estaba tan alterada esa noche?-le preguntó.
Asintió.-Y estaba en lo cierto.-se sonó la nariz con fuerza y secó las lágrimas.-¿Tienes algo para beber?-
Él le frunció el ceño.- ¿Estás de joda? Te apesta el aliento. ¿No has bebido suficiente?-
Le devolvió la mirada enfadada también.-Tengo derecho a beber cuando se me canta y en especial cuando mi amiga…-la voz se le rompió. Más lágrimas bajaron de nuevo por su cara. Se cubrió el rostro con ambas manos y lloró.
Lorenzo chasqueó la lengua. -Maldición, Rica…-la estrechó de nuevo en sus brazos.
-No puedo creerlo.-habló con la mejilla en su hombro.-Dave… haciendo algo así… No lo puedo creer…-
Lorenzo acunó con su mano la parte de atrás de su cabeza acariciándole calmadamente.-Shh, tranquila, todo se resolverá.-
Se tensó. Esas eran las palabras que ella le dijo a Stella. Alzó la cabeza abruptamente y él se detuvo contemplando confundido su rostro enfadado. -Le dije eso mismo a Stella y mira cómo terminó.-
-No sabes con certeza lo que…- Le interrumpió:-Lo sé, lo sé en mi corazón. Y, sé que todas sus malditas historias no concuerdan con la verdad. Stella jamás mentiría y mucho menos a mí. Si hubiera planeado algo tan siniestro como desaparecer porque se sentía aburrida con la puta vida, yo hubiera sido la única persona a la que le contaría. –
-Rica, a veces la gente…-
Se abrió de sus brazos con brusquedad.-No me vengas con esa mierda, Lorenzo. Conozco a Stella. Tú también. No puedo comprender por qué dudas de ella y no de él cuando es él quien claramente está con otra.-
-Tienes razón. Lo siento.- intentó abrazarla de nuevo, pero ella se levantó de la silla alejándose.
-No necesito tu condescendencia. Voy a encontrar la verdad sin importar qué o quién se interponga.-
Se encaminó con enfadadas zancadas a la puerta. Lorenzo ya se había parado agarrándole del brazo deteniéndola.-Vale, lo siento, en verdad. Te creo.- dijo. -Le creo a Stella. Pero, no hagas una estupidez.-
Frunció el ceño.- ¿Una estupidez?-sacudió el brazo en su mano.- ¿Cómo qué? –
-Ya sabes. –le dijo con una mirada conocedora.
-No. Dímelo tú porque al parecer soy estúpida.-
Ahora el frente de él se frunció enfadado.-No empieces, no es lo que quise decir.-
-¿Y, qué quisiste decir? –avanzó un paso alzando el mentón.-Siempre me has tratado como la hermana menor tonta que no sabe tomar buenas decisiones, así que ahora escucho.-
-Rica.-le regañó.
-No, dime, señor sabelotodo, ¿Qué debo hacer?-dio un paso al costado.-¿Puedo caminar? ¿Puedo respirar, señor? ¿Puedo hablar con su permiso?-
La mirada de Lorenzo la seguía y se volvía cada vez más furiosa.
Se prolongó un silencio sosteniéndose las miradas enfadadas.
-Muy bien.-dijo ella y se dirigió a la parte detrás de la barra. Él le siguió pegado.
- ¿Qué vas a hacer?-
-¿Por qué? ¿Me dirás lo que debo hacer sólo porque tuviste que hacerte cargo del negocio de tu padre y ahora sabes lo que es liderar?-se agachó buscando bajo la barra.
-¡¿A qué viene esa mierda?!-exclamó él.
Corrió vasos de un estante y se sonrió victoriosa cuando una botella de whisky apareció. La tomó y desenroscó la tapa. La mano de él se cerró alrededor del pico, tirando para sacársela.
-¡Suéltala!-la agarró bien fuerte y empezaron a forcejear.
Él tiró con una fuerza formidable haciéndola tambalear contra su pecho.
-¿Qué quisiste decir con eso?-volvió a exigir una respuesta.
-Lo que piensas.-le dijo y le dio un pisotón en el pie. El labio de él se encrespó con el único gesto de dolor. Volvió a tirar y la mano de él le dejó ir la botella sólo porque él así quiso, no porque ella fuese más fuerte. La abrió rápido y se la enchufó en la boca bebiendo con avidez hasta que necesitó aire.
Cuando bajó la botella, él le miraba de brazos cruzados y el rostro una máscara de muerte. -¿Satisfecha?-
Negó con la cabeza y dio un paso adelante hasta que no había espacio entre ellos. Los ojos de él, oscuros como tierra húmeda, estaban clavados en los suyos.- ¿Por qué siempre me pones en duda y de lo que soy capaz? ¿No has visto cuánto he logrado? Sin ayuda de nadie. Puedo estar a la misma altura que tú. Y, aun así siempre me miras desde arriba, con superioridad…-una lágrima se filtró por su mejilla.- Lo odio…-se la frotó y se llevó de nuevo la botella a la boca.
La mano de él volvió a sujetársela. Sorbió por la nariz, derrotada por la tristeza y el dolor, y le dejó que se la quitara. Más lágrimas corrieron por su cara. El musculoso brazo de él le rodeó la nuca como una pitón y tiró de ella a su pecho para que le usara de pañuelo a sus lágrimas.
¡Rica!
El grito de ayuda de Stella explotó en su cabeza. Abrió los ojos de golpe. El pecho le palpitaba fuerte y doloroso, lleno de miedo por su amiga. Se incorporó en la cama pasándose una mano por la frente sudada. “Stella…” se lamentó. Por Dios, era su mejor amiga, ¿Cómo pudo sucederle algo como esto y ella no ayudarla? Se sentía tan impotente, tan inútil…
Exhaló por la boca. Alzó la vista quitándose las sabanas que la cubrían, cuando pegó un grito.-¡Lorenzo!-
El muy imbécil estaba sentado en una silla frente a la cama de brazos cruzados y esa expresión oscura y enfadada como si todo el mundo siempre le hiciera algo mal. El corazón le volvió a arremeter. A este ritmo no llegaría a la vejez.
-¿Qué haces aquí?- tiró de las sabanas cubriéndose el pecho a pesar de que estaba vestida, y fue entonces que dio una mirada alrededor y se dio cuenta de que no estaba en su dormitorio. Más alarmada, bajó la mirada a las sabanas negras de seda en las que estaba envuelta.
¡Estaba en el dormitorio de Lorenzo!
Llevaba puestas las ropas del día anterior, y por una fracción de segundo temió haber cometido el peor error cuando lo recordó todo. Llegar borracha a su restaurante, estallarle en llanto y lágrimas y… Color trepó a sus mejillas. Enfadarse con él por ser razonable y empezarle a lanzar mierda que en verdad no quería decir.
Se mordió el labio, avergonzada hasta la médula. Él la miraba muy, muy enfadado, y estaba en su claro derecho.
-Lorenzo…-empezó, manteniendo la mirada en las sabanas. -Yo…-
-Rica.-su tono grave y totalmente mortífero pronunció su nombre.
Se tensó.
Temerosamente, alzó la mirada encontrando sus ojos oscuros trabados en ella. -Ehm, ¿sí?-
-No vuelvas a emborracharte.-le dijo, pero sonó como una amenaza.
Sus labios temblaron como una niña tonta a punto de llorar.
Asintió con la cabeza, y sin hacer el mínimo ruido como si de hacerlo despertara aún más la furia en él, se levantó de la cama.
Su mirada penetrante la siguió todo el camino a la puerta. De pronto se levantó de la silla.-¿Qué vas a hacer?- le demandó saber.
Se paralizó agarrándose del marco de la puerta. Tragó saliva por la garganta seca.
-Rica.-su grave y aterradora voz le amenazó que contestara.
Ella se giró despacio, confrontándole. - Él lo hizo, Lorenzo.-
El ceño de él se profundizó aún más y caminó a ella. - Rica. -mordió cada letra de su nombre.
-Él. Lo. Hizo.- volvió a enfatizar.
Él suspiró, su mirada moviéndose en la suya como si pensaba cómo hacerla entrar en razón. -¿Tienes pruebas?-
Bajó la mirada.- No.- contestó.- De momento.-
-Rica.-otro regaño.
Volvió a mirarle. -Lorenzo.-ahora le regañó a él.-Es mi mejor amiga, mi hermana, y él le hizo algo que ambos ya sabemos muy bien el qué.- la feroz mirada de él se suavizó. Ella no podía decir la palabra “asesinato” ligada al nombre de Stella.-Le defraudé cuando me necesitó. Me puse del lado de él ¡por Dios!-se pasó una mano por el pelo. Quería llorar de nuevo.
-Rica, no es tu culpa…-la mano de él le tocó el brazo como intentando consolarla.
-Lo sé, es su culpa y lo voy a demostrar.-le salió con fuerte determinación.
-¿Cómo? Sin cuerpo, no hay crimen.-
Él dijo las mismas palabras que acosaban su cabeza, pero tanto como conocía a Dave o bueno, creía conocer, pero lo que ahora conocía como en verdad era, sabía que se creía muy inteligente y los muy inteligentes siempre cometen errores. Errores que ella se va a esmerar en descubrir. Incluso si eso significaba hasta la muerte.
No le contestó pero por la mirada en Lorenzo sabía que podía leer claramente sus pensamientos. Se giró saliendo por la puerta.
-Rica…-dio otros pasos yendo detrás de ella.
Se detuvo dándole una mirada por encima del hombro. - Tenías razón, Lorenzo.- él arrugó el ceño, sin comprender.-Soy estúpida.-
Reanudó su caminar. Bajó las escaleras al restaurante, y se fue.