Esperó dentro del coche mientras Dave se movía por la casa alistándose para irse a trabajar.
Se echó para atrás en el asiento, ocultándose cuando le vio salir dirigiéndose a su auto. Dio marcha atrás, hizo un giro a la calle y se fue.
Cuando vio las luces traseras desaparecer en la esquina doblando, se bajó.
Caminó a la casa. Sacó la llave de repuesto que Stella le había dado para emergencias o para regar las plantas cuando se iban de vacaciones, y la introdujo en la cerradura.
Entró.
Iba a ser rápida. Se instruyó a no dejarse llevar por las emociones. Esto lo hacía por Stella. No podía fallarle de nuevo.
Subió la escalera dirigiéndose a la habitación que él usaba de despacho.
Había un largo escritorio de madera roble y una cómoda silla giratoria. Las paredes estaban tapiadas con todas sus partidas de mini golf que tanto amaba. Ni una sola foto de Stella.
Rodeó la mesa y sentó. Abrió la laptop. Para su suerte, estaba sin contraseña. Entró a su f*******: pero ahí no tuvo tanta suerte. Le pedía contraseña para abrir sesión.
Maldijo por dentro. No tenía idea de cuál podría ser.
Pasó la mirada alrededor del escritorio buscando un papel, anotador donde la tuviera escrita o algo que pudiera ser la palabra clave. Obviamente no iba a ser el nombre de Stella, su cumpleaños o aniversario. Sin embargo lo intentó por si acaso.
Nop.
Abrió sus cajones pero nada, sólo folletos de golf y más golf. Era un fiero fanático.
De pronto, se le ocurrió. Miró a la foto que tenía enmarcada en el escritorio del campeonato en que ganó. Había sido el primer, y de lo que sabía al momento, él único, pero no aplacó su alarde por semanas.
La tomó y miró con más detenimiento. Él sonreía triunfal con su piel extremadamente naranja y dientes blancos. En sus manos tenía alzada una mediana copa dorada con escrito en el pedestal “Campeón Nacional de Mini Golf 2020”
Lo intentó. Tecleó “Campeonatominigolf2020”. Error. ¿No?
Intentó con otra. “Torneo2020”. Error de nuevo.
Se mordió el labio desgastando los sesos. A ver… Escribió “Victoria2020”. ¡Funcionó! “Jodido arrogante”
Se abrió la misma página que con Stella habían revisado. Pero, no era lo que buscaba. Hizo click en la esquina y le apareció lo que esperaba. Tenía otra página creada, con otro usuario de él. Dio click allí y la página cambió abriéndose la nueva identidad de Dave.
Se llevó una gran sorpresa al ver su foto de perfil.
Estaba abrazado a una mujer que besaba su mejilla. Y, era la misma mujer castaña de largos rizos que vio en su salón la otra noche. Era bonita, tenía una mirada sensual y parecía más joven que Stella, quizás unos tres años.
Pasó por sus fotos publicadas y en todas estaba ella. Abrazados, besándose, recostados en el pasto sacándose selfies. Felices y muy enamorados.
Miró las fechas de publicación e iban desde el 2022, y aún había muchas más fotos viejas. Fue como un golpe en el pecho. “Por Dios…¿Desde cuándo la estaba engañando?”
“¿Por qué?” “¿Por qué seguir con Stella si estaba enamorado de otra?” “¿La mujer sabía de la existencia de Stella?”
Tantas preguntas le atosigaron la cabeza. Tenía ganas de vomitar.
Siguió pasando por las fotos. Se dejaban comentarios dulces, declaraciones de puro amor, algunos otros subidos de tono.
Cliqueó en el nombre de ella. VeroKeller. “Verónica Keller”.
Entró a su perfil y leyó su descripción. Tauro. 24 años. ¡Prometida!
¡¿Que rayos?!
Profesora de Yoga recibida en 2014 en el liceo de Yoga Nhia Rith.
Estaba completamente atónita y mareada. Este, definitivamente, no era el Dave que nadie, ni Stella, o ella, conocían.
Sacó el teléfono e hizo fotos de la pantalla captando cada uno de sus momentos felices y románticos, a sus juramentos de amor eterno. También al perfil de ella y toda su información.
Cerró sesión y se levantó de la silla. Las piernas le temblaban. Todo el cuerpo lo hacía. Sudaba a chorros, asustada por toda esta nueva realidad que descubrió y que no hacía más que reafirmar sus temores. En verdad, había deseado que fuera sólo imaginaciones suyas y que Stella tan sólo se las hubiera tomado. Era mejor que toda esta trama macabra desenrollándose. Porque de ser así, sabía con ciega firmeza, que Stella no iba a regresar.
Se arrastró al corredor usando de apoyo las paredes. Su pecho subía y bajaba, pero el aire no encontrando su manera de entrar.
Llegó a la escalera cuando un pensamiento le saltó a la cabeza. Volvió el rostro mirando hacia atrás a la habitación del fondo.
El dormitorio.
Se giró, arrastrándose hasta allí. Le costó como si una fuerza le empujara para atrás impidiéndole avanzar en temor a lo que iba a encontrar.
Empujó la puerta entreabierta y entró.
Todo parecía normal. Quizás más desordenado por la ausencia de Stella que era quien siempre mantenía el lugar en perfectas condiciones. La enorme cama matrimonial de Stella y Dave estaba desecha. Ambos lugares.
Tragó saliva.
Su mirada se posó en la mesa de noche del lado junto a la puerta de Stella y se acercó. Había un aro de anilla dorada grande, y otras cosas de maquillaje, como sombras, máscara, labial. Tomó el lápiz y deslizó la barra. Su corazón se aceleró alarmado. Carmín. Y las palabras de Stella saltaron a su mente. “No es el mío el que lleva en sus labios. Es más colorado”
Era de esa Verónica.
Lo dejó caer y se giró corriendo al armario. Abrió las puertas de par en par. La mitad estaba ocupada con la ropa de Dave y la otra… con la de esa mujer. No había rastro de que alguna vez Stella vivió allí.
Lágrimas bajaban ferozmente empapándole la cara. No podía creerlo. ¿Era ésta la razón por la que no le había querido dejar entrar a la casa? ¿Porque no quería que viera que al poco de desaparecer su novia, se había mudado con su amante?
Cayó de rodillas al piso, llorando.
Le hizo algo a Stella. Ahora lo sabía con seguridad. Tenía a su amante durmiendo en su cama, ocupando el espacio ella. ¿Qué más prueba necesitaba?
De pronto, escuchó el rugido de un motor. Su mirada se disparó al corredor.
Dave.
¿Había vuelto?
No importaba. Se apresuró a salir del cuarto y corrió escaleras abajo. Entró a la cocina cuando le oyó entrar por la puerta frontal.
Giró el picaporte de la puerta que daba al jardín trasero y con mucho cuidado de no hacer ruido, salió.
Rodeó la casa, agachándose en las ventanas para que no le viera, y corrió al coche. Se subió y giró la llave del encendido, pero no arrancó, se quedó allí, su mente repasando todo lo que había descubierto.
Lo había planeado. Tramado. Engañado. Matado. Ahora era su turno de cobrar venganza.
En menos de dos días había ido a la comisaria tres veces para presionar e insistir que pusieran el caso de Stella como prioridad, pero nada había sido su condescendiente respuesta. Había rogado, suplicado hasta casi ponerse de rodillas delante del mostrador. Y, pese a querer mostrarles las fotos que sacó, ellos se empecinaron en ignorarlas, desestimándola como exageraciones de una mujer histérica en su regla. Pero, algo debía hacerse.
¿Era estúpido querer buscar justicia por su amiga? ¿Le convierte en mala persona por querer buscar venganza por lo que le hicieron? Las líneas de lo moralmente correcto ahora se veían desdibujadas, borroneadas y recreadas. De la única cosa que estaba segura, es que no se lo va a dejar pasar. Dave pagaría por lo que le hizo a Stella.
La lluvia parecía que iba a la par con su estado de ánimo. Era mediodía del lunes y se encontraba en una cafetería en Portland donde esperaba encontrarse con la única persona que sabía que sí le importaba de Stella.
Su hermana.
La campanilla de la puerta tintineó con alguien entrando. Sonido de tacones fueron aproximándose a su mesa antes de que alzara la vista a la joven chica de suaves facciones y con un leve parecido a Stella a excepción de su cabello castaño claro, atrapado en un rodete despeinado. Iba en su uniforme lila de enfermera. Trabaja en una guardería ayudando a niños con diferentes discapacidades motoras y mentales.
Alzó la manó saludándola.-¡Emma!-
Emma sonrió contentar de verla e intercambiaron abrazos.
-Rica, cuánto gusto me da verte. –dijo pero su rostro se entristeció. -Sólo desearía que no fuera en estas circunstancias.-
Cuando la había contactado por teléfono, le había contado todo el asunto, la narrativa nada coherente de Dave, las sospechas de Stella, sus propias sospechas, que iban creciendo y creciendo cada vez más. Para su sorpresa, Emma no cuestionó sus palabras. Le contó de sus propias impresiones que tuvo de él. Desde el momento que Stella se lo presentó, nunca le agradó. Había algo en él que no le terminaba de cuadrar y esa fue la razón por la que ella y Stella se distanciaron. Ahora lamentaba profundamente haber dejado que el tiempo y una pareja se pusieran en medio. También le contó de la vez cuando celebraban el cumpleaños de Stella, le vio coqueteando con una mujer en la cocina mientras su novia estaba a un par de metros en el jardín. Eso dijo todo lo que tenía que saber sobre el tipo de persona que era.
Bajó la mirada a sus manos acunando su taza de café. - Yo también.- se hizo un silencio triste. Respiró hondo recopilando sus fuerzas. Cuando alzó la mirada a la de Emma esperaba que viera su feroz determinación.- Por eso necesito de tu ayuda, Emma.-
-Dime lo que quieres que haga.-dijo Emma comprometiéndose por entero.
-Quiero que seas mi coartada.-
Regresaba a su departamento, cuando le sonó el teléfono. Rápido asumió que debía ser del trabajo enviándole más documentos para revisar. Se había tomado el día libre para poder encontrarse con Emma y el resto trabajaría desde casa.
Metió la mano dentro del bolso colgándole del hombro y mientras abría la puerta, deslizó el patrón de bloqueo.
Entró unos pasos al departamento, cuando se quedó completamente paralizada. Era un mensaje de Stella.
El corazón le arremetió con fuerza, asustada, ilusionada, feliz, preocupada. No sabía qué sentir.
Lo tocó con el dedo y se abrió el mensaje. Era de voz.
“¡Feliz día mi persona favorita del mundo!--gritaba a todo pulmón la voz de Stella.-- ¡Ahhh, hoy finalmente cumples 29 y Dios, hay tantas cosas que deseo decirte como dos meses y trece días mayor, creo que tengo bastante sabiduría para compartirte, pero creo que será más divertido si te lo dejo descubrir por tu propia cuenta!--se rió de esa manera burbujeante.-- Sé que aún falta para tu cumple, pero me conoces, me gusta anticipar y saborearlo todo con tiempo, así que, esta semana será tu previo a tu oficial día en que te volverás más vieja y sabia, y yo como leal amiga estaré a tu lado para señalar cada arruga y verruga nueva.—volvió a reírse.--Prepárate que tengo unos increíbles planes para el sábado. Ya contacté a todo el escuadrón por lo que estaremos en pie de guerra hasta que el sol amanezca. ¡Síííííí! Vale, corto el mensaje o la maquina lo hará por mí.---rió de nuevo.--- Espero que este mensaje te llegue a tiempo y no como la otra vez que el estúpido celular te lo envió dos semanas después. Cielos, la tecnología apesta a veces. Okey, nos vemos mañana en nuestro habitual martes.---terminó con voz cantarina y se acabó el mensaje.
Temblaba, lágrimas amontonándose en sus ojos.
Se derrumbó contra el marco de la puerta. Por un momento había creído que en verdad era ella. Las piernas le fallaron deslizándola al piso.
No podía. No podía lidiar con esto. Era demasiado. Quería que todo volviera a ser como antes, que Stella estuviera llamándola y contactándola para su cumpleaños y no una voz grabada de su mejor amiga desaparecida.
Sollozó, llorando incontrolablemente. La opresión en el pecho era demasiado. La mente se le llenaba de los recuerdos hermosos que ahora parecían una dolorosa tortura.
Se giró y con ayuda del marco de la puerta, se puso de pie.
Salió corriendo a la calle. No tenía idea de adónde iba y no importaba, sólo quería huir del dolor, de la desgarradora verdad.
Corrió y corrió. La lluvia se reanudó y la empapó por completo. Se alejó de su barrio, llegando a un área descampada. Atravesó el bosque, adentrándose en la espesa arboleda.
Tropezó con una piedra y cayó. Sus manos y rodillas amortiguaron la caída y todo su cuerpo se sacudió de dolor. No se movió, yació allí, llorando, dejando que las lágrimas se mezclaran con la lluvia.
Tiempo pasó. Cayó en un estado de catatonia, un limbo confuso de conciencia e inconciencia. Al cabo de un largo rato, brazos se deslizaron por debajo su cuerpo y la alzaron de la tierra mojada. La acunaron contra un pecho duro y amplio, y pese a que su cuerpo le decía que luche contra este desconocido recogiéndola, ella dejó que su cabeza cayera en su hombro. Tomó una inspiración, la nariz llenándose de su familiar colonia masculina y se relajó.
“Lorenzo”