CAPITULO 4 PARTE 1

2084 Words
CAPITULO 4 Despertó abruptamente como si alguien le hubiera dado una bofetada, pero no había sido así. Cada vez que sus ojos se cerraban la perseguían pesadillas con los más horribles escenarios de cómo pudo haber sido asesinada Stella. Se incorporó apoyándose en el codo y no tardó en darse cuenta que de nuevo se encontraba en el dormitorio de Lorenzo. Lo que no llegaba a comprender era cómo terminó allí. ¿Él la había traído del bosque? ¿Cómo supo dónde ella estaba? Suspiró frustrada, además de cansada, y se levantó. Vio un vestido de coctel n***o reposado en la cama como si lo hubiera dispuesto para ella. No había manera que fuese a ponerse ese vestido de vaya a saber qué fulana con la que estuvo, lo usó. El sólo pensamiento le rabiaba. También vio una tarjeta encima. La tomó y leyó: Dúchate, vístete y baja tu trasero. Rechinó los dientes a sus malditas órdenes. ¿Qué pensaba que era? ¿Una niñita para mandonear? Abolló la tarjeta y arrojó. Se dirigió a la puerta y abrió con enfado cuando se detuvo. Oía voces y música proveniente del piso inferior. ¿Ahora qué, Lorenzo daba fiestas? Refunfuñando salió pero volvió a detenerse. Bajó la mirada a su cuerpo. Era un asqueroso desastre. Estaba recubierta en lodo y agua de lluvia. Parecía que hubiera estado en una pelea de barro. Se mordió el labio con fuerza. Regresó a la habitación, y se acercó al espejo de cuerpo entero que él tenía. Se asustó con lo que vio. Su descripción de antes había quedado corta. Parecía el monstruo de la laguna. Su cabello era un embrollo de ramas, hojas y barro, al igual que el resto del cuerpo. Apretó los dientes, odiando hacer lo que le ordenaba y fue a darse una ducha. A excepción de estos pasados días, jamás había puesto un pie en el dormitorio de Lorenzo, o en su departamento, que era el piso superior del restaurante, y muchísimo menos, en su ducha. Era una nueva experiencia. Se desnudó y se giró a la bañera. Era de esas modernas, grandes, que parecía un bloque de mármol con un hueco dentro. Tenía regadera por lo que pisó dentro y giró la mariposa. El agua se sintió cálido y agradable en su frío cuerpo. Dejó escapar un suave gemido de placer de sus labios. Tomó del champú de Lorenzo, y se frotó bien el cabello. Terminó de enjuagarse y siguió con su cuerpo. No había parte que no tuviera tierra. Le costó. Tuvo que utilizar la esponja que él tenía y finalmente estaba limpia. El cuerpo le pedía a gritos que se quedara bajo la tan agradable y cálida agua, pero no podía. Cerró el grifo y se envolvió en una toalla. Regresó al dormitorio y se quedó mirando al pequeño vestido. Era demasiado corto y escotado. Estaba segura de que se lo eligió apropósito. Se quitó la toalla y se lo puso. Se dio una mirada al espejo, y soltó otra sarta de maldiciones. La falda apenas le llegaba a la mitad del muslo y se adhería a su cuerpo como una segunda piel resaltando su figura de reloj de arena, su vientre plano y trasero tonificado. El profundo escote en “v” mostraba demasiado de sus senos. La dueña de tal indecorosa prenda, era de copa pequeña por lo que su busto grande rebalsaba. No le gustaba. Se echó el pelo hacia adelante para cubrirse. Se miró al espejo haciendo una mueca. Los largos mechones rojos cubrían un poco de la piel, pero no tanto como querría. “Bueno…” Salió de la habitación. Se detuvo en el rellano de la escalera mirando hacia el piso de abajo de donde las voces de hombres y mujeres, riendo y hablando, provenía. Había música y luces, una niebla de humo de puros y cigarros ascendiendo por la escalera. ¿En qué había convertido el restaurante de su padre? Enderezó los hombros y comenzó a bajar. Le sudaban las manos. No solía ponerse nerviosa con las personas, pero sabía que en cuanto apareciera y sobre todo luciendo tan ajustado y provocador vestido, todos los ojos masculinos se posarían en ella. Volvió a maldecir a Lorenzo por eso. Bajo el último escalón y observó pasmada como las mesas del restaurante habían desaparecido para dejar espacio para una amplia pista de baile donde gente estaba bailando y a un costado una gran mesa redonda donde estaban jugando a las cartas con más mujeres en los mismos vestidos ceñidos rodeándoles. Lorenzo estaba en el centro cercado por dos mujeres, una rubia con pesado maquillaje y labios rojos sangre, parada a su espada acariciándole los hombros, y otra morena, sentada a su lado con su mano desaparecida dentro de su camisa abierta, acariciándole el pecho. No supo explicarlo, pero una furia le quemó las entrañas. Apretó las manos en duros puños sintiendo como sus uñas se clavaban profundamente en su palma. Caminó. Dio un paso hacia adelante, luego otro. Sus tacones tronando y dando aviso de su llegada. Los rostros empezaban a volverse en su dirección, curiosos primero, luego tornándose lujuriosos, con el deseo brillando en esos ojos masculinos recorriendo sus curvas, sus caderas, sus largas piernas y pechos. Lorenzo alzó la vista de la jugaba en la mesa, y cuando sus ojos se posaron en ella, fue como si todo se paralizara. La manera intensa con que la devoraba, con una pasión oscura y consumidora, apoderándose de cada centímetro de su cuerpo de pronto necesitado del tacto y calor de manos. Acentuó el contoneo de sus caderas, sintiendo un agradable estremecimiento entre sus piernas. ¡No! No debía pensar así de él. Eran familia. Lo había conocido toda su vida y él a ella. Eran como hermanos. “Como”, era justamente la palabra clave. Pero, no, no debía. Además, él jamás dio indicio de verla de otra manera más que una hermana menor a la que apenas soportaba. Apartó la mirada de él, en temor a seguir sintiendo lo que sentía. Aun así podía sentir el peso de su abrasadora mirada sobre ella. Uno de los sujetos, el viejo y gordo con un puro en la boca y en traje con el cuello de la camisa desabotonado mostrando una papada, le sonrió obscenamente. –Dime, nena, ¿se te perdió algo?- miró a Lorenzo.- ¿Quién es la muñequita?- Torció la boca molesta por la manera en que el sujeto le llamó. Caminó a él, permitiéndole que sus asquerosos ojos se deleitaran con el vaivén de sus caderas, su pronunciado escote que no dejaba margen a la imaginación, cuando se reclinó a su oído. -Cierra esa jodida boca grasa y gorda o haré que te atragantes con esos dientes torcidos.- El rostro del sujeto se volvió pálido como una pared. Se enderezó y sonrió al grupo. Lorenzo le observaba con un aire casi…satisfactorio, de conocerlo mejor. Posó la atención en el juego. -¿Así que ahora te dedicas a las apuestas ilegales, Lorenzo?- Él se reclinó en el respaldar de su silla y la rubia abandonó el masaje en sus hombros para deslizarse en su regazo. Él no opuso resistencia, es más, le envolvió la cintura con el brazo. -No hay nada ilegal aquí, sole mio. –le respondió.- Sólo amigos divirtiéndose, bebiendo y bailando.- Trabó la mirada de nuevo en él, y tenía esa sonrisa burlona. -Seguro.- -¿Sabes jugar?-le preguntó el sujeto que estaba sentado junto a la segunda puta de Lorenzo que se inclinó a él murmurándole algo a la oreja, que le hizo sonreír con diablura. -Claro que no sabe. Es mujer.-se carcajeó uno de los tipo sentado tres espacio a su derecha sacudiendo la ceniza de su puro, y todos rieron. Incluso Lorenzo. Lo que le rabió aún más. Abrió la boca para darles una porción de su merecido a tal grupo de asquerosos engreídos, cuando Lorenzo la calló:-Rica.-pronunció su nombre en una advertencia conociendo lo afilada que era su lengua. Sus ojos oscuros demandaban obediencia. Echando fuego por los ojos, le mantuvo la mirada. Luego, le sonrió con dulzura. -Claro que sé jugar.-se metió entre las sillas. -Háganme un lugar y les muestro.- Se carcajearon. -Vaya, ¿una Barbie con cerebro? –se carcajeó otro de los sujetos.- ¿De dónde sacas estas putas, Lorenzo? – Lorenzo le fulminó con una mirada que podía convertir al propio Satán en monaguillo y de un empujón apartó a la rubia de su regazo para reclinarse sobre la mesa. El sujeto se calló, blanco como una hoja y bajó la mirada a las cartas en sus manos carraspeando como si en realidad las estudiara. Un brazo le rodeó la cintura tirando de ella a sus piernas. Era el sujeto que estaba sentado pegado a su izquierda. -Ven, úsame a mí, cariño.- -Todo un placer.-dijo sonriéndole con toda sensualidad y encontrando la mirada de Lorenzo, se acomodó. Se frotó, rodando las caderas en su entrepierna haciéndole gemir. Los ojos de Lorenzo desprendían llamas, feroces y violentas llamas. Repartieron las cartas de nuevo, reanudando la partida. El tipo en el que estaba sentada, le susurraba al oído lo que tenía que hacer pero simplemente era una mosca en la pared a la que ignoraba. Lanzó un par de sus fichas y bajó dos cartas y pidió otras dos. Las acomodó manteniéndolas cerca de su pecho para que nadie ni siquiera el sujeto en el que estaba sentada, las viera. Mantuvo la expresión neutral cuando vio que tenía escalera real. -¡¿Apuestas?!-gritó uno, y todos empezaron a subir la apuesta. -Vamos, bebé, muéstranos de qué estás hecha.-le guiñó el ojo el que estaba sentado junto a Lorenzo y le exhaló un aro de humo de puro con los labios. Empujó el montón de fichas del sujeto del que hacía de su silla, al centro de la mesa.-Subo.- -Woa, joder, nena, ¿qué haces? Son todos mis ahorros.- le lloriqueó el sujeto al oído. Estiró el brazo para recuperarlas pero ella le golpeó la mano. -Estás loca, no hay modo.- dijo otro sujeto lanzando sus cartas, abandonando el juego. Paseó la mirada desafiante por los restantes. -De todos los hombres aquí, ¿alguno tiene las pelotas para enfrentarme o simplemente son bocazas?- Cartas siguieron siendo lanzadas. -Fuera.- -Fuera.- -Fuera.- -Adentro.-dijo uno y empujó todas sus fichas.-Y, subo. -dijo mirándola con picardía.-Tus bragas.- Rodó la mirada para sus adentro. Típico. –Lo siento, no puedo.-le contestó y trabó de nuevo la mirada en Lorenzo.-No tengo nada puesto.- Ese fuego se realzó en sus ojos oscuros como dos bestias a punto de devorarla. -Oh, joder…-gimió el tipo sobre el que estaba sentada. Su mano se deslizó por su muslo arremangándole la falda. Se la pellizco fuerte. -¡Ouch!- el sujeto chilló del dolor Regresó su atención a Lorenzo. -Tu turno, hermano.- El ambiente estaba candente, chispas y desafío brotaban de la tensión entre ellos dos. Sin apartar su mirada de ella, él empujó toda su pila de fichas. Se sonrió victoriosa.-Vale. Bajen.- -Las damas primero.-le dijo el que la había desafiado por las bragas. -En otra vida, Popeye.-le contestó.- Baja.- El sujeto hizo una mueca, pero expuso su mano. Full house. Todos silbaron asombrados. -Ahora tú.-le dijo a ella. Bajó la mirada a sus cartas sabiendo que tenía las de ganar, y despacio las descendió en abanico. Silbidos de asombro le siguieron. -Buen intento, amigo.-le dijo uno palmándole el hombro al de las bragas que ahora parecía querer pegarse un tiro de haber perdido. -Lorenzo, tú.-le dijo otro. Tras un largo minuto de suspenso, él sin destrabar sus ojos de los de ella, expuso su mano. Cuatro primos de As. Póker. -Uy, cerca, pero no.-dijo uno. -Vaya, es la primera vez que alguien le gana. Y, mujer.- dijo uno sentado a la izquierda y la miró.- Sin ofender, cariño, pero es cierto. ¡Hay que celebrarlo!- No reaccionó, no podía, no con los ojos de Lorenzo teniéndola atrapada como un anzuelo. Un fuerte calor creció por su cuello esparciéndose como rubor por su cara. Se levantó abruptamente y se alejó de la mesa. -Oye, no, quédate.-le suplicó el sujeto en que estaba sentada. Fue al bar. –Vino blanco, por favor.-le pidió al bartender. Se apoyó en la barra y cerró los ojos intentando calmar su corazón y cuerpo. No le dio tiempo. Cada centímetro de su piel se tensó y estremeció al sentir la cercanía de su cuerpo. CONTINÚA PARTE 2
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