Me debes muchos besos

1341 Words
POV SUNDAY Mientras avanzaba hacia la oficina de mi verdugo, no podía evitar pensar en todos los escenarios que podían pasar allí dentro. Quizás me regañe, me insulte. Quizás vaya a demandarme, quizás se sienta mal porque tiene pareja y, gracias a mí, la ha engañado, lo he metido en un lío y ahora lo debo ayudar a salir. Muchas cosas pueden pasar allí dentro. Fede me dejó en la puerta del jefe. Nunca he entrado a esta oficina, la oficina del CEO. Qué imponente se escucha eso. Avancé dentro, pero no había nadie aquí. Quizás fue al baño. Me fijé en todo lo que tenía en el lugar: había una pequeña biblioteca, un enorme televisor, el escritorio estaba lleno de carpetas y algunos papeles. Olía a colonia de hombre muy varonil. Ese aroma me gustó. ¿A dónde habrá ido? Me crucé de brazos, pensando seriamente en si irme o quedarme aquí más tiempo. Quizás deba irme, no lo sé. Di media vuelta, pero mi cuerpo chocó con otro. Elevé la vista y miré a Damián, viéndome con un poco de curiosidad. —¿A dónde cree que iba, señorita Russel? —me pregunta, rodeándome para volver a su escritorio—. Tome asiento, por favor. Asentí mientras me sentaba frente a él. Me sentía chiquita en este momento. El vidrio detrás de él daba la vista a la ciudad. —N-no, lo que pasa es que no lo vi aquí, entonces supuse que no estaba y yo... —carraspeé—. Iba a volver después. —Pero ya estoy aquí —me sonrió. Damián es un hombre muy atractivo, bastante joven, pero se ve que tiene un carácter bastante fuerte. Es un hombre que intimida a cualquiera. Da miedo. —¿Para qué me mandó a llamar, señor? —quise saber, bajando la mirada. Tengo mucha vergüenza, la verdad. —¿En serio? Creí que sabías por qué te había mandado a llamar. Creo que tú y yo tenemos un asunto pendiente, Sunday —me dice un poco serio. Tragué grueso y asentí. —Lo del beso —dije aún con la mirada en el piso. —Señorita Russel, por favor, míreme —pidió. Elevé la vista hasta dar con la suya. Mantenerle la mirada era bastante difícil. Sus ojos eran hipnotizantes. —Lo del beso —repetí, perdiéndome en esa mirada—. Y-yo lo siento mucho, señor Johnson. —Quisiera saber por qué —pidió—. ¿Por qué me has besado? Suspiré. No sabía si decirle que hemos estado jugando verdad o reto como niños en la cafetería o inventarle cualquier excusa. En fin, creo que no podría engañar a mi jefe. De alguna manera u otra, se daría cuenta. El señor Johnson es bastante persuasivo. Sin embargo, no quería meter en conflictos a mis compañeros. La culpa solo fue mía por no saber quiénes eran los Johnson antes de entrar a trabajar aquí. —Lo siento mucho, señor Johnson, ha sido algo... —piensa, Sunday, piensa—... algo que se me ha ocurrido. Yo lo siento. He sabido que usted vendría a la empresa después de mucho tiempo y quise darle una... cálida bienvenida —medio sonreí. Soy malísima para mentir y para inventar una historia. Damián achicó los ojos y me observó. No se la ha creído. —He querido saludarlo con un beso, pero me he equivocado: el beso era en la mejilla y se me ha ido hacia la boca. —Así que era un tipo de saludo —comentó. Yo asentí. —Sí... lo siento de nuevo. —¿Y qué te ha hecho pensar que podías siquiera acercarte para saludarme? —me preguntó. Claro que no, no teníamos permitido acercarnos si él no nos daba permiso. Soy una tonta de lo peor. —Señor Johnson, soy nueva acá. Tengo algunas costumbres que quizás usted no tiene. He cometido un error, lo siento mucho por eso. —Está bien. Pero ya que tienes tus costumbres, entonces deberías seguir con ellas. Si besas en forma de saludo, por mí no hay problema. Sin embargo, no te he visto en toda una semana y me gustaría que me pagaras los besos que me debes. Me quedé estupefacta cuando me dijo eso. ¿Estaba hablando en serio? El señor Damián estaba serio, observándome. Sentía que su mirada me atravesaba la ropa. —¿Qué? —quise saber en un susurro, quizás yo he malinterpretado todo. —Eso. Me debes muchos besos —Damián se pone de pie, acomodándose su saco. —Señor, ¿usted está hablando en serio? —Muy en serio. Son tus costumbres, ¿no? —se acercó. Claro que no. Jamás pensé que Damián fuera a decirme algo como esto. ¿Que le debo besos? Imposible. Yo solo estaba cumpliendo un reto. Okay, quizás él ya sabe la verdad y solo me estaba probando. —Póngase de pie, señorita Russel —me pidió. Me puse de pie porque órdenes son órdenes, pero no estoy dispuesta a darle besos. Pensé que me iba a sancionar, castigar o incluso despedir por atrevida, pero... ¿Que le debo besos? Esto me parece una broma de mal gusto. Damián se acercó a mí y yo retrocedí. —¿Qué pasa, señorita Russel, ahora no quiere cumplir con sus tradiciones? —Señor, no creo que usted quiera hacer esto. —Claro que sí. Estoy más que dispuesto —sonrió. Miré sus labios y pensé que quizás debía besarlo, pero no, no cometería el mismo error dos veces. Mi espalda chocó contra la pared, empecé a hiperventilar. Solo quería acabar con esto de una vez por todas. —¡Está bien! Fue mentira. Lo de la tradición fue un invento mío —le dije, separándome de él—. En realidad, estábamos jugando verdad o reto y alguien me puso el reto de que debía besar a la persona que entrara al restaurante. No me he fijado bien y lo he besado a usted. Lo siento tanto. Yo no lo conocía, le repito que soy nueva acá prácticamente. Fue hasta después del beso que mis compañeros me explicaron quién era usted en realidad. Damián asintió. —¿Qué edad tienes que aún juegas esas cosas? —se cruzó de brazos—. Creí que mi personal era totalmente maduro y que solo se concentraban en el trabajo. Me mordí el labio inferior. —Disculpe, señor Johnson —bajé la mirada. —¿Entonces no habrá besos para mí? —preguntó y yo me quedé muda ante su pregunta. —Ehhh... —no sabía qué decir. Estoy segura de que el señor Johnson está bromeando o probándome—. No, señor... —¿Y si fuera una orden? —Señor, no entiendo a qué viene todo esto. —Reí nerviosa. Sí, este hombre me pone nerviosa. Muy nerviosa. —Solo me gustaría saber si va a despedirme —hablé, para salir de esas dudas de una vez por todas. Ya no quiero seguir en ascuas. —¿Debería despedirte? —preguntó. Claro que no. —Eh... me parece que no. Solo fue un malentendido de mal gusto —respondí. —Entonces el beso fue un error —murmuró, asintiendo. Yo asentí también. El señor Johnson se acomodó de nuevo el saco, dio media vuelta y empezó a alejarse. Pensé que se iría y me dejaría libre, pero sentí su mano tomar mi brazo y se acercó mucho a mí. —No quiero que ese beso haya sido un error, señorita Russel. —¿Qué? No entiendo por qué dice eso. —No creo ese cuento de verdad o reto o de esa tonta historia de las costumbres. No creo nada de eso. Yo creo que eso no fue más que querer besarme. Acéptalo, Sunday. Yo no sabía ni qué decir o qué hacer. Damián me tenía acorralada. —Es la verdad, señor. Damián se rió y se separó de mí. —No vuelvas a mentirme, Sunday. No me gusta la gente mentirosa —me miró amenazante.
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