POV SUNDAY
—Lo siento, señor, pero es verdad lo del juego.
Una ligera sonrisa apareció en los labios de Damián.
—Entonces, señorita Russel, si quiere quedarse a trabajar en esta empresa, tendrá que cumplir ciertas reglas —me dice.
Eso me dio mala espina.
—Está bien.
—Primero: no quiero que vuelvas a jugar esos estúpidos juegos —dice—. De todas formas, no volvería a jugar algo como eso. Fue una estupidez. —Y la segunda es que vas a ser el asistente de mi secretario y lo ayudarás en todo lo que él te diga.
—¿Qué? ¿Pero y mi trabajo?
—Ese será tu trabajo a partir de ahora.
Asentí, él era el jefe, él decidía qué hacer o no.
—Pero... no estoy tan capacitada para poder ser asistente de tu secretario. Es decir, él maneja más información, información importante. No estoy segura de si podré dar la talla o...
—Lo harás. Además, Fede te va a enseñar lo que no sepas —Damián se sienta en su escritorio—. ¿Aceptas o no?
—¿Está seguro de que quiere darme esa responsabilidad? No quiero quedar mal o hacer algo que no debería. Me sentiría muy mal.
—He revisado tus notas, eres buena en lo que haces. Estoy seguro de que vas a poder con ese trabajo. Como tu trabajo va a aumentar, entonces tu salario también, de eso no tengas dudas.
Me mordí el labio porque no quería hacerlo, no quería este trabajo, pero ni podía decirle que no.
—Está bien.
—Mañana estarás temprano a las ocho de la mañana acá en mi oficina para las primeras indicaciones —me dice, sacando su tablet—. Ahora puedes retirarte.
Al menos no me ha despedido, a pesar de todo era mucho mejor estar escondiéndome de él por los pasillos que verlo diario y a cada momento.
Aunque no es que me moleste verlo, sino que su presencia me saca de mi lugar.
Es extraño.
Él es extraño.
—Con permiso, señor.
Salí de la oficina porque me sentía muy agobiada. Me dirigí al baño y me eché agua en la cara. Aún no puedo procesar bien lo que acaba de pasar.
Damián estuvo a punto de besarme, estuvo insinuándome cosas...
¿A dónde estaba el jefe estricto y serio?
A mí no me pareció nada así.
Después de la reunión, me pasé toda la tarde dejando el trabajo adelantado. Sabía que, a partir de mañana, todo sería diferente.
No quise contarle nada a Julia. Me fui a casa a descansar y prepararme para mañana.
•
Tuve una pesadilla extraña. Soñé con un hombre, no recuerdo su rostro, pero sí la silueta.
Fue muy parecido a Damián.
En serio, me dejó muy mal hablar con él.
Desperté a las seis y media, apenas me dio tiempo de ducharme, vestirme y desayunar algo ligero.
Tomé el autobús hasta llegar a la empresa.
Toqué el botón del ascensor, pero parece que estaba ocupado.
No puede ser.
Miré mi reloj, solo faltaban cinco minutos para las ocho.
Tengo la sensación de que el señor Damián es de esos hombres a los que no les gusta que la gente llegue un minuto tarde siquiera.
Corrí hacia las escaleras de servicio y empecé a subirlas lo más rápido que pude.
Era cansado, subir tantos pisos es agotador.
Cuando llegué al piso del jefe, me sentía demasiado exhausta.
Corrí hacia su oficina y lo vi allí, hablando por teléfono.
En cuanto me vio, señaló el reloj en la pared.
8:01
Rodé los ojos porque apenas había pasado un minuto.
Damián colgó la llamada y se puso de pie.
—Un minuto tarde —recrimina.
—Disculpe, señor —me mordí la lengua para no decirle que solamente había pasado un minuto.
Mejor no me arriesgo a que me corra.
—Acá hay mucho que hacer —me entrega una fila enorme de carpetas.
¿Todo eso?
—Te hemos acondicionado un escritorio para ti sola en una oficina. Así podrás tener toda la habitación para ti y trabajar con total calma —me dice—. ¿Has jugado verdad o reto hoy?
Lo miré sin entender.
—No.
—Así me gusta. No quiero escuchar que andas besando a cualquier chico de la oficina por ahí.
Abrí la boca para decir algo, pero la cerré.
Se está portando demasiado patán el señor Johnson.
—No ando besando a nadie por ahí, señor —le dije—. Me pasó una vez y créame cuando le digo que eso no va a volver a pasar.
—¿Estás segura? —pregunta mirándome curioso.
—Claro que sí —tomé el montón de carpetas. Estaban bastante pesadas, pero me hice la fuerte.
—Cuando termines de dejar esos papeles en tu oficina, me traes un café, por favor.
—Sí, señor —rodé los ojos y salí de la oficina.
La secretaria me enseñó la mía.
Era bastante espaciosa, tenía mucha iluminación.
Dejé los papeles en la mesa y fui a traer mis cosas del escritorio.
Julia no estaba, así que no le pude contar lo que estaba pasando.
Me fui a la cafetería y le hice un café.
No sabía cómo tomaba el café el señor Damián: ¿dulce, amargo, descafeinado, con leche...?
Decidí llevárselo amargo como él solo, para probar.
—Aquí está el café, señor —se lo puse en la mesa.
—Falta azúcar —me dice.
De suerte había traído una bolsita de azúcar y una cuchara.
—Sunday, esas cosas se hacen en la cafetería, por favor —me regaña.
Rodé los ojos y tuve que volver a la cafetería.
Con el tema del café, fue todo un caso.
Me hizo cambiarlo como cinco veces.
Luego de eso, me tocó hacer una lista de un montón de terrenos donde pondrán una nueva empresa.
Mi cabeza dolía, esto es más trabajo del que puedo soportar.
Fui a tomar una aspirina y respirar algo de aire puro.
—¡Sunday! —escuché sus gritos.
Fui rápido a su oficina para saber qué quería.
—Por favor, llama al restaurante para que me preparen el almuerzo. No creo poder salir a almorzar hoy. Tengo mucho trabajo que hacer.
—¿Qué va a pedir? —quise saber porque no tenía idea de lo que Damián comía.
—¿No te he dado la lista de mi dieta?
Negué.
—Creo que la tiene Fede, pídesela a él.
Alguien carraspeó detrás.
Era Fede.
—Ya lo he pedido yo.
—Entonces, ve a seguir con tu trabajo. ¿Cómo va la lista?
—Ya casi está terminada.
Apenas iba medio día y me sentía demasiado agotada.
El triple de cuando trabajaba normalmente.
—Quiero esa lista antes del almuerzo. Tengo que llamar a los de la constructora —demandó.
Quise gritarle y decirle que no soy una máquina, pero me contuve de nuevo.
Salí de la oficina e hice mi rabieta en silencio.
¿Por qué tuve que aceptar hacer esto?
Todo por ese tonto juego.
Eran las once y media.
Llegué a mi oficina y me apresuré.
Cuando eran las doce y quince, terminé.
Mi dolor de cabeza había regresado.
Estoy segura de que Damián está haciendo todo esto para vengarse de mí por lo del beso.
¿Qué más podría ser?
¿O quizás porque no acepté seguir dándole besos?
En fin, ¿quién entiende al señor Johnson?
—¿Vamos a comer? —me pregunta Julia—. Escuché que ahora serás la asistente de Fede. Lo siento mucho.
—No creo salir a comer, el señor Damián me puso a trabajar demasiado. Creo que es una especie de castigo por lo que hice.
—Es mejor que no te haya despedido, sí. Te traeré algo si no puedes salir.
—Gracias, Ju.
Avancé hasta la oficina del jefe, pero él ya estaba comiendo.
Me hizo señas de que dejara el sobre en la mesa y me retirara.
Gruñón.