Noelia lo miró desde la cama. El corazón le latía desbocado, no por miedo, sino por todo lo que callaba. Su pecho se agitó con un suspiro tembloroso, y sus palabras escaparon con un tono que mezclaba dolor y reproche. —¿Porque te importo…? —repitió con una risa amarga, casi quebrada—. Eso lo dices porque me necesitas para guardar las apariencias. Se incorporó despacio, con movimientos lentos, como si le doliera el alma. Se recargó en la cabecera, apretando las sábanas con las manos. —No entiendo, Nicolás. Dices que me cuidas, pero al mismo tiempo me encadenas. ¿Qué clase de cariño es ese? Él no se movió al principio. Solo la miró, en silencio, como si luchara contra algo que no podía nombrar. La tensión se acumuló en su mandíbula, en el puño cerrado sobre su rodilla. Finalmente, clavó

