Noelia descendió por las escaleras con paso lento y firme. Llevaba un vestido n***o ceñido que delineaba su silueta como si hubiese sido esculpido sobre su cuerpo. El escote era sutil, elegante; el tejido caía con gracia sobre sus caderas, y el cabello suelto en ondas suaves enmarcaba su rostro. Había delineado sus ojos con precisión, y sus labios rojos eran una provocación silenciosa. Nicolás, que esperaba en la sala con el móvil en la mano, levantó la mirada y se quedó congelado al verla. No lo mostró, pero por dentro, una descarga eléctrica le recorrió el cuerpo. Esa mujer, no podía ser Naomi aunque fueran idénticas. Era demasiado perfecta, demasiado magnética. Y sin embargo, había algo en sus ojos: una tristeza callada, una distancia que no supo descifrar, pero que le apretó el pecho.

