Los amigos de Nicolás no tardaron en acercarse con sonrisas socarronas, levantando sus copas mientras el eco de la bofetada aún flotaba en el aire. —¿Qué pasó, Cavallari? —ironizó uno de ellos—. Parece que no eres capaz de controlar a tu esposa. —Nunca pensamos que Naomi pudiera dominarte así —añadió otro, riéndose como si compartiera una anécdota graciosa. Nicolás sintió que la sangre le hervía. Tenía la mandíbula apretada y los nudillos aún marcados de la copa, a segundos de mandar al diablo a todos esos idiotas que se burlaban de él. Pero el orgullo le impidió mostrarse débil. Inspiró hondo y, con una sonrisa afilada, contestó: —Son cosas de recién casados —dijo con un tono tan seguro que desarmó las risas—. A ustedes también les tocará algún día… ya saben cómo son las mujeres, temp

