En la noche Naomi estaba lista, cumpliendo a cabalidad las órdenes de Matteo. El vestido esmeralda ceñido a sus curvas, el maquillaje perfectamente difuminado, el cabello suelto con ondas que caían como un río de seda. En la mesa del comedor, el mantel blanco lucía impecable, los platos servidos con esmero, y junto a la copa de vino, el vaso con agua donde, minutos antes, había vertido discretamente las gotas del frasco que Matteo le había entregado esa mañana. Una sonrisa ladina se dibujó en sus labios mientras se miraba en el espejo. El sonido de la puerta abriéndose la puso alerta. Naomi se irguió con elegancia y caminó hacia la entrada con un ritmo calculado. Allí estaba él. Nicolás entró elegante, serio. Pero al verla, esbozó una sonrisa que no era del todo suya. Era la sonrisa de

