Al día siguiente, la luz del sol entraba a raudales por los ventanales de la mansión Gutiérrez. Noelia estaba en la cocina, con una taza de café caliente entre las manos, intentando calmar el temblor que todavía le recorría el cuerpo después de la noche anterior. Andrea entró con paso decidido, sin rodeos. —¿A qué vino Nicolás? Noelia levantó la vista con sobresalto, apretando el asa de la taza. —¿Te diste cuenta? Andrea arqueó una ceja, seria. —Lo escuché en tu alcoba. Estuve a punto de lanzar a mis guardias y a los perros, pero como no gritaste ni pediste ayuda, preferí no intervenir. —Se cruzó de brazos, con el ceño fruncido—. Ese tipo está loco, Noelia. Burló la seguridad de mi casa solo para verte. ¿Qué pretende? Noelia bajó la mirada, el corazón aún encogido. —Vino a decirme

