En los siguientes días evitaba por completo a Román, duchaba a mis niños en casa de mis padres con la excusa que ya llegaba muy tarde y así solo llegaba y los llevaba a dormir, llegaba a casa más tarde lo habitual esperando a que ya estuviera dormido o no estuviera en casa, era fácil adivinar dónde o con quien estaba pero eso no me importaba en lo más mínimo.
El domingo llegó y mientras yo limpiaba la casa Román veía televisión acostado en el sofá cómo cada domingo veía el canal de deportes y no quería que los niños hicieran ruido en lo absoluto por lo que pasaban el mayor del tiempo dentro de su habitación jugando
No pensaba soportar su presencia así que me apresuré y tomando a mis hijos me dispuse a salir de la casa.
—¿A dónde crees que vas?
—Llevaré a los niños a jugar al parque.
—¿Y la comida?
—¿Que comida? Tú no me das para comprar víveres no puedo hacer nada así.
—Es tu obligación tener la comida lista en ésta casa.
—Y es tu obligación mantenernos y no lo haces.
Román comenzó a acercarse a mi con lentitud y una mirada asesina causando un escalofrío en todo mi cuerpo.
Por instinto jalé a mis hijos detrás de mí esperando que a ellos no les hiciera nada.
—Si no quieres que los niños vean la paliza que puedo darte cambia tu actitud o te pesará demasiado querida.
Me apretó el rostro con fuerza mientras hablaba a mi oído con un tono amenazante.
—Quiero la comida lista a las dos ¿te quedó claro?
—Ve a comer con tu mamá, no prepararé comida, sólo para los niños ya que no hay nada y con lo poco que hay sólo alcanzarían a comer ellos dos.
—¿En qué gastas tu dinero?
Hablaba en un tono burlón y se fue a seguir viendo la televisión, sin esperar más salí de ahí casi corriendo. Pasamos el resto del día en el parque, Fátima y Ulises corrían, jugaban y gritaban como cualquier niño de esa edad que era feliz, tenía dinero guardado del que mi amiga Angélica pagaba por la comida así que lleve a los dos a un restaurante de comida rápida les compré un par de hamburguesas con papas fritas, el ver sus caritas felices mientras movían los pies mientras comían era algo fascinante.
—¡Mami! ¿Tú qué pedirás para ti? Pide una hamburguesa están deliciosas.
—No tengo hambre cariño, coman ustedes.
La mentira más llena de amor que una madre le dice a sus hijos cuando no tenemos el dinero suficiente para pagar una comida para todos, en realidad moría de hambre no había desayunado nada por terminar pronto de limpiar y salir de ahí, pero el poco dinero que quedaba lo necesitaba para hacer la comida para el día siguiente.
Nos fuimos a casa cerca de las seis de la tarde, los niños ya estaban cansados y mi cabeza comenzaba a doler por falta de comida, al llegar ví todo apagado así que me apresuré a realizar mis actividades antes de que Román llegara.
Era muy tarde cuando llegó yo estaba dormida pero sentí el hundimiento de la cama cuando se sentó en ella.
—Mi mamá te envío comida, dice que no puede ser que no hagas nada para los niños.
Yo apenas abría los ojos tratando de entender que me decía.
Por lo menos no me molestó esa noche, se durmió sin decir más.
Ese día el trabajo fue extraño, mientras limpiaba la gran vitrina de exhibición llegó un hombre acompañando a la señora Vera, era un hombre atractivo y un poco mayor que yo, parecía estaba en sus treintas, al verme me sonrió con calidez y yo respondí el saludo.
—¡Ya te ví!
—¿Qué? No, sólo fui amable y respondí a su saludo.
—¡Si claro como tú lo digas!
Pasó media hora dentro de la bodega y después salieron juntos, se dieron un apretón de manos y se fue.
—Vieron a ese hombre chicas, su nombre es Federico Viera es un fabricante zapatero y vino a ofrecer su producto, así que trabajaremos con él.
—Tengo una pregunta señora Vera.
—Dime Angélica.
—¿Es casado?
—Que preguntas haces niña, vayan a trabajar.
—No me quedaré con la duda, averiguaré si es casado o no para que tengas toda la información amiga.
—¿De que hablas Angélica?
—Tu deja todo en mis manos.
Pasaron algunos días y la actitud de Román era cada vez más despreciable, se comportaba mal hasta con los niños, Ulises ya le tenía miedo y no se quería acercar a él, Fátima a pesar de que lo quería mucho también se asustaba cada vez que lo escuchaba gritar por cualquier tontería.
Había pasado un mes, para mí era urgente comenzar a ganar más dinero así que comencé a buscar otro trabajo, el que tenía era bueno pero la paga era muy baja, Fátima comenzaría el colegio en dos semanas y tenía que comprar todo lo necesario.
—¿Estás segura de querer cambiar de trabajo Olga?
—No pero no tengo otra opción amiga, necesito ganar más con lo que me pagan aquí no puedo sostener a mis hijos.
—Olga eres muy buena empleada y quisiera pagarte más pero me es imposible, para ser sincera ganan más de lo que
—Eso lo sé señora Vera y le agradezco de todo corazón todo lo que hizo por mí en éstos años, pero necesito buscar un trabajo con mejor ingreso.
—Tienes razón tus hijos merecen una vida mejor y aquí ya no puedes crecer, busca un buen lugar hija te irás muy bien.
La señora Vera me abrazó para desearme la mejor de las suertes.
—Te ayudaré a buscar algo y también te daré excelente referencias laborales. Olga puedes seguir trabajando aquí mientras encuentras otro trabajo.
Durante los siguientes días no encontré nada estaba a punto de resignarme cuando la señora Vera trajo buenas noticias.
—Olga encontré algo para ti, están buscando una chica encargada de producción y eres perfecta para el puesto el pago es muy bueno, durante un mes que es la prueba ganarás lo mismo que aquí pero pasando ese mes estarías ganando el doble del sueldo que yo te doy.
—¿De verdad?
—Si.
—¿Dónde es señora Vera?
—Recuerdas a mi nuevo socio, el señor Federico Viera el es un hombre casado y con tres hijos, bueno está en trámites de divorcio, la que será su ex esposa hacia ese trabajo pero como se separan también separarán la empresa.
—Eso es genial.
—Mañana te presentas a trabajar, ésta es la dirección, espero tu vida mejore de hoy en adelante hija. Sabes que puedes contar conmigo para cualquier cosa que necesites, siempre puedes buscarme.
—Amiga te voy a extrañar aquí, eres como la hermana que nunca tuve.
—Tienes dos hermanos Angélica.
—Pero me faltaba una hermana, una confidente y llevaste tú.
Las despedidas son duras y más cuando alguien como la señora Vera te abre las puertas de su corazón y cuida de ti por unos cuántos años, pagó mi semana completa a pesar de sólo haber pasado tres días.
Comenzaría algo nuevo y esperaba que todo fuera mejor que antes un nuevo trabajo me esperaba al día siguiente y pensaba dar lo mejor de mí para salir adelante.