Llegué a mi nuevo trabajo, una Olga joven de tan sólo 22 años de edad y demasiado nerviosa entró a la pequeña sala de estar de una oficina igual de pequeña, estaba dispuesta a demostrar que era muy eficiente y capaz.
—¡Bienvenida! Dime ¿en qué te puedo ayudar?
—Mi nombre es Olga Rocha y me envió la señora Vera.
—¡Ok, entiendo!
Estiré mi brazo y le entregué la carpeta con los documentos que me pidieron llevar, junto a la carta de recomendación de la señora Vera.
—Todo está perfecto ¿puedes empezar hoy?
—¡Si claro!
—¡Vamos! Te mostraré el lugar y lo que harás.
Después de dar un recorrido, por la pequeña fábrica ví que mi trabajo era muy sencillo.
El señor Federico Viera se acercó y saludó con mucho respeto y él fue quien me capacitó, aprendí mucho en cinco días que duró el entrenamiento.
Su compañía era muy agradable, era un hombre de treinta que sabía muchas cosas de la vida y laborales.
Después del quinto día de capacitación ya había tomado oficialmente mi puesto, ahora hacia lo mismo que los demás empleados, ya tenía horario establecido de comida y prestaciones que eran muy buenas y lo más importante sólo trabajaba de lunes a viernes ahora descansaría dos días con un sueldo muy bueno.
Era miércoles habían pasado los días muy rápido y estaba comiendo en el comedor con algunas compañeras, mientras comía escuchaba la plática de las chicas.
—¿Viste que la señora Silvia vino con sus hijos?
—La ví llegar con unos niños, pero no conozco a sus hijos.
—Son esos tres, dos niños uno de 5 y el otro de 3 y la niña mayor de 7.
—La niña es muy parecida a él.
—¿Sabes porque se divorciaron?
—Están en proceso, aún no se divorcian, pero escuché que es porque a la señora Silvia no le gustaba que el señor Viera saliera de viaje.
—¡Que tonta! ¿Y porque no se iba con él?
—No sabemos, pero es muy celosa.
Ahí descubrí que no sólo había malos hombres si no también mujeres malas. Terminé de comer y me fui a continuar con mis labores.
Mis días a lado de Román apenas y los sentía, trataba de verlo lo menos posible y por las noches lo evitaba para que no me volviera a tocar, después de la última vez que fui obligada por él me alegré de haber ido a tiempo a la clínica y estar utilizando el DIU así no saldría embarazada nuevamente.
Rápidamente pasó el mes de prueba y mi jefe, el señor Federico estaba muy contento con mi desempeño.
—Aprendes muy rápido así que hoy te darán tu contrato indefinido, te llamarán para que pases a firmarlo.
—¡Muchas gracias señor Viera!
Sonreía cómo una tonta cada que estaba cerca, el hombre era serio y atractivo además que contaba con mucha personalidad, sentía mariposas en el estómago tan sólo de verlo pero me tenía que contener el era un hombre casado al igual que yo.
Al término de mi jornada me llamaron para firmar mi contrato, lo hice feliz y salí de la oficina. Estaba en la calle cuando sentí un jalón en el brazo tan fuerte que casi me tiraba al suelo.
—¿Tú eres la golfa que sale con mi marido de viaje verdad?
—¿Que?
Grité muy asustada mientras giraba a ver quien era la persona que me causaba daño, sus uñas largas hicieron un gran corte en mi antebrazo que me dolía demasiado.
—Federico dice que sus viajes son de negocios y cómo yo me fui de la empresa, fue capaz de traer a su amante en mi puesto.
—Señora, no sé de qué me está hablando.
En mi voz se podía escuchar el temor y frustración pero ella ni siquiera se inmutaba al escucharme, al contrario clavaba más profundo sus uñas en mí mientras las trabajadoras nos veían y comenzaban a chismosear entre ellas.
—¡Tú eres! Y no lo niegues, es muy extraño que yo me fui de aquí y tú llegaste a ocupar mi lugar.
Pero que te quede muy claro querida siempre serás la otra y yo siempre seré la esposa, no le daré el divorcio.
Mi cara comenzó a sonrojarse por la pena que me estaba haciendo pasar, sentí como algo corría de mi brazo y al ver me quedé paralizada, la sangre brotaba como si fuera una herida grave.
Los insultos seguían mientras yo ya no podía más, me tiré al piso por el dolor que me estaban infligiendo.
—¡Por favor! Pare señora yo no sé quién es su esposo ni mucho menos sé de qué me está hablando.
—No te soltaré maldita golfa, que todos vean que clase de cualquiera eres.
Una voz imponente y autoritaria se escuchó con fuerza detrás de nosotras.
—¿Que crees que haces Silvia? ¡Basta! Suelta a esa chica.
—¿Que suelte a tu amante? ¡Eres un sinvergüenza.
Federico Viera se acercó y quitó con fuerza a su esposa, me ayudó a levantar ye veía con un rostro lleno de preocupación.
—¿Estás bien?
—Son unos descarados ¡Vean todos! Su jefe y su amante juntos sin ningún pudor ésta cualquiera se muestra y regodea en público.
—¡Basta Silvia! Ella es sólo mi empleada, a la cuál tuve que buscar cuando tú decidiste dejar tu trabajo tirado.
—Si no es ella por la que pides el divorcio ¿entonces porque lo pides?
—¡Porque ya no te soporto! Tus acciones son tan irracionales como la de ahora.
—Mis reacciones son porque no quiero el divorcio, yo te amo Federico.
—Me amas a mí o las comodidades que te doy.
—A ti obviamente, no me dejes Federico nuestros hijos no están listos para tener una familia fragmentada.
—¡Vamos a casa!
Todos presenciamos la escena y vimos como el señor Viera se llevaba a su aún esposa casi arrastras directo a su camioneta.
Mi brazo dolía demasiado podía sentir un ligero ardor que me hacía fruncir el ceño, lo limpie con un pañuelo y fui por mis hijos, al llegar a casa me limpié la herida con alcohol y me puse un vendaje.
Hasta el día de hoy veo esa enorme cicatriz que me quedó y recuerdo todo con exactitud como si hubiera sucedido hace algunos días en lugar de muchos años atrás.