El sol me despertó antes de las ocho, filtrándose por las cortinas del ventanal. Por un segundo no supe dónde estaba. La camisa de Jared todavía olía a él, y la manta ligera que nos cubría se había enredado entre mis piernas. Él dormía boca arriba, tranquilo, como si nada hubiera pasado.
Me quedé mirándolo. Tenía el cabello revuelto y una expresión tan serena que me resultó casi ajena. Quise sentir lo mismo, esa calma que parecía habitarle el cuerpo. Pero lo único que sentí fue una especie de vacío, un silencio incómodo dentro de mí.
Me incorporé despacio. Busqué mi vestido sobre una silla, todavía húmedo. Me lo puse igual, con la tela fría pegada a la piel. Jared se movió apenas, murmuró algo dormido. Por un momento temí que despertara, que me pidiera quedarme otra vez, y no sabría qué responder. Pero siguió dormido.
Tomé mis zapatos, salí sin hacer ruido.
El aire afuera olía a mañana nueva y a cloro. Todo era tan distinto de la noche anterior. Caminé hasta la parada del autobús con el corazón en un nudo, mirando mis manos aún temblorosas. No sabía si lo que había pasado debía hacerme sentir feliz, o culpable, o ambas cosas al mismo tiempo.
Cuando llegué a casa, la puerta estaba abierta. El televisor encendido, pero sin sonido. En la mesa había una botella de vino vacía, dos vasos, uno roto. Un cenicero con cigarrillos a medio apagar.
El olor a alcohol y perfume barato flotaba en el aire.
Mamá no estaba. Su bolso tampoco.
Por un momento pensé que quizás papá había venido, aunque no recordaba la última vez que eso había pasado. Había señales de que alguien más estuvo ahí: un plato con restos de comida, una camisa ajena sobre el sillón.
Suspiré. Me pregunté si mamá se habría dado cuenta de que no dormí en casa. No había mensajes suyos, ni llamadas perdidas.
Fui a mi habitación, me cambié rápido, recogí el cabello en una coleta y salí rumbo al trabajo. En el espejo del pasillo me vi distinta. Tal vez era mi cara cansada, o mis ojos un poco hinchados. Pero había algo más, algo que no sabía nombrar.
Cuando llegué al local, Carmina ya estaba ahí, con su uniforme perfectamente doblado y ese brillo habitual en los ojos.
—¡Pensé que no ibas a venir! —me dijo al verme—. ¿A qué hora te fuiste anoche con Jared?
Intenté sonreír.
—Temprano... bueno, no tan temprano.
—Ajá —respondió con ese tono curioso que usaba cuando olía algo interesante—. ¿Y qué pasó?
—Nada —mentí, ajustándome el delantal.
—Nada —repitió, alzando una ceja—. Tienes cara de que sí pasó algo.
Me encogí de hombros, fingiendo ocuparme con las mesas. Pero la sentí observándome todo el tiempo, como si buscara una g****a en mi voz.
Durante el turno me sentí fuera de lugar. Los clientes iban y venían, las órdenes se acumulaban, y yo respondía en automático. Jared no me había escrito, ni una palabra desde que salí. Tal vez dormía todavía. O tal vez ya no pensaba en mí.
Carmina notó mi distracción. En la pausa de mediodía se sentó frente a mí, con su refresco de fresa.
—Oye, ¿todo bien? —preguntó.
—Sí, claro. Solo estoy cansada.
—Mmm —dijo, jugando con la pajilla—. Cansada o pensativa. A ver, Elisa... tú y Jared, ¿pasa algo?
No supe qué responder. Me ardieron las mejillas.
—Carmina, no quiero hablar de eso —dije al fin.
Ella entrecerró los ojos, me estudió un momento y luego sonrió, como si ya lo supiera todo.
—Pasó, ¿verdad? —susurró—. Estuviste con él.
No la miré. Ese silencio fue suficiente para que entendiera.
El resto del turno transcurrió con una tensión rara, mezcla de curiosidad y preocupación. Al terminar, Carmina me esperó en la salida.
—Vamos por una nieve —dijo—. Invito yo.
Caminamos hasta la esquina, el calor del mediodía pegando fuerte. Me pidió que eligiera el sabor, pero no tenía hambre ni antojo. Ella eligió por mí: vainilla con chispas de chocolate.
Nos sentamos bajo un árbol, y por fin habló.
—Mira, si no quieres contarme, lo entiendo. Pero si es por miedo o vergüenza, no tienes por qué sentir eso conmigo. Sabes que puedes confiar en mí.
Tragué saliva. La cuchara de nieve se derretía entre mis dedos.
—No es vergüenza —dije al fin—. Es que… no sé cómo explicarlo.
Ella esperó, con esa paciencia que siempre tenía cuando veía que me costaba hablar.
—Sí, estuve con él —admití, mirando el suelo—. Pero no fue como pensé que sería.
—¿A qué te refieres?
—Fue raro. No sé... como si no estuviera ahí.
—¿No te gustó?
—No es eso —dije, dudando—. Es que... tenía tanto miedo. Miedo de hacerlo mal, de decepcionarlo, de que se enojara si me negaba. Solo pensaba en eso, en no arruinarlo. Y cuando pasó... no sé, era como si todo me pasara a mí, pero desde lejos. Como si me hubiera desconectado.
Carmina asintió despacio.
—Bueno... a veces la primera vez no es tan bonita como dicen —intentó consolarme—. Tal vez es normal sentirse así. Con el tiempo te sentirás más segura.
—Tal vez —respondí sin convicción.
Ella jugó con la servilleta, pensativa.
—Oye, pero al menos Jared fue amable, ¿no?
—Sí. Creo que sí.
—Entonces no te castigues tanto. —Sonrió débilmente—. Igual fue con alguien que te gusta.
Asentí, aunque no sabía si eso lo hacía mejor.
—Me da miedo —confesé de pronto—. No sé si hice bien. Y tengo miedo de que deje de interesarse en mí ahora. No soy bonita como Charlotte, ni como las demás chicas que siempre lo rodean.
—Ay, Elisa, no digas eso —replicó enseguida—. Jared está contigo porque le gustas, obvio. Y mira, él es popular, sí, pero eso no significa que no pueda querer algo más real.
—A veces pienso que exagero. Que lo del baile fue solo un mal momento, pero… no puedo dejar de sentirme humillada —dije en voz baja.
Carmina suspiró.
—Sí, tal vez lo exageras un poco. Al final fue contigo, ¿no? Te defendió, te sacó a bailar, te llevó a su casa. Y no te obligó a nada, eso cuenta.
La forma en que lo dijo me hizo tragar saliva. No “me obligó a nada”. Como si la simple ausencia de violencia bastara para llamar amor a lo que pasó.
—Supongo —dije al fin, sin saber si quería seguir hablando.
Ella me miró un momento, luego cambió de tema.
—Sabes, te envidio un poco —confesó—. Tienes lo que todas quieren: la atención del chico más guapo del colegio.
—No creo que eso sea algo tan bueno —susurré.
Ella rió, encogiéndose de hombros.
—Tal vez no. Pero al menos te nota. A mí Hebert ni me mira.
La miré sorprendida.
—¿Te gusta Hebert?
—Desde siempre —dijo, sonriendo con tristeza—. Por eso estudio tanto, ¿sabes? Para tener una excusa para estar cerca de él. Pero da igual, me ve como una amiga más.
Recordé la tarde que Herbert me ofreció acompañarme al baile si Jared me dejaba sola, y la incomodidad que sentí entonces.
—Carmina, yo… creo que a Hebert le gusto —dije, casi en un susurro.
Ella me miró fijamente, la sonrisa desvaneciéndose un poco.
—Ya lo imaginaba —dijo tras un silencio—. Él cambia cuando estás cerca.
—No es mi intención —me apuré a decir—. Yo no quiero…
—Lo sé —interrumpió—. Pero si supiera que te gusta él también, tú y yo no seríamos amigas.
Me quedé callada. Había algo en su tono que sonaba a advertencia.
El resto del camino de regreso fue tenso. Ella hablaba de tonterías, pero su risa sonaba forzada. Yo respondía con monosílabos, queriendo que la tarde terminara.
Ya en casa, encontré la puerta cerrada, el televisor aún encendido. Mamá no había vuelto. El silencio se sentía espeso. Me quité los zapatos, me tiré en la cama y encendí el teléfono.
Un mensaje nuevo.
Jared: Te extraño. Anoche fue increíble. No dejo de pensar en ti.
Lo leí varias veces. Una parte de mí sonrió. Otra sintió una punzada de culpa. No respondí de inmediato.
Me levanté, abrí la ventana. Afuera caía el sol, y el reflejo del atardecer se colaba en la habitación. Pensé en lo que había dicho Carmina, en lo que había dicho mamá días atrás, en cómo cada una parecía tener razón y equivocarse a la vez.
Me pregunté si el amor siempre era así: un conjunto de medias verdades donde una intenta convencerse de que todo está bien solo para no romper algo que parece bonito.
Finalmente escribí:
Elisa: Yo también la pasé bien. Cuídate.
Lo envié y apagué el teléfono.
Esa noche no cené. No podía dejar de pensar en la piscina, en la camisa, en la forma en que Jared me había dicho que me amaba. Me lo repetí en silencio, intentando que sonara verdadero. Pero cuanto más lo repetía, más me pesaba.
Me dormí tarde, con la sensación de que algo se había roto, aunque no supiera exactamente qué.