Estuve en la cocina, preparando su té caliente de menta favorito, no solamente preparé uno para él, también preparé uno para mí porque aunque no muchas personas creyeran, los tés calientes eran un santo remedio para curar ciertos problemas que ni la propia medicina sería capaz de curar.
Serví los tés en dos tazas, una para mí y una para Enzo, y cuando las serví, las llevé conmigo en una pequeña bandeja de palta que teníamos en la cocina para estos casos, para no llevar las tazas calientes en las manos y que pudiéramos tener un pequeño accidente después con ellas.
Toqué la puerta de su oficina que aunque no hubiera nadie dentro, o hubiera alguien, a Enzo siempre le gustaba que se le anunciara cuando alguien iba a ingresar, no le gustaba que entraran sin su permiso, sea quién fuera, y en mi caso, yo siempre trataba de respetar esas decisiones de educación de él para no ir a tener serios problemas después.
— Adelante — contestó su voz, resonando en un eco dentro de la habitación.
Abrí la puerta con despacio, teniendo cuidado de no ir a tropezar y hacer un desastre después con la bandeja que tengo en manos, y es que por la situación que estábamos pasando Enzo y yo, era evidente que los nervios se me han salido de control; las manos me temblaban por debajo de la bandeja de plata mientras intentaba caminar con equilibrio como si fuera una princesa que estaba aprendiendo a caminar correctamente con una fila de libros encima de su cabeza y que trataba de no dejar que estos se fueran a caer al suelo y perdiera todo su esfuerzo.
Para mi mala suerte, mi torpeza me ganó, y terminé dejando caer la bandeja encima del escritorio de Enzo, regando encima de unos papeles que supuse eran importantes porque estuvo leyendo mientras yo me acerqué a él, los firmaba y no les quitaba la mirada de encima, y al momento del incidente, Enzo me ha mirado con furia, como si con sus ojos ya quisiera mandarme al infierno por lo que hice.
— Enzo… Lo siento mucho, fue un accidente, pero, esos papeles los puedes recuperar, ¿no es así? — dije, ocultando mi nerviosismo en mi voz, porque comencé a querer tartamudear, y cubrí mi rostro con mis manos para que Enzo no me viera que estaba a punto de llorar.
— ¡DE VERDAD QUE ERES UNA MALDITA INÚTIL! ¡LÁRGATE DE AQUÍ QUE NO TE QUIERO VER! — gritó Enzo, estaba completamente furioso, y en cuanto le escuché gritar, di un pequeño brinco del espanto que me dio.
Simplemente, asentí la cabeza, y de nuevo, permaneciendo en silencio, me fui apurada de allí, sin atreverme a querer recoger nada de lo que hice, dejé todo ahí, pues yo sabía que Enzo se enojaría más si tan solo yo me ponía a intentar deshacer lo que provoqué.
Me fui a la habitación, no quería tener más nada que ver con Enzo ahora que estaba en su peor genio. No la pensé, y recordé que no me había tomado el tiempo de haberme duchado en casa de Janeth cuando me desperté, y entonces, decidí desvestirme, me fui al baño, me metí a la ducha, abrí el agua caliente con el agua fría y dejé que el agua tibia se mezclara perfectamente para ducharme con ella.
Me metí bajo el agua tibia que caía del fregadero, dejando que esta lavara todo mi cuerpo sin dejar que la más mínima parte de esta quedara seca. Cierro los ojos, y peino mi cabello con mis manos a medida que siento el agua tibia caer encima de mí. Y entonces, no me doy cuenta en que momento es que Enzo entra desnudo a la ducha para acompañarme.
Únicamente me doy cuenta de que Enzo se metió al baño, fue porque sentí como sus manos agarraron mi cadera con delicadeza, y me acercaron más a su cuerpo, quedando ambos mirándonos muy de cerca a los ojos, y nuestros labios a punto de juntarse en un beso.
— Enzo… ¿Qué haces? — susurré.
Pero Enzo me cayó con un beso, y fue un beso que él nunca antes me había dado, ni siquiera fue un beso de aquellos que me gustaba que él me diera para cuando nuestra relación estaba en su mejor punto. Correspondí el beso, porque la verdad es que ese beso si me ha sorprendido, pero a la vez, me ha encantado, ha sido un beso como aquellos que se dan los protagonistas de las películas de romance en cuanto quieren pasar un tiempo ardiente y placentero en la ducha.
Quise decir algo más, pero preferí quedarme callada, porque quería gozar de este momento, y no dejarlo ir. Hacía mucho tiempo ya que yo no me sentía tan bien estando en medio de los brazos de Enzo, y sus manos me daban caricias que yo misma me había olvidado de saber cómo se sentían.
Sus manos comienzan a acariciar todo alrededor de mi cadera, hasta que una de sus manos se posa sobre aquella zona que era tan sensible para nosotras de sentir placer; uno de sus dedos me acaricia por debajo de los labios de mi intimidad, sintiendo como esta y poco a poco, se pone húmeda, caliente, y preparada para recibir lo que nos faltaba vivir de placer.
Mis gemidos se estaban haciendo cada vez más fuertes, de no ser por la fuerza con que caía contra el suelo las gotas del agua de la fregadera, Enzo y yo nos hubiéramos terminado metiendo en un severo lío donde los vecinos nos escucharan. Sin embargo, parece que eso no era un problema para Enzo, porque si era cierto que hace mucho tiempo él no me había vuelto a escuchar gemir a como lo hacía cuando pasábamos las noches de los fines de semana juntos en su apartamento de soltero en nuestras épocas de novios.
Sus besos pasaron a mi cuello, su lengua recorría cada parte de este lugar, y mis ojos permanecían cerrados porque yo estaba gozando mucho de lo que él me estaba haciendo, sí, era verdad que me estaba haciendo mucha falta tener sexo, sobre todo, me hacía mucha falta tener sexo era con él, con mi esposo, la única persona con quién yo tenía suficiente confianza como hasta para decirle cuando quería hacerlo sin que este me rechazara esos días que lo hizo simplemente porque estaba llegando a casa muy cansado del trabajo y nada más quería era acostarse a dormir y terminaba dejándome a mí con las ganas.
Sus manos hicieron fuerza, y terminó por pegar mi cuerpo contra la pared húmeda del baño, el vapor de la ducha que caía sobre nosotros hizo presencia, pero no era nada incómodo de sentir, al contrario, era un vapor que nos ayudaba a relajarnos más y así prepararnos para el placer que se nos avecinaba.