Era un sabor agridulce, una sensación que se expandió por todo su cuerpo con una maleza, incluso en un punto, cuando el dios Elan se fue, ella lloró cayendo de rodillas mientras las palabras de él se repetían en su cabeza. Mientras hacían eco, se preguntó entonces si ella lo había amado, y tal vez así fue.
— ¡No hay tiempo para que llores! ¡Debemos irnos y luchar! —Enzo tiró de ella con fuerza y la joven tembló, nunca la había visto de destruida, por esa razón no podía dejar que ella se derrumbara, que ella cayera de golpe.
Agni limpió sus mejillas y ambos hermanos salieron de la tumba, lograron escalar, aunque sus manos quedaron algo magulladas, pudieron soportarlo y segundos después Enzo estaba manejando al lugar de inicio, la casa de su hermana. El camino fue lento, callado y él podía ver como su hermana mordía su labio con fuerza para no romper en llanto, ¿ella amaba al dios? Era algo que no quería preguntar por razones grandes, porque sabía que aquello no iba a funcionar ¡Erein era un dios!
Cuando llegaron, ellos se sorprendieron por la cantidad de gente que había herida e incluso muerta, ni bien bajaron, vieron como todo se había detenido y como Elan estaba al frente, con su armadura brillante y su mano en la vaina donde una espada descansaba, todos parecían sorprendidos por su divinidad, por la fortaleza y lo rápido que se había recuperado, el dios estaba en silencio mientras Maua hablaba, soltando risitas que enfurecían más al grupo contrario.
Agni se abrió paso entre la multitud, chocando con los cuerpos de los tritones que al verla sintieron pena, aunque algunos seguían viéndola con rabia, ella seguía sin ser perdonada por lo último que hizo. Enzo la siguió, siempre sosteniendo su mano, protegiéndola aunque el camino fuera difícil.
Cuando llegaron junto a Zigor y Héctor, estos soltaron un suspiro de alivio, pero luego sus ojos cambiaron, la muchacha aún conservaba la esperanza, así que sus ojos con desesperación buscaron los de Erein chocándose con unos esmeraldas fríos y una sonrisa despiadada. Éste al notar la presencia de la muchacha hizo una falsa referencia y luego soltó una risita que atrajo la atención de Liev, quien posó su mirada en ella. Agni había odiado a muchos y ahora quien encabezaba la lista era el dios del infierno. Ella apretó los labios, tomó la espada que estaba tirada en el suelo y avanzó, pero Elan la detuvo, apretando su muñeca y conociendo las razones por las que se querían lanzar y atacar a su hermano, y aunque sabía que Agni Brais serían una buena competidora, también era realista, la muchacha podía perderse fácilmente como Erein o peor.
—Querido hermano, ¿Cuánto ha pasado? ¿Quieres una taza de café o una copa del mejor vino cosechado muy cerca de las tierras de Solda? —inquirió la diosa Maua, Elan por un momento ni siquiera la había reconocido, su cabello largo había quedado atrás y la tinta en su piel cubría casi por completo su cuerpo, vestía diferente, hablaba diferente pero seguía teniendo una mirada traviesa y al mismo tiempo despiadada.
—Entonces lograste tu cometido, ¿Sabes Maua? —Inquirió el dios empezando a caminar lentamente, pasos cortos pero con el mentón alzado y una sonrisa que lo hizo ver bastante salvaje—. Siempre pude ver tu debilidad, incluso la huelo, ¿ustedes lo hacen?
El dios dirigió una mirada hacia el grupo Brais que estaban serios y listos para atacar, luego volvió sus ojos hacia su hermana que tenía los puños apretados, furiosa, aun sintiendo el poder de su hermano sobre ella.
— ¡Nunca he sido débil!
— ¿No? Entonces solo has querido demostrarme que eres fuerte, superior a tus hermanos, a mí —la provocó. Su voz era más ronca, pesada y rasposa. Él deslizó sus dedos por su espada, en forma descuidada—. Siempre queriendo atrás mío, ¿alguna razón en especial?
— ¡¿Crees que he hecho todo para tu aprobación?! —Ella exclamó con recelo dando un paso hacia adelante, luego miró sobre su hombro a Liev que estaba callado, serio pero parecía disfrutar el espectáculo—. Siempre he ido un paso delante de ti, siempre he demostrado que merecía el primer lugar, pero como eras el mayor y un hombre, te lo dieron a ti.
— ¿Crees que no soy acto? —Inquirió burlón Elan sacando la espada para moverla y convertirla en un rayo dorado, grande y pesado, arma que solo él podía sostenerla—. Fui yo quien te arrancó el corazón y estoy dispuesto hacerlo otra vez.
— ¿Crees que ahora tienes el poder? —ella sacudió los dedos y Liev dio un paso hacia adelante—. ¿Liev?
—Ah, el pequeño Liev. ¿Sigues atrás de Maua como un cachorro sin dueño?
—Aquello no funciona conmigo, Elan, tus comentarios siempre han sido ¿Cómo puedo decirlo? —Susurró el dios del infierno—. Sin importancia. Por cierto, tengo un regalo para ti.
Liev esbozó una sonrisa y sus ojos se achinaron un poco más. Movió las manos con suma elegancia y frente a él una esfera verde se abrió, un vistazo de parte del infierno, ahí, justo pasaba una mujer hermosa de ojos esmeralda sosteniendo en sus brazos un pequeño bebé, ella divagaba, yendo de un lado a otro y hablándole al bebé, mientras el pequeño hacoa ruidos.
Elan se sorprendió, su corazón se oprimió y tuvo que esconder muy bien para que ninguno de sus hermanos escuchara sus emociones y el dolor que se estaba instalando en su pecho. Ardió. Era ella.
—Seida de Brais, casada con el Brais mayor —explicó Liev y los Brais se sorprendieron, conocían la historia de esa mujer, de lo fuerte que había sido y la muerte súbita que había tenido. ¿Pero por qué la estaban mostrando?
—Ella debería estar en el paraíso, ¿Qué hace en el infierno junto a su hijo? —preguntó el dios.
—Ah, el paraíso, algunos cambios han sucedido —tarareó el dios del infierno juguetón, Maua soltó una carcajada—. Muchas, entre ellas que no hay paraíso.
— ¡Eso es imposible!
—Eso dije yo —dijo Erein con voz ronca y burlesca—. Pero tú no estabas para controlarme, así que Liev hizo unos cambios.
— ¡Esos cambios no son permitidos! ¡Lo digo yo!
—Tú ya no tienes poder, Elan —Maua señaló—. Has roto tantas reglas que cuando los demás lo hacen, te escandalizas y te quejas.
— ¡Yo nunca rompí reglas! Siempre me guie por la paz y tranquilidad que los mortales necesitaban.
—Ah, querías tanta tranquilidad para los mortales que terminaste enamorándote de una. ¡Tú fuiste el primero en romper una regla! ¡Amaste a una mortal y deseaste a una Brais!
Los murmullos se hicieron presente pero Elan mantuvo los ojos puestos en Maua que sonreía como si no hubiese hecho o dicho nada, pero atrás del dios, todos hablaban. Un secreto, su mayor secreto había sido revelado.
— ¡Yo nunca falté a mi palabra! Siempre me mantuvo recio, y fiel a mis creencias —escupió el dios con rabia, sin dejar de ver a su hermana.
—Mientes tan bien, hermanito —dijo Maua dando unos pasos, ladeó la cabeza y sus ojos brillaron, pero esta vez ella estaba dirigiendo una rápida mirada al líder de La Legión, alto y rubio, desafiante—. Aquí tienen al dios que han querido proteger sobre los demás, el dios misericordioso pero que los ató a una maldición irrompible.
Zigor y su familia trataron de no mirar a Elan, porque entre todo lo que Maua decía; había mucha verdad. Ellos cargaban una maldición por culpa de un dios que ahora descubrían había estado enamorado de un antepasado. ¿Qué debían hacer?
—Servir y proteger, tal como hemos sido criados —siseó entre dientes Zigor al ver como sus hermanos dudaban, pero, sus ojos jamás soltaron los de la diosa Maua—. Así que no dejen que sus palabras los envuelvan. Ella es falsa.
— ¿Lo soy? —Zigor avanzó, la espada con fuerza siendo sostenida y levantando el mentón de forma desafiante, y la diosa avanzó, los que estaban atrás del rubio se pusieron en defensa pero él levantó la mano para que se detuvieran. Ella lo olió, incluso se atrevió a tocarlo, acción que hizo que el rubio diera un paso lejos de su tacto, causando una risa estruendosa—. No caes, ¿sabes qué es lo gracioso?
—Dímelo tú.
—Tu corazón es bastante oscuro, Castigo, y ahora estoy tratando con la magia, pero aun así sigues de pie apoyando a Elan, a tu familia —todos se sorprendieron ante la confesión de la mujer.
— ¿Por qué no dejas que lo intente yo? La última vez muchos sentimientos florecieron —Zigor gruñó y ni siquiera Maua vio venir la rapidez en la que se movió y levantó la espada para atacar a Liev, quien tampoco vio venir eso. El dios se sacudió hacia atrás porque a tiempo había sacado una espada y protegido, pero lo había hecho retroceder y por segundos tener miedo—. Tal vez tanta oscuridad es la que te envuelve y te hace más poderoso.
—Se llama familia, Liev, y eso nunca tendrás —Zigor escupió causando que el dios del infierno lo mirara con rabia por aquellas palabras, parecía que su secreto había sido ventilado, pero aunque buscó entre sus sentimientos del rubio, no encontró esa verdad que ocultaba en el infierno, ¿entonces como sabía eso?— ¡Agni!
Dos flechas con rapidez fueron impactadas en el pecho de Erein y otro en Maua, directamente en su vientre, ella gimió y se arrancó la flecha, pero a los segundos se sintió mareada y Elan tuvo la intensión de correr y sostenerla, pero se quedó en su lugar, viéndolos caer.
Erein con los ojos ahora oscurecidos, buscó con recelo el rostro de la muchacha, ella tenía lágrimas en los ojos, se sentía abrumada, él podía olerlo, pero segundos después ya no, era como si todo empezara a dar vueltas.
—Se llaman cruces, es una planta que los Brais lograron mantener por siglos, la única manera de poder detenerlos, dormirlos, y aunque hemos buscado la forma de que dure más…—susurró Zigor y se giró, moviendo consigo mismo la espada para después estirar la pierna, agacharse un poco y enterrar la espada en el pecho del dios del infierno. Quien entre el dolor, sonrió satisfecho, como si eso le estuviera divirtiéndolo.
Liev se hizo cenizas en el puñal de Zigor, y cuando miró alrededor, Maua y Erein hicieron lo mismo, junto con todos los que venían con él. Elan avanzó, tomando las cenizas en sus manos y maldiciendo, cansado por vivir eso otra vez.
—Siempre subestimé a Liev, y fue un gran error —comento Elan en silencio viendo como alrededor se hacía un alboroto—. Es el más peligroso de todos.
—Por hoy hemos tenido una victoria —Héctor dijo en vos alta y Enzo miró todas las perdidas.
—Pero, ¿cuál fue el costo? —Enzo mantuvo sus ojos en todos los hombres que lo habían acompañado para proteger los corazones, algunos conocía más e incluso conocía a la familia, ¿Cómo podría dar esas noticias? El mellizo tragó saliva y luego vio como los tritones se iban, se alejaban, y aunque trataron de detenerlos, ninguno pudo. Ellos ya no tenían nada que hacer, ya que su rey había muerto, había sido envuelto por la oscuridad, ahora ellos debían proteger ese dominio que había quedado desprotegido.
Todos comenzaron a subir a las camionetas, a subir los cuerpos que estaban tirados, debían ser entregados a la familia, decirles que sirvieron fielmente hasta el final, pero preguntarían la causa, ¿acaso fue una buena causa?
—Dios Elan, usted puede acompañarnos a la legión. Creo que tenemos mucho que hablar —Zigor rompió el silencio que se había producido mientras los cuerpos eran levantados, ambos eran del mismo porte, pero el rubio más grueso, por mucho—. Tendrá ropa apropiada y podremos compartir la información que tenemos.
—Creo que es lo más adecuado, ¿eres tú el líder de los Brais?
—Lo soy, desde hace poco —Zigor mantuvo la mirada seria, ambos se miraron por largo tiempo, ni el rubio podía creer que tuviera al dios que todo la vida tuvo que proteger, ni el dios que un simple mortal haya enfrentado a sus tres hermanos. No se equivocó al elegir a los Brais para proteger, aunque el camino fue difícil para los últimos—. Mis hermanos son los segundos al mando y por supuesto, mi padre.
Señaló Zigor hacia los mellizos que ayudaban a levantar los cuerpos, y luego hacía su padre que estaba con un grupo pequeño de guerreros, dando indicaciones, serio, acabado como no antes visto.
— ¿No hay más Brais?
—Había uno, quiera era el líder —Zigor avanzó a la par del dios, quien soltaba poder y belleza, cada paso era como si la tierra fuera golpeada, y tal vez era así, no estaba acostumbrada a tanto poder—. Mi abuelo Uriel estuvo a cargo, pero resultó ser peor que Liev o Maua.
—Un Brais traicionero, en mi época, eran puestos para morir —explicó el dios deteniéndose frente a una camioneta negra blindada—. ¿Dónde está aquel traicionero?
—No lo sabemos, pero no creo que esté muy lejos —explicó el rubio—. Por ahora será mejor que suba a la camioneta, de los mejores hombres lo llevaran al edificio, donde podrá cambiarse y hablaremos.
— ¿Cambiarme? ¿Qué pasa con mi armadura?
—Como ve, esa armadura ya no se utiliza, y lo que hemos queremos es que se levanten sospechas de que hay dioses caminando entre mortales —explicó Zigor y después de largos segundos el dios asintió—. Por favor, suba a la camioneta, en unos minutos estaremos reuniéndonos y como tal, podremos comparar notas respecto a su hermano.
—Esperaré pacientemente, Zigor Brais.
(***)
Elan salió de aquel río de agua, le habían explicado cómo usarlo, pero todo parecía tan diferente, él no pertenecía a esa época y no quería tardar en volver a dormir, para no ser levantando nunca más. No pertenecía, no necesitaba estar en ese lugar, pero fuerzas mayores lo habían llevado hasta ese lugar.
Caminó desnudo por aquella habitación que le habían dado, se quedó de pie frente al espejo, viendo su cabello ahora cortado por el mismo, después de haber visto como todos vestían y se veían físicamente, un cambio tan drástico que en un momento lo golpeó.
Llevaba el cabello corto, a la altura de sus orejas y peinado hacia atrás, ya no trenzado como solía llevarlo. Sus facciones estaban duras y sus ojos cansados, pero ahí, vividos como siempre lo fueron. Miró la armadura en la cama, y a su lado la ropa que le habían traído, así que se la supo, y aunque batalló, se cambió.
Se miró al espejo, había pasado de verse como un dios poderoso, a un mortal simple, aunque solo en apariencia, porque los poderes estaban ahí, como el primer día.
Llamaron a la puerta y el dios avanzó, abrió encontrándose con el mismo hombre moreno que lo había traído a ese lugar, él también vestía igual que él y en su pecho se leía en letras negras “Legión”, así que no debía de ser adivino que así era llamado ese lugar que protegía a los Brais, que le daba guerreros. ¿Cómo eran entrenados en ese tiempo?
—Dios Elan, ¿está listo? —preguntó firme pero con respeto y Elan agradeció eso.
—Sí. —murmuró y Coll miró sus pies descalzos.
— ¿No usará zapatos? —señaló sus pies desnudos.
—Planeaba usar mis sandalias de oro.
—Oh —balbuceó Coll—. Puede estar más cómodo si usa zapatillas, dios Elan.
Coll se vio enseñándole cómo usar y el dios le agradeció, ambos salieron y Elan pudo notar las miradas de diferentes sexos puestas en él, con curiosidad, y algo más. Podía olerlo, ¿había algo mal en su vestimenta? Porque él no lo creía así, ya que, vestía como ellos. Igual.
Siguió al moreno con cautela, hasta que subieron escaleras y luego entraron a una habitación más amplia, donde reconoció a los Brais, quienes también iban vestidos como él, a diferencia del padre, que llevaba encima un abrigo n***o, cubriendo sus brazos desnudos.
Los ojos del dios cayeron en la mujer, Agni Brais, que estaba seria y leyendo atentamente. Ni siquiera se había percatado de su presencia, al menos ella. Elan tuvo que confesar, que era la primera mujer de ese tiempo que veía, pero también la más hermosa. Una belleza tan distinta, unos ojos que te comían vivo y la tinta en su piel fue lo que más curiosidad le dio.
— ¡Dios Elan! —saludó Héctor y por fin ella lo miró, dejó de lado lo que leía y forzó una sonrisa en su dirección, ahora llevaba el cabello suelto, y esté caía como cascada en sus hombros desnudos.
—Por favor, siéntese —Elan dirigió una mirada a Zigor y asintió, se acomodó en el asiento, luego espero atentamente a que él hablara—. ¿Cómo se siente?
—Por favor, díganme Elan, físicamente deberíamos tener la misma edad —dijo con frescura robando una que otra sonrisa—. Creo que como me siento no es pregunta de interés.
—Lo es, ya que es el dios que hemos jurado proteger, principalmente fue esa su orden —habló Agni y sus hermanos la vieron, Elan entre abrió la boca por el ataque de la joven, podía ver la rabia en sus ojos, pero, ¿por qué?—. Dijo que protegiéramos los corazones, y si despertaban, los dioses, pero dentro de todo, que lo protegiéramos siempre, sobre los demás.
—No recuerdo haber dicho eso, deben ser los siglos que llevo dormido —murmuró desinteresado, volviendo su mirada al rubio—. ¿Qué es lo que pasa con mis hermanos, Zigor Brais?
—En resumen corto, sus tres hermanos estuvieron despiertos hace treinta años —explicó el rubio tendiéndole fotos que habían sido difíciles de encontrar—. Ellos estuvieron aquí, hicieron muchas cosas, entre ellas; secuestrar a mi hermana Agni.
Los ojos de Elan fueron hacia la muchacha que nuevamente estaba perdida en la lectura, después, al ver que ella no lo miraba; volvió sus ojos hacia las fotos donde se veían sus hermanos viéndose diferentes, luciendo ropa tan diferente a la pasada y a la que usaban ahora los mortales.
—Después de eso, tal como su hermano Liev lo dijo, el infierno cambió —comentó Zigor—. No tenemos muchos detalles sobre eso, solo algo corto, que el paraíso no existe, que Liev ha construido un infierno injusto.
— ¿Conocen más detalles?
—Erein llevaba un diario sobre sus vivencias, ahí puede estar descrito lo que vio cuando estuvo en el infierno —dijo la muchacha y Elan la miró ante la forma en la que hablaba de su hermano—. De las cosas que me dijo, mencionó que Liev habían tenido hijos y los últimos eran curiosamente más normales.
—Saben, de todos, el ser más infértil es él —explicó Elan tomando en su mano la fotografía de Liev, los ojos rasgados y una sonrisa de un ser amable, sin malicia—. Venían dos, eran hermanos, pero algo salió mal y supimos que Liev se comió a su hermano, algo monstruoso.
—Síndrome de gemelos desvanecimiento —murmuró Enzo mostrando algunas fotografías donde se describía eso—. Se produce cuando uno de los embriones de un embarazo múltiple desaparece en el útero durante el embarazo como resultado de un aborto involuntario y es reabsorbido total o parcialmente por la madre o la placenta.
—En el tiempo que nació se conocía como algo muy oscuro —siseó Elan pasándose las manos por el cabello—. Pero nació, siendo una criatura muy amada, y parecía ser tranquila. Todos querían saber el poder que obtendría, pero fue rápido, cuando empezó acabar con las flores que Solda tenía, cuando los animales de Maua morían en sus manos. Todos supimos que sería el dios del infierno, y también, que nunca podría reproducirse, todo él estaba muerto, por eso para él la regla no fue tan estricta.