Tras cinco horas conduciendo, nuestros estómagos gruñían. Nos miramos y sonreímos. Dimos una ojeada alrededor para buscar alguna señal que indicara que estábamos cerca de un pueblo o ciudad. Encontramos un aviso de un pueblo diez minutos después, nos alegró mucho, pero primero debíamos verificar que no era un pueblo fantasma. Veinte minutos más y ya estábamos próximos a llegar. Nos alivió ver que no era un pueblo desierto y que había varios restaurantes y paradas de autobuses en la vía. —¿Qué prefieres, un restaurante y una parada de autobús? —Preguntó Gregorio mientras se detenía a un lado del camino, bajo un árbol frondoso. —Las paradas de autobuses son más animadas, y puedo comprar recuerdos —Gregorio retomó la vía y se estacionó en una de las paradas más cercanas. Un gran local co

