Donde el amanecer se puede verse cómodamente desde su jardín, donde las flores abren capullos sintiéndose como unas diosas, en lo más alejado de la ciudad, una gran casa, la mezcla perfecta entre lo rústico y la elegancia, con un toque de fortaleza anti zombies abre sus enormes puertas, de la cual sale un auto n***o.
─¿cómo te sientes hoy? ─pregunta el hombre que conduce.
Un hombre con una máscara, guantes, traje y una gorra negra con la mira a la ventana, deja escapar un largo suspiro.
─Igual que la última vez que salí de mi zona de confort. ─dice con una voz ronca y de mala gana.
─Aun no puedo creer que te acabarás los libros en tan poco tiempo. ─niega con la cabeza mirando por el retrovisor.
─No eran suficientes, y ya son seis meses, me aburro con facilidad y lo sabes. ─bufa incómodo.
─¿Cuántos serán esta vez? ─pregunta pasando un block de notas y un lapicero.
─No lo se aún, en cuanto los vea lo sabré. ─se acomoda mejor.
─¿que tienes, te duele algo?
─Quiero guantes nuevos, estos empiezan a ser molestos, siento que empieza a presionar mi palma. ─gruñe ajustando lo mejor que puede su guante.
─Deberías dejar de usarlos, ya te lo dije, ya han pasado... cuánto, ¿Cuatro años? ─se gira a él aprovechando el rojo del semáforo. ─hay la posibilidad de que no haya cicatrices, no lo sé.
El semáforo cambia de color, y no hay respuesta, así que vuelve a emprender la marcha en total silencio.
─Un café y la librería, listo. ─asiente ante el silencio. Se detiene frente a una cafetería que tiene de junto una librería, se coloca unos lentes y le entrega una pantalla al hombre tras él. ─no me tardo.
Aquel hombre que se queda en el auto, puede ver exactamente todo lo que puede ver aquel hombre que conducía el auto.
Es extraño, como la estabilidad mental y emocional de un ser humano depende del contacto con el resto del mundo.
Ver lo que él veía, escuchar lo que él escucha, sin siquiera moverse, sin tener que salir de su zona de confort, sin ser juzgado por cómo se ve.
Mientras el chofer se detiene en la fila para comprar un par de cafés, mira todo a su alrededor.
Casi puede sentir el calor del vapor de la máquina de café, los postres brillan y se ven exquisitamente delicioso.
─tardas demasiado. ─reniega poniendo los ojos en blanco por la tardanza. ─paga lo que sea y traelos, ¡¡ya!!. ─Aparta la pantalla de su visita y se quita los auriculares.
Mira sus guantes, se deja caer sobre el espaldar del asiento con desgano mirando al techo.
Al cerrar los ojos puede ver una hermosa sonrisa desaparecer con las gotas de lluvia que caen en su rostro. Abre los ojos enseguida en cuanto sus recuerdos empiezan a tener sonido, y este es el de ambulancia y la policía.
La puerta del auto se abre y su corazón se dispara, pero inmediatamente se calma al ver que es su chófer.
─Listo. ─tiende su mano con los cafés en sus manos. ─hoy había más personas de lo normal, lo siento. ─dice y se gira de regreso con su atención al frente.
─No importa, no es como si tuviese algo mejor que hacer. ─dice sacando uno de sus cafés.
─El café te pone feliz, eso es bueno. ─sonrie el chofer.
─No soy una persona hasta mi primer café, y lo sabes. ─dice dándole un par de sorbos al café.
─Siempre se me olvida. ─ríe mientras asiente. ─Voy por unos buenos libros, solo, no te quites los audífonos o no podré saber lo que quieres. ─dice y vuelve salir.
Al entrar en la librería, el chofer no deja de mirar a la chica que lo atiende, pero se asegura que la mira de los lentes esté hacia los libros.
─¿Dia de comprar libros? ─pregunta con una sonrisa mientras lo guía al estante. ─Hay varios libros buenos esta temporada, aunque no sé si sean de su agrado.
─Me gustaran, seguramente lo harán. ─dice con una sonrisa embobado.
─deberías hablar con ella de una vez y decirle que te gusta, ahora déjame ver bien los libros, o te despido. ─dice poniendo los ojos en blanco.
─Si necesitas algo, hazme saber. ─dice y se aleja en cuanto la puerta se vuelve abrir.
Se coloca de nuevo los lentes y se enfoca en los libros, abre y revisa uno por uno más a detalle, mientras describe la textura y material del que están hechos los libros, todos y cada uno.
Después de un par de minutos, y varios libros seleccionados, el chofer se encarga de subir todos y cada uno de los libros en el portamaletas.
─¿desea algo más? ─pregunta formal y algo serio, se ve preocupado.
─A casa, solo quiero alejarme de todo esto cuanto antes. ─dice sin dejar de ver a la ventana.
─Tiene razón. Hoy ha sido un buen día, ha estado todo muy tranquilo. Es mejor no exagerar. ─dice emprendiendo la marcha.
El resto del camino hay silencio absoluto, no dice nada ninguno de los dos, el chofer solo ve el camino, y él solo ve por la ventana. La nostalgia se esconde tras esa máscara, ver a todos fuera, mientras en su cabeza solo pasan los peores escenarios, al bajar la mirada hacia sus manos, están temblando.
─¡Detente! ─dice y se echa para delante de una manera brusca.
─¿Está pasando? ─se detiene enseguida y agacha la cabeza evitando
─¡¡No voltees!! ─dice quitándose algo torpe, pero con prisa todo lo que cubre su rostro.
Su desesperación se puede sentir en cada intento de respirar por sí solo. Es como si sumergido en agua helada tuviera que respirar por una pajilla aplastada, sus ojos se inundan de lágrimas que caen sin piedad, abre sus ojos como platos por la desesperación.
─Dejame ayudarte. ─dice preso de la desesperación, aun sin voltear.
Ante el silencio verbal, pese a que aún se puede escuchar su dificultad de respirar, el chofer se limita a escuchar igual o más desesperado que él, eso es parte del contrato desde que trabaja para el.
Se limita a suplicar para sus adentros que todo pase rápido, con su mirada clavada en su reloj, en el segundero para ser preciso, mientras presiona sus dientes con fuerza para no insistir en ayudar o soltar su frustración por no dejarlo ayudar.
─¿Esta mejor? ─pregunta con frustración en cuanto todo queda en silencio.
─Vamos. ─dice carraspeando.
El chofer por fin puede volver a respirar tranquilo, deja caer su cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados deja escapar un suspiro de alivio.
─Si señor. ─dice recobrando su compostura enseguida.