La protesta.
Narrado por Caliope Bonneville.
Magnus sigue lanzando improperios en contra del italiano, por supuesto, hablando en noruego que cree que no entiendo. Igualmente no estoy en la condición mental de reprocharle nada. Yo sabía que venir al palacio esta noche sería el comienzo del cambio total en mi vida.
Destrucción.
Redención.
Un poquito de ambas. Más de una que de la otra. Todo lo sucedido hoy me hace entender que simplemente lo que pasó con Erick en su oficina fue el descorche que él necesitaba para tenerme justo dónde quiere.
Se lo dí fácil.
El bullicio me trae de nuevo a la realidad, se escuchan sirenas y detonaciones afuera.
— No te vas a soltar de mi Caliope, una vez afuera los guardias se van a enfrascar en llevarme al auto a toda costa. Hay peligro real, la orden de ellos es ponerme a salvo. La tuya obedecerme a mí.
Su voz aunque autoritaria como siempre, tiene un tinte de preocupación genuina en ella. Cómo si esta cosa de verdad sintiera. Lo cierto es que mi mente se encuentra vagando por allá en lo más recóndito de la complicación.
Me obligó a responderle antes de que entre en erupción como cualquier volcán abrasador.
— Como usted ordene señor. — contesté a regañadientes.
Es un monstruo Caliope, no le creas nada. Es el amo de la manipulación.
Soltó mi cadera y me tomó del brazo con fingida delicadeza, quizás recordando que en el frío exterior, hay cámaras. El escándalo mediático mañana será potente.
Salimos por una puerta lateral y afuera, es como si se hubiese desatado el mismísimo apocalipsis.
Las fuerzas de seguridad con todo y sus escudos antimotines no están dando abasto. Lo más llamativo de todo esto, son las enormes pancartas que sostienen mujeres desde más atrás, enormes y con letras rojas.
“Devuelvan el dinero de las ayudas”
“Nuestros centros médicos siguen en ruinas”
“El proyecto helios es un fraude”
Una en particular llama mi atención. Me descoloca y me saca de la realidad.
“Helio Bonneville: traidor. Ojalá esté ardiendo en la quinta paila del infierno junto a las lacras socialistas”
El mundo se detiene, mi corazón también.
Me detengo un momento a mirar los rostros de las personas con esa pancarta en específico, hay odio, cansancio y tristeza en sus miradas. Intento grabar sus caras en mi subconsciente, necesito respuestas.
¿Qué les hizo mi padre?
Doy un paso hacia ellos, rompiendo el círculo de masas musculosas que nos estaban guiando al auto.
— Bonneville, vuelve aquí. Ahora.
La voz del titán de Oslo se me hizo ajena y me sentí cada vez más atraída por los manifestantes. Uno logró pasar la barrera de los oficiales antimotines, trae consigo una botella de vidrio con una mecha. Es una especie de bomba.
— ¿Con qué derecho se creen a insultar la memoria de mi padre? — grité con la voz quebrada a sabiendas que probablemente no me iban a escuchar debido a la lejanía e incesante ruido.
— ¡Miren! La puta del político se quiere unir a la protesta.
El hombre fijó su atención en mí logrando que sus compañeros detrás también se fijarán en mi presencia.
Todos me abuchean, dicen insultos que se pierden entre el pitido intenso que tiene mi oído. El temblor en mi cuerpo me grita que me haga un ovillo, que me esconda, pero hay un dolor inexplicable en mi corazón que me obliga a mantenerme de pie.
— ¡Señorita, es peligroso! Aléjese. Oiga usted, alto ahí. — uno de los oficiales me gritó y le gritó también al hombre con la bomba molotov.
— ¡Caliope cuidado!
El hombre enardecido hizo caso omiso a la orden del oficial y encendió la mecha, sin pensar demasiado en nada, lanzó la bomba en mi dirección.
Regresé mi vista a Magnus y solo pude ver su rostro contraído, sus emociones inescrutables, aunque con cierta preocupación, o terror invadiendo su ser.
Él no siente Callie.
Está intentando salir del tumulto de guardias. No va a llegar a tiempo.
Cerré mis ojos y esperé el impacto.
Nunca llegó, en su defecto un brazo fuerte se aferró a mi cintura y me dió un jalón quitándome del camino. La botella se estrelló en la pared a mis espaldas, la detonación creo un impulso que me hizo perder el equilibrio y caí al suelo.
La delicada sandalia de tacón se rompió haciendo que mi pie se viera expuesto en el camino empedrado, un vidrio se incrustó en este, el dolor aunque es intenso, queda opacado por el momento, solo puedo ver la sangre correr escandalosa manchando el pavimento, mientras mis ojos titilan al compás del fuego.
Entonces su voz me hizo espabilar, me trajo con dificultad al mundo real, el dolor también.
— *Piccola, ¿stai bene? — Dante, es extraño como recién lo conocí está noche y aparece en momentos tan surreales. Con delicadeza limpia una lágrima silenciosa que comenzaba a rodar por mi mejilla.
Su toque se sintió como la energía estática, que alza los vellos de la piel y estremece. Se siente.
Palpita.
Sin dejarme responder nada me alzó como si fuese peso muerto, un brazo firme debajo de mis rodillas y el otro sosteniendo mi espalda. Escuché la voz de Magnus destilar rabia pura a nuestras espaldas.
— ¡Tráela aquí Sforza! — Él lo ignoró olímpicamente, mientras se dirigía a un Mercedes n***o puesto justo en frente nuestro.
— El ministro no te puede proteger de los peligros reales, del mundo real Piccola, yo sí.
No tengo fuerzas para decir nada, todavía me siento anonadada. Pérdida.
¿Qué mierda es lo que acaba de pasar?
Me depositó con sumo cuidado en el asiento trasero del auto y me desplacé para darle entrada a él también.
Cerró la puerta en un golpe seco, el mundo afuera dejó de existir. Me sentí mareada, abrumada.
Me recosté en el asiento del auto.
— ¡Maldita sea! — exprese enojada. Que mierda de día.
— No lances maldiciones en mi presencia Piccola, tienes una boca muy sucia— hay cierto tono en su voz, picante, el doble sentido, quizás es mi imaginación—. Déjame ver ese pie.
Alzó mi pierna en su dirección y de la parte de atrás del coche sacó un kit de primeros auxilios. Movió un poco el vestido, sin llegar a propasarse.
Su toque es delicado, preciso. Casi profesional, como si estuviera acostumbrado a este tipo de cosas. Sacó con cuidado el trozo de vidrio, manchando su propia mano de mi sangre.
El olor metálico me causó náuseas instantáneamente.
— Es solo sangre Piccola— alzó su mano mostrando mi propio líquido rojo. —. Aunque es tuya, tú sangre. Si fueses mía, créeme que esto haría que destruyera todo el puto mundo.
Mi corazón comienza a latir con fuerza sonando nuevamente en mis oídos, retumbando.
No pensé nada, mi boca hablo por si sola.
— No soy, ni seré de nadie. — respondí en un susurro ahogado.
¡Qué hipócrita Callie!
— Aún no siendo mía, acabaría con el mundo entero. — aseguró serio, su mandíbula tensa y la mirada perdida en vaya a saber Dios qué.
¿Debería decir algo más?
Su pulgar de vez en cuando roza sutilmente el arco de pie, con una presión lenta y profunda que hace que mis dedos se curven, enviando descargas eléctricas a partes precisas de mi cuerpo. La ola de excitación que me consume, la reprimo conteniendo la respiración.
Es un desconocido por el amor a Dios.
“Freyr también lo era, eso no te detuvo”
Estúpido subconsciente.
— Viajas a Roma el lunes, ¿Verdad? — pregunta sin mirarme, su voz sonando extrañamente ronca y también cambiando la atmósfera pesada que se estaba gestando.
— Sí. — respondí sonando tajante.
— Cuando llegues te estaré esperando y mi propuesta de que se alojen en la villa Sforza sigue estando en pie— pauso un momento, como si pensara con mucho cuidado que tiene que decir. —. Hay muchos peligros y estás rodeada de ellos, Magnus no puede protegerte de todo como ya te había dicho. Fue un error que salieras de la clandestinidad Caliope.
Yo sin saber de qué habla, la exasperación haciendo de las suyas.
¿Por qué ahora estoy en un foco?
Es como si de repente me hubiese parado en una diana y estoy propensa a recibir todos los disparos.
Liarme con Erick fue en conclusión la más mala decisión que pude haber tomado en la vida.
— ¿Cuál es tu interés en mí? No me conoces, no te conozco. — pregunté ya al punto de entrar en un estado nervioso que me llevaría directo a la muerte súbita.
— Algunos secretos es mejor dejarlos enterrados Piccola. Solo un consejo, Magnus o yo no somos una opción. — dijo con cierto pesar en su voz.
— ¿A qué te refieres?
El coche se detuvo y al mirar afuera, estábamos justo en frente de mi casa. Dante abrió la puerta y salió del auto rápidamente. Fue hasta mi lado, con sumo cuidado me alzó una vez más entre sus brazos y me sacó del auto.
— Nos vemos en Roma Caliope. — dijo, su tono de voz más suave. Sereno.
Antes de soltarme su pulgar se deslizó suavemente por mi mejilla, pasando por mi barbilla y deteniéndose justamente en el borde de mi labio, el borde que minutos atrás Magnus había roto con sus dientes.
Fue algo breve que no dejó de ser electrizante.
— *Dolore e piacere sono una combinazione pericolosa, Calliope. Addio.
Se fue, así sin más. Dejándome varada en mi propia puerta.
Entré a casa con todo elevado. Lo mejor es que muera.
Es hora de que Caliope muera por un tiempo.
†
*1. Pequeña, ¿estás bien?
*2. El dolor y el placer son una combinación peligrosa, Calíope. Adiós.