Las manos me temblaban para poner la llave en la cerradura, así que Tomas sin dejar su trabajo en mi cuello la abrió, al entrar fue más de lo mismo, con el pie cerró la puerta y volvió a arrinconarme contra la pared. Al beso desenfrenado se sumaron sus manos tocando mi cuerpo sin ningún pudor, yo sentía que me hervía la sangre, la piel me quemada, me costaba respirar de lo agitada que estaba.
- ¿Dónde está la cama? – dijo en mi oído, yo no tenía aliento para hablar así que le señalé con la mano el pasillo, me tomó de la mano y casi corriendo fuimos hasta allí, al entrar me levantó como si no pesara nada para arrojarme en la cama, yo deliraba, estaba disfrutando como nunca en mi vida, pero mi maldita conciencia moralista me decía que estaba mal hacer las cosas tan rápido, no sé si Tomas me leyó la mente pero se detuvo un momento de su ataque de besos y caricias para acariciar mi acalorado rostro y calmarme – tranquila amor, no importa si nos conocemos hace un día o un año, nosotros nacimos para estar juntos, he estado aguardando toda mi vida y sé que tú también a mí, así que ¿para qué seguir esperando? – yo solo asentí con la cabeza y él volvió a lo suyo, con una habilidad no humana me despojó de mi ropa y el de su camisa solamente, y comenzó a besarme desde el cuello hasta la punta de los pies, no quedo un solo rincón de mi cuerpo por el que no pasara sus labios y su lengua, tuve un par de orgasmos con esta labor suya, me sentía en el cielo.
Luego se quitó lo que quedaba de ropa y me hizo el amor como nunca antes me lo hicieron en mi vida, cuando terminamos, solo porque yo le supliqué que me dejara descansar un poco, ya era de noche, habíamos estado toda la tarde en la cama disfrutando.
Yo tenía la respiración entrecortada, sentía que me faltaba el aire, me dolían todos los músculos de mi cuerpo, si bien había disfrutado como nunca nuestra tarde, pensaba que unos minutos más y me hubiera muerto por insuficiencia cardio-respiratoria.
A duras penas me senté, acostada era más difícil que el aire llegara a mis pulmones.
Tomas me acarició la espalda y supongo que se asustó al ver que me costaba respirar.
- ¿Estas bien? – preguntó colocándose frente mío, yo quise responder pero no podía, negué con la cabeza y le hice señas de que me faltaba el aire, él sonrió y tomó una carpeta de una mesa con la que comenzó a tirarme aire – respira profundo y calmado – estuvimos varios minutos así hasta que comencé a calmarme, poco a poco el aire entraba normalmente a mi cuerpo.
- Por Dios – dije mientras me recostaba de nuevo – vas a matarme – río con ganas.
- No sabía que estabas en tan pésimas condiciones físicas – dijo – yo pensaba que una ex jugadora de hockey tendría más resistencia.
- Tu lo dijiste – dije pateando su pierna suavemente – ex jugadora y si yo sabía que me iba a tocar un semental insaciable de amante comenzaba a entrenarme hace unos meses.
- ¿Semental insaciable? – no pudo contener las carcajadas – descuida mi amor – dijo acariciando mi rostro – pronto vas a aguantar esto y más.
- ¿Más? – pregunté horrorizada, ¿acaso él no se cansaba? – Si durabas cinco minutos más me moría por falta de aire, ni siquiera sé cuándo voy a volver a sentir mis piernas de nuevo – dije – nada de más, va a ser menos, mucho menos por mi salud.
- Lo siento mi amor – dijo acurrucándose en mi vientre – me olvidé de tu fragilidad, pero descuida pronto estarás a la altura de las circunstancias.
- Si, si – dije acariciando su cabello – la practica lleva a la perfección ¿verdad?
- Algo así – dijo sin cambiar de posición, se acomodó mejor y creo que se durmió allí, usando mi vientre de almohada, yo también me acomodé y me dormí.
Me desperté con el sol que entraba por mi ventana directo a mi rostro, me desperecé y busqué a Tomas a mi lado, pero no estaba allí, me asusté, porque se me cruzó por la cabeza la idea de que todo hubiera sido un sueño, pero yo estaba desnuda, todavía me dolían algunos músculos, la cama estaba muy desarreglada, mi ropa y la de él regada en el piso, con eso me calmé su camisa era la prueba de que todo había sido real.
- Buen día dormilona – dijo entrando con una bandeja a la habitación – espero que ya te sientas mejor hoy.
- Mucho mejor – dije sonriente, porque era verdad, me sentía la mujer más feliz del mundo, dolorida como si hubiera corrido una maratón pero feliz - ¿tu como estas?
- Mejor imposible – dijo dejando la bandeja en mi mesita de noche y se acercó para besarme, yo esquivé sus labios y terminó depositando el beso en mi cabeza - ¿Qué sucede? – preguntó confundido.
- Tengo que cepillarme los dientes primero – dije algo avergonzada, la verdad es que mi manías y obsesiones eran algo ridículas, pero no podía controlarlas, el me miró divertido y quiso atraparme para besarme de igual manera, pero usé mis habilidades para escabullirme al baño.
Cuando estaba allí mi reflejo en el espejo me espantó un poco, tenía el cabello revuelto, el maquillaje corrido, y para rematar algunos hematomas en mi cuerpo, parecía que en vez de sexo había tenido un encuentro de lucha libre, era un desastre. No lo pensé dos veces y me metí en la ducha. Cuando pasaba mis manos por mi piel notaba que me dolía en cada lugar donde había un morado, principalmente en los brazos, piernas y abdomen. Recordaba lo pasional que fue Tomas, pero nunca imaginé que podía repercutir de esa manera en mi cuerpo, de todas maneras, no me quejaba, siempre tuve una piel muy delicada y el mínimo contacto dejaba marcas que se iban al poco tiempo.
Luego de varios minutos, quizás media hora salí envuelta en una toalla secándome el cabello con otra. Tomas había arreglado la cama y estaba recostado en ella viendo la TV.
- ¿Ya cepillaste tus dientes? – preguntó sin mirarme, yo me acerqué a la cama y sacando un lado mío que desconocía, me acerque a su rostro para susurrarle.
- Puedes comprobarlo si quieres – y deposité un tierno beso en sus labios, esa fue la señal que él estaba esperando, me tomó de la cintura para recostarme sobre él y sin pensarlo dos veces profundizó el beso, unos segundo más tarde yo estaba desnuda de nuevo con él sobre mí, comenzó a acariciarme con la misma intensidad que el día anterior pero cuando tocó una de mis costillas sentí un dolor y me quejé, no quería interrumpir el momento, pero fue un acto reflejo, él me miró asustado y luego miró el lugar que había tocado antes, el morado ahí era más intenso y más grande.
- ¿Duele mucho? – Preguntó presionando suavemente la zona, yo cerré los ojos y asentí, de verdad dolía mucho – mierda - maldijo mirando el techo – te rompí una costilla, lo siento tanto – dijo realmente apenado, yo no podía creerlo ¿era posible que se me rompiera una costilla teniendo sexo? Nunca había escuchado algo así – vístete tiene que verte un médico.
- ¿Seguro? – Pregunté sin ocultar mi asombro – solo duele cuando me tocas.
- No sabremos la gravedad hasta que no te vea un médico, así que vamos – su tono de voz era demandante, me resultaba difícil contradecirlo así que me levanté y me vestí torpemente, porque con ciertos movimientos me dolía más la zona.
Cuando estuve lista salimos del edificio rumbo al hospital suponía yo, pero en su lugar fuimos a una clínica privada.
Entramos y no había mucha gente en la sala de espera, la recepcionista nos dio un formulario para completar, pero Tomas no tenía ganas de esperar.
- Vamos a ver al doctor Escalada ahora mismo – ordenó a la mujer que se quedó congelada al escucharlo.
- Pero señor – dijo tartamudeando – tiene que esperar su turno.
- No tengo que hacerlo – dijo seguro – dile al doctor que Tomas di Carlo está aquí – ella lo miró sin saber qué hacer, yo estaba avergonzada, no me gustaba que las personas se saltearan los procesos de esta manera - ¡Ahora mujer que no tengo todo el día! – elevó el tono de voz y ella salió casi corriendo de su lugar, en el camino se tropezó con sus pies, supongo que por lo nervios.
A los minutos, un hombre como de unos 40 años apareció, la secretaria estaba detrás de él totalmente aterrorizada.
- Tomas que gusto verte – lo saludó - ¿por qué tanto apuro?
- Mario, hola – dijo secamente – mi novia tiene una costilla rota – dijo y tiró de mi para que me acercara – tienes que curarla.
- Seguro que si – dijo amablemente el doctor – y dime linda ¿Cómo te llamas?
- Amanda – respondí amablemente.
- Sígueme Amanda – dijo el doctor indicándome un pasillo, Tomas quiso venir con nosotros pero él le dijo que se quedara esperando, no le gustó mucho la idea pero hizo caso, entramos a un consultorio y me indicó que me recostara en una camilla y me quitara la blusa – dime Amanda como te hiciste esto – pidió amablemente mientras examinaba la zona y yo me sonrojé entera.
- Pues – dije nerviosa – no estoy muy segura como pasó exactamente – era la verdad – Tomas y yo estábamos – como decirle – ya sabe – dije y el asintió – y esta mañana tenía estas marcas – señalé algunas hematomas.
- Claro – respondió y siguió revisándome – efectivamente te rompió unas costillas, dos para ser más precisos, pero por suerte no perforaron nada ni hay peligro de que lo hagan si te cuidas y haces lo que te ordeno.
- Seguro – dije aliviada.
- Siéntate Amanda – lo hice – voy a vendarte, tiene que estar fuerte, pero si te dificulta respirar me avisas.
- Esta bien – dije y el comenzó, estuvimos en silencio unos minutos.
- ¿Hace mucho que conoces a Tomas? – preguntó como quien no quiere la cosa.
- Lo conocí el lunes – dije apenada, seguro el doctor en su mente pensaba que yo era una cualquiera.
- Es poco tiempo ¿no? – preguntó, pero el mismo se respondió – pero eso no importa, por lo que vi de ustedes me doy cuenta que tienen un vínculo muy fuerte, conozco a Tomas hace mucho tiempo y nunca lo vi tan preocupado por alguien como ahora.
- Es extraño la verdad – dije con ganas de contarle todo – a pesar de que lo conozco hace poco, siento que no es así, no sé si me explico.
- Perfectamente – dijo sonriendo – sientes que lo conoces de toda tu vida y que él es hombre que estuviste esperando siempre.
- Eso mismo – dije – suena muy cursi, pero es lo que siento.
- Uno no puede negar lo que siente – dijo – pero déjame darte un consejo: no todo lo que brilla es oro y no todo es lo que parece – tenía un aire de misterio en su mirada al hablar – Tomas es un hombre que atrapa, pero ten cuidado – dijo mirándome a los ojos – no quisiera verte con más heridas como esta o peores – ahora me estaba asustando, había algo en Tomas que no me terminaba de cerrar y sus palabras solo hacían que dudara más. La parte de mi cerebro que desde que lo había conocido me gritaba que corriera lejos de él y no mirara atrás se sacudía para que le hiciera caso, y sabía que tenía que hacerlo, pero otra parte de mí, que hasta su llegada estaba dormida, me lo impedía.
- Gracias por el consejo – dije intentando no sonar asustada – voy a cuidar de no dañar más mis costillas.
- Eso espero – dijo y se puso a escribir una receta – toma esto dos veces al día – me entregó el papel – y ven a verme la semana que viene, a ver como sigues.
- Así lo haré doctor – dije mientras me bajaba de la camilla – muchas gracias por todo.
- Descuida querida – dijo sonriendo – es mi trabajo y para mí siempre es un placer tratar a jóvenes tan encantadoras.
- De todas maneras muchas gracias – dije mientras me abría la puerta del consultorio para volver a la sala donde Tomas me esperaba, apenas lo vi, sentí que me atravesaba con la mirada, un frío me recorrió la espalda, sentí más fuerte el impulso de salir corriendo pero antes de que mi cuerpo reaccionara él estaba parado a centímetros míos y sostenía mi mano con ternura, haciendo que olvidara todo lo malo, incluso el dolor desaparecía al tenerlo cerca, era como si mi mundo y mi vida giraran a su alrededor, me sentía totalmente desprovista de mi voluntad, pero extrañamente feliz al mismo tiempo.
Mi mente intentaba encontrar la explicación a porque en un abrir y cerrar de ojos había pasado de ser una mujer totalmente independiente a una sumisa que solo quería complacer a su hombre, nada más importaba que él. Lo extraño es que el sentimiento se hacía más intenso cuando él estaba cerca mío, cuando se alejaba un poco sentía que volvía a tener el control de nuevo, pero todo se iba al demonio cuando esos ojos azules me atrapaban otra vez.
Luego de la visita a la clínica me llevo a mi casa, no tuvimos más sexo, pero Tomas cuido de mí, como si fuera una niña, no fui al trabajo por varios días, pero no me importaba, porque estaba todo el día con él, y era lo único que necesitaba para ser feliz, o al menos eso es lo que creía en esos momentos.
Estuve dos semanas de reposo, mi amiga Cecilia fue a visitarme varias veces, y pude ver como devoraba a Tomas con la mirada, se notaba de lejos que se moría de ganas de que la hiciera suya, y más cuando le conté como me había roto las costillas, ninguna de las dos podíamos creer que en mi interior hubiera una mujer tan apasionada y salvaje, porque lo que hice con Tomas en mi cama, no lo había hecho con ningún hombre antes.
Al principio no le di importancia a las insinuaciones de mi amiga, pero llegó un momento es que era demasiado obvio y Tomas le daba cabida a sus avances y coqueteo, cada vez me incomodaba más la situación pero cuando le mencione el tema a mi "novio" me dijo "no tienes de que preocuparte, ella no significa nada para mí, no volvamos a mencionar el tema", y yo como una obediente niña no dije nada más, me moría por gritarle a Cecilia que era una zorra, pero las palabras no salían, me quedaba muda mirando con se le lanzaba encima y como él no hacía nada para evitarla.
Estaba segura de que me engañaron algunas noches, cuando Tomas muy caballerosamente se ofrecía a llevarla a su casa, y a pesar de que ella vivía a cinco minutos de la mía, siempre tardaba más de una hora, mucho más, en regresar. Pero igual yo siempre lo esperaba con una sonrisa, a pesar de que no me sentía con ganas de sonreír, no podía evitar hacerlo, como si una fuerza muy poderosa en mi interior me ordenara que hacer, dejando de lado a mi débil cerebro.
Y así pasaron los primeros seis meses de mi relación, yo era poco más que un perrito faldero, hacia todo lo que Tomas me pedía e incluso lo que no me pedía, pero que yo inconscientemente sabía que él quería, extraño lo sé, yo por esos momentos pensaba que era nuestra conexión mística, porque éramos almas gemelas.
No volvimos a tener sexo, por lo menos yo, porque él seguro que si tenía, pero no conmigo.
Había dejado mi trabajo y ahora me encargaba de los asuntos de Tomas y de planear nuestra boda, lo más curioso era que a días de dicho acontecimiento yo no conocía a la familia de mi futuro esposo, ni él a la mía, era como si no existiera nadie más en el mundo que nosotros dos.
El esperado día llegó, la celebración tendría lugar en las afueras de la ciudad en una gran mansión, mi única invitada era Cecilia, la única persona con la que Tomas estaba de acuerdo me frecuentara.
Nos instalamos temprano en el lugar, ella era mi madrina.
- ¿Cómo me veo? – pregunté cuando estaba lista, yo necesitaba que me dijera que estaba hermosa, claro que mi amiga, solo me observó sin ganas, se veía sin ganas de nada, como si alguien le hubiera robado el alma o la energía, hizo una mueca nada más – Gracias por el entusiasmo - dije, si era sincera yo no quería casarme, pero ahí estaba frente a ese gigante espejo mirándome maravillada.
La puerta se abrió y entraron mis cuñadas, que seguro eran hermanas adoptivas de Tomas porque no se parecían en nada, ellas serian mis damas de honor y lucían espectaculares, incluso mejores que yo, pensé. A Celeste y Tamara ya las conocía, la que faltaba era Lucia, una mujer con rasgos orientales, extremadamente hermosa, no pude evitar mirarla como una idiota por unos minutos, parecía un ángel con su vestido blanco (si, las damas tenían vestidos blancos, la novia vestido rojo, un horror, pero así lo eligió mi futuro esposo y yo acepté ¿encantada?).
- Luces hermosa Amanda – dijo Celeste sonriendo, aunque algo me decía que yo no le agradaba demasiado – pareces una princesa.
- Una reina – corrigió Tamara – la reina de Tomas – a ella tampoco le agradaba.
- Yo creo que luces bellísima – dijo Lucia y se oía sincera – mi hermano eligió bien.
- Gracias – dije con un hilo de voz, no sabía porque razón pero esas mujeres me helaban la sangre.
La marcha nupcial comenzó a sonar y las puertas del salón se abrieron, me sentía tan nerviosa caminando por ese pasillo, en medio de personas que nunca había visto en mi vida, porque mis conocidos brillaban por su ausencia, solo Cecilia estaba allí, pero ella no era mi amiga, era una sombra de todo lo que un día fue, pero mi novio me había "sugerido" que siguiera siendo su amiga a pesar de todo, así que yo seguía siéndolo.
Llegue hasta el extraño altar, porque la ceremonia no era religiosa, Tomas me miraba con ansias, como si no viera la hora de que nos declararan marido y mujer, pero no de una manera tierna y enamorada, sino más bien con lujuria y desesperación.
La ceremonia pasó rápido, un poco extraña, con unos rituales que nunca había presenciado, pero como últimamente solo hacia lo que Tomas me pedía o yo pensaba que él quería, los cumplí todos, hasta que el hombre que hacía de obispo, juez o lo que sea, dijo las tan esperadas palabras:
- ¡Los declaro marido y mujer, puedes besar a la novia! – y sin dudarlo Tomas me tomó en sus brazos e inclinándome un poco me besó, los invitados aplaudieron y yo no paraba de sonreír como una idiota, no estaba feliz, no quería casarme, pero no podía evitar estar así, disfrutando. Se sentía como si dos seres habitaran mi interior, la nueva yo y la vieja, que cada vez quedaba más y más relegada y olvidada.
La fiesta era en otra área de la antigua casa, la gente era extraña, todo estaba oscuro, no había comida, solo alcohol, en un momento sentí un poco de hambre y antes de que pudiera decir nada, Tomas me dijo que comeríamos luego, estuvimos un rato allí y luego mi esposo me dijo que nos retiráramos, subimos hasta nuestra habitación para la noche de bodas. Mis cuñadas habían preparado un conjunto de lencería que estaba en la cama.
- Cámbiate en el baño – dijo Tomas mirando el conjunto, yo asentí y me metí para comenzar a cambiarme, me llevo varios minutos porque era algo complicado quitarme sola el horrible vestido de novia que llevaba – Espérame en la cama en seguida regreso – dijo desde afuera, yo seguí con lo mío hasta que pude quitarme esa monstruosidad, me puse el conjunto que era peor que el vestido, a mí me gustaba la ropa interior sexy, pero eso era vulgar y de muy mal gusto, todo rojo y n***o, por suerte dejaron una bata de seda roja con la que pude cubrirme. Me metí a la cama a esperar a Tomas, pero él no venía y yo tenía hambre, creo que había pasado dos días sin alimentarme, en ese momento cuando lo pensé me dio más hambre, así que decidí salir a buscar algo para comer.
Llevaba caminando por los pasillos varios minutos y no encontraba la escalera, eso me pasaba por no fijarme por donde había llegado hasta ahí.
Giré en un esquina y de repente un hombre joven me atropelló, pero ni siquiera se detuvo a disculparse, siguió corriendo como alma que lleva el diablo, yo dude sobre si seguirlo o no, pero una mujer que no conocía, pasó por mi lado, se me congeló la sangre cuando me miró, pero se fue detrás del hombre que corría, caminando muy lentamente, todo el lugar daba miedo, estaba oscuro, con la música fuerte que sonaba por todos los rincones, una música muy desagradable.
Seguí caminando, pasaba por las habitaciones y podía escuchar jadeos y gemidos, pude imaginar lo que pasaba dentro, mi boda era una orgía o algo muy similar.
Unas habitaciones más adelante escuché la voz de Cecilia, jadeando pidiendo más, y no sé porque, pero algo me llevó a mirar dentro, abrí la puerta lentamente y observé una imagen que me traumatizó.
Cecilia estaba desnuda, sentada sobre un hombre que la penetraba sin piedad, ella gritaba como una loca, pero la imagen no se quedaba allí, había otro hombre detrás de ella, besando y tocando su cuerpo, el también desnudo, no podía verle el rostro porque me daba la espalda, pero como si fuera el destino, cambiaron de posición y pude verlo, era uno de los supuestos hermanos de mi esposo, Andrés, un joven guapo de unos de 21 años, rubio con un cuerpo de atleta, pero lo que me paralizó fue que con el cambio de posición pude ver el rostro del otro hombre que ahora sodomizaba a mi amiga, era mi esposo, el muy maldito estaba teniendo sexo con otra la noche de nuestra boda, yo no pude moverme, quería salir de ahí, pero el cuerpo no me respondía, los tres estaban teniendo una sesión de sexo salvaje y yo los seguía mirando.
Entonces paso algo que nunca hubiera imaginado, Tomas comenzó a besar el cuello de Cecilia, quien pegó un gritó que me erizó la piel, comenzó a moverse para salir de allí, pero no pudo, vi como la sangre corría por el lugar donde Tomas tenía su boca, él estaba con los ojos cerrados, afianzando la mordida, y luego Andrés tomó lo suyo, hincó sus dientes en la muñeca de Cecilia, y comenzó a chupar la sangre que salía de ella, mi amiga ya casi ni se movía, creo que ni respiraba, estos dos hombres, o monstruos estaban drenándola, entonces el me vio, Tomas abrió sus ojos, que estaban rojos como la sangre que chorreaba de su boca y me sonrió macabramente, no lo pensé más y corrí con todas mis fuerzas, giré por las esquinas como sabiendo a donde tenía que dirigirme como si una fuerza extraña me guiara a la salida, encontré la escalera, la bajé casi rodando, no miré a nada ni a nadie, encontré la puerta principal y salí al patio, la casa estaba en medio de la nada no tenía a donde ir, vi que unos hombres llegaban a la fiesta, me miraron con lujuria por mi atuendo supongo, no lo pensé mucho y me lancé sobre él último.
- ¡Por favor! – dije afligida, los demás siguieron su rumbo a la casa, pero no me molesté en advertirles, tenía que salir de allí - ¡sácame de aquí! – el me miró confundido - ¡por lo que más quieras sácame de aquí! – comencé a llorar.
- Esta bien preciosa – dijo sin ganas – vamos – y me tomó de la mano llegamos hasta su motocicleta, subimos y nos fuimos - ¿A dónde quieres ir? - preguntó cuándo nos detuvimos en un semáforo, pensé en ir a la policía, pero ni siquiera estaba segura de lo que había visto.
- A mi casa – dije le indiqué la dirección. Cuando llegamos el esperó que yo dijera algo, pero estaba demasiado apurada - ¡Gracias! – dije corriendo a la puerta – y no vayas a esa casa – el me miró extrañado.
- Ya que no vas a decirme porque no debo volver, por lo menos dime tu nombre – el portero ya me sostenía la puerta, ya que yo no tenía llaves.
- Amanda – dije entrando, él se quedó parado unos minutos allí y luego se marchó.
- ¿Esta usted bien señorita? – preguntó el portero mientras esperaba el elevador, me miraba algo asustado.
- Si – dije casi histérica presionando por enésima vez el botón – no quiero que nadie suba – dije con autoridad – ni siquiera Tomas – el me miro más extrañado aún, pero no me importó. Cuando llegué a mi piso me sentí más segura, solo había dos departamentos allí, y mis vecinos estaba de viaje en Europa.
Entre a mi casa y rápido me dirigí al armario, tenía que huir, abrí una maleta y comencé a guardar algo de ropa documentos y demás, lo hacia todo muy rápido.
Como pude cerré mi maleta y cuando estaba por comenzar a cambiarme lo vi, apoyado en el marco de la puerta de mi habitación, mirándome con una sonrisa en el rostro, me quedé congelada.
- Mi amor – dijo acercándose muy lentamente - ¿de verdad pensabas que después de estar siglos esperando encontrarte iba a dejar que te fueras? – acaricio mi rostro con sus dedos – Ahora eres mía – dijo acercando sus labios a los míos – y vas a serlo para toda la eternidad – sonrió, yo quería saltar por la ventana pero no podía moverme – ahora nos vamos a casa, así que duerme – dijo y mis ojos se cerraron casi al instante, lo último que sentí antes de caer en la inconsciencia fueron sus brazos cargándome como si yo no pesara nada.