Día 8 de 365.
Todavía no suena el despertador cuando estoy acostado en la cama, con mi pene metido dentro de una hermosa rubia, quién está encima mío, haciendo constantes movimientos de arriba a abajo. Tengo mis manos en su firme trasero, y las subo hasta esos senos grandes y perfectos.
Ver ese rostro lleno de placer, con su respiración entrecortada y sus jadeos, me excita aún más.
Estoy por acabar, pero un ensordecedor ruido que consigue hacer retumbar todo, nos interrumpe abruptamente.
- ¿Eso fue una explosión? - pregunta confundida, con su voz jadeante.
- ¡¡¡DEXTEEEEEER!!! - grito.
La aparto de encima mío y me paro. No tardo en ponerme la primera ropa que encuentro a mano.
- Afuera hay alguien que puede llevarte a tú casa. - es lo último que digo antes de salir.
Bajo las escaleras pisando con fuerza, con mi ceño fruncido, al borde de un colapso de ira.
Una vez que salgo de la casa, encuentro en el jardín al responsable, quien me mira con sus ojos bien abiertos y una sonrisa tensa. Hay una enorme nube de humo gris junto al muro, e incluso a lo lejos veo un poco de fuego.
- ¿¿¡¡PERO QUE DIABLOS HA SIDO ESOOOO!!?? - exclamo con todo lo que me da la voz.
- ¡Me dijiste que probara los explosivos! - se excusa Dexter cuando quedo junto a él.
- ¡PERO NO HACIENDO ESTALLAR LA PROPIEDAD! - continúo gritando furioso.
- En mi defensa, el cabrón llevaba la razón cuando afirmo que eran el doble de potentes. - sigue. - No solo explotan con el doble de intensidad, sino también con el doble de perímetro. - hace una pausa, mientras yo lo sigo mirando indignado. - No le calcule bien a la zona de detonación. - agrega meneando la cabeza.
- Ah, ¿enserio? No me pareció. - comento con sarcasmo.
El humo de a poco se va esparciendo con el viento, y puedo ver con mayor claridad el enorme agujero que ahora hay en la pared de concreto que rodea la propiedad.
Comienzo a sentir la vena de mi frente a punto de explotar, al igual que mi cabeza.
- Yo repararé el hueco en el muro. - habla.
- Por supuesto que sí.
- No le digas a Izan que le he prendido fuego a todas sus plantas. - sigue. - Se tomara un vuelo solo para darme una pala contra la cabeza.
- Lo considerare.
Continúa observándome en silencio, yo sigo con mi ceño fruncido. Estoy a un paso se llevar mis manos a su cuello y estrangularlo hasta que su cara se torne violeta.
- Te ves muy bonito está mañana. - agrega con una de sus sonrisas encantadoras de revista. - ¿Buen sexo matutino?
Pongo los ojos en blanco. - Vete al carajo. - hablo con fastidio. - Pero antes arregla este desastre. - me doy la vuelta y me encamino de vuelta hacia la casa.
- Dalo por hecho. - oigo que dice a mis espaldas. Levanto el brazo y le enseño el dedo medio. - ¡Buenas vibras para ti también!
Al entrar de vuelta, me cruzo con el niño, quien va bajando las escaleras en pijama, que consiste en una remera que le queda demasiado grande para ser de él, al igual que unos shorts y esas zapatillas naranja chillonas. Lleva una mirada somnolienta, rascándose la cabeza.
- ¿Qué ha sucedido? - pregunta entredormido. - Todo en la habitación se ha sacudido como un temblor.
- Nada. - respondo en seco. - Vuelve a tú habitación. - me encamino hacia la cocina.
Necesito una taza de café, porque en verdad me están entrando ganas de matar a alguien. Hoy no tengo el horno para bollos.
- Oye, aguarda. - me llama con voz más despierta, haciendo que me detenga y me vuelva hacia él. - Quiero preguntarte algo.
Oh estupendo. El día se pone cada vez mejor, y mi despertador ni ha sonado todavía.
- Mi respuesta es no. - digo tajante.
- ¡Ni siquiera sabes que iba a preguntar! - se queja.
- No necesito saberlo, he dicho que no.
Estoy por seguir caminando, pero me frena de golpe, tomándome del brazo con fuerza. Me mira firme. Me zafo de su agarre con brusquedad.
- No me toques. - sentencio. - Ya te lo he advertido una vez. Vas a perder la mano.
Sin embargo, pese a mis amenazas, su mirada no pierde la intensidad. - Déjame encargarme de la cocina. - anuncia de la nada.
- ¿Qué? - pregunto confundido.
Tengo que admitir que eso no era lo que esperaba oír.
- Al menos por las noches. - sigue. - Me estoy volviendo loco sin hacer nada, no se me pasan más los días.
- No digas idioteces, que ya tengo eso de sobra. - digo con fastidio. - Y si estás aburrido, pues ve a la morada, seguro los chicos te buscaran algo que hacer. Como limpiar las armas, o contar las municiones, yo qué sé.
Frunce el ceño. - No. - niega firme. - No quiero nada que se relacione a eso.
- Si sabes que estas viviendo bajo el techo de la sede de un clan mafioso, ¿verdad?
- Siendo especifico, vivo en la parte de la casa.
- Es todo lo mismo, de hecho es más eso que otra cosa.
- Me da igual, ¿puedo cocinar por las noches, si o no? - inquiere. Lo observo en silencio. Resopla. - No voy a envenenar la comida si es eso lo que te piensas.
- No lo había pensado hasta que lo mencionaste.
- ¿Y cuál es el problema entonces?
- Que no entiendo por qué demonios quieres cocinar para todos nosotros. - respondo. - Nos desperdicies tú tiempo en nosotros.
- No es desperdiciar el tiempo. Estoy aburrido, y me gusta cocinar. - dice. - Aunque sea para ustedes. - agrega. Hace una pausa. Suspira. - Tan solo quiero un lugar para tener la libertad de hacer lo que quiera. ¿Que tú nunca quisiste eso?
Más de lo que te imaginas niñito.
Me ha ofrecido una salida. Si se mantiene allí, en la cocina, no va a estar pululando sin rumbo por la casa, por lo que me evito cruzarme con él, al menos con menor frecuencia.
- Bien. - accedo. - Pero nada de cosas raras de tú país. Mantente dentro de lo simple.
- Claro. - habla con una leve sonrisa.
- Al primer lío, te voy a sacar de allí de una patada. ¿Entendido?
- Si.
- Ahora vete, que es temprano y ya he convivido contigo más de lo necesario en lo que va de un día. Y necesito paz.
La puerta de la entrada de abre de golpe, y por está aparece Dexter, quien se detiene en el marco. Lleva sus manos a la cintura y me mira desde allí.
- El explosivo detono una parte del depósito que está en jardín. - menciona. - Vamos a tener que vaciarlo para poder arreglarlo. Y está lleno de porquerías viejas.
Lanzo una quejido, haciendo mi cabeza para atrás. - Maldito seas Dexter.
- Tú me pusiste a cargo de los explosivos sabiendo mi historial. - se excusa. - Así que siendo justos, es tú culpa.
Lo miro con el ceño fruncido. - Si para el mediodía todo el lío que ocasionaste no está solucionado, van a empezar a rodar cabezas, y las pondré disecadas en el muro de la sala como si fueran de jabalí. - sentencio. - Empezando por la tuya.
Suspira. - En ese caso iré por los chicos para que me ayuden. - dice. - Tengo un rostro muy bonito para decorar una sala en la que nadie esta. Sería un desperdicio. - se encamina hacia la morada. - ¡CHICOS! ¡Necesito voluntarios! - se marcha alzando la voz.
Llevo las yemas de mis dedos a mi sien y las masajeo. Cierro mis ojos.
Recuerda Astor, no puedes dispararles.
- ¿Qué diablos iba a hacer yo? - me pregunto a mí mismo en voz alta, tratando de acomodar mis ideas. Es como si también hubieran detonado algo en mi cerebro.
- Creo que ibas a la cocina por café. - responde una voz ajena.
Ah si, eso.
Abro los ojos. Miro a mi lado y veo que el niño sigue parado junto a mí.
- ¿Sigues aquí? - inquiero con fastidio.
Resopla. - Ya me voy, ya me voy. - comienza a subir las escaleras. - Tampoco quiero mi cabeza decorando tú sala.
Niego, y también se me escapa un resoplo.
- ¿Café? Voy a necesitar un vaso de whisky y un atado de cigarrillos. - digo, hablando conmigo mismo y yendo hacia la cocina.
*****
Salgo de la ducha todo empapado, luego de que mi celular sonara por tercera vez. Estoy a cinco pasos de tomarlo, cuando queda mudo.
- Maldita sea. - me quejo irritado.
Sin duda voy a terminar el día matando a alguien. A quien sea.
Se escucha un estruendoso ruido proveniente de afuera.
- ¡LO SIENTOOOO! - grita Dexter a lo lejos.
Mi celular vuelve a sonar con insistencia. Al agarrarlo veo que en la pantalla marca el nombre de mi hermano mayor. Chasqueo la lengua y contesto, encaminándome hacia la ventana para ver que rayos sucede afuera.
- Ay Dios, Izan, ¿Qué demonios quieres? - hablo irritado al responder la llamada.
Me deshago de la toalla, quedando completamente desnudo. Comienzo a buscar ropa limpia que ponerme. Pongo el altavoz y apoyo el celular en la mesa de noche.
- Se ve que llamo en un buen momento. - dice con sarcasmo, al otro lado.
- Apenas ha pasado una semana. - comento con fastidio, empezando a vestirme. - Sigue respirando el niño Hyun, si es eso lo que te interesa saber, y lo que te preocupa.
- Solo queríamos saber cómo marcha todo. - continúa. - Jun no nos ha dicho mucho, solo que está bien, pero no estamos muy convencidos de eso. ¿Tú como lo notas?
Una vez que ya estoy vestido, tomo nuevamente el celular y me lo llevo a la oreja.
- ¿Y yo como diablos voy a saberlo? - inquiero molesto.
- Astor. - siento el reproche en su tono de voz, y puedo imaginar su expresión enojada, esa que solía generarme escalofríos y temor.
Suspiro hastiado. Hoy parece ser que todos se pusieron de acuerdo para ver cuanto tardo en matar a alguien. Sin duda será antes de mediodía.
- Me pidió encargarse de la cocina, y le he dicho que sí. - menciono.
- ¿Te pidió eso? - pregunta Izan, extrañado.
- Si, al parecer está aburrido y quiere desplegar sus dotes culinarios. O puede que quiera envenenarnos, yo que se. A estas alturas me haría un favor.
- Vaya, creí que querría alejarse de la cocina, dado que se ha pasado toda su vida escondido en la de su casa. - comenta, aún sorprendido.
- Pues entre eso, o la morada, tampoco es que le ha quedado mucha opción.
Suspira. - Solo espero que este bien. - susurra como para sí mismo.
- Izan, ¿Por qué te preocupas tanto por él? Entiendo que sea el hermanito de tú noviecito importado, pero aun así no comprendo por qué es le andas atrás. ¿Acaso lo has adoptado como hijo?
Vuelve a suspirar. - Ya te lo he dicho, los hermanos Hyun han tenido una vida dura. - habla en voz baja. - En especial Jun. No han tenido la fortuna de tener una familia como la nuestra, y...
- Corta el misterio y dime a qué demonios te refieres. - lo interrumpo, ya sin paciencia. - ¿Qué tan duro? ¿Un padre exigente?
Porque no es nada que yo no haya padecido.
- ¿Tienes tiempo? Te haré un resumen. - dice. - Pero no quiero que lo menciones. A nadie. ¿Está claro?
- Te oigo. - digo. - Muero por oír por qué tanto espamento. - susurro con sarcasmo.
*****
Estamos los cuatro en el cobertizo de madera que tenemos en el jardín, dónde se suelen acumular los objetos que no sabemos dónde diablos guardar. Hay desde viejos adornos navideños, hasta cajas llenas de papeles y documentaciones de cuando Arwen dirigía el clan, incluso alguna que otra cosa que pertenecía a mis hermanos, pero que no se llevaron al mudarse.
Como era de esperarse todo se encuentra repleto de mugre y polvo. Nunca nadie limpia este lugar. Así que ya que estamos (gracias a Dexter) nos dispusimos a tirar todo aquello que no sirva.
- ¿Por qué tantas porquerías? - pregunta Stellan, y otra vez vuelve a estornudar.
- Toda casa necesita una habitación dónde meten las cosas que no saben dónde carajos poner. - digo.
- Buen punto. - dice Milo. - En la mía era el garaje. De pequeño solía darme miedo de entrar allí. Podías encontrarte con cualquier cosa.
- En casa de militares no había espacio para el desorden, ni la suciedad. - menciona Dexter. - Eso sí, mi padre tenía el cobertizo lleno de todo tipo de armas.
- Llegué a la conclusión de que nunca quiero conocer a tú padre. - comenta Stellan.
- Sabia conclusión mi amigo. - dice el rubio.
Parece que los Daddy Issues rondan por este clan. - pienso para mis adentros.
- ¿De quien es está bicicleta? - pregunta el rubio, sacándome de mis pensamientos.
Miro en su dirección. - Ah, mía. - respondo. - Izan me la compro cuando apenas llegue. Estaba empedernido con que saliera de aquí y me diera un poco el aire. No hay un estado más lamentable y deplorable que alguien con abstinencia.
- ¿Ya no la usas más? - sigue preguntando.
- Yo creo que las cinco capas de polvo que llevan encima responde a tú pregunta.
Regreso mi vista y mi atención a la caja que estoy revisando
- Ey, ¿Qué opinas si se la damos a Juanito? - menciona Dexter, luego de un momento de silencio.
Me encojo de hombros. - Me da igual, has lo que quieras. - respondo con indiferencia.
- Con una buena limpiada, quedara como nueva. - comenta Stellan.
- Si, al menos ya no ira de acá para haya caminando. - sigue Dexter.
- Creo que en una de las cajas vi un inflador para las ruedas. - agrega Milo.
¿Por qué rayos todos parecen preocuparse tanto por el niño? No tiene nada de especial. Y ahora ni siquiera es tan hiperactivo y sonriente como antes.
Freno en seco mis pensamientos sobre él.
- Basta de chachara y terminemos de una vez. - los interrumpo fastidiado.
Lo que menos quiero es pensar yo también en ese niño.
****
Tres doritos después Astor va a quedar? jajajaa de algún lado viene el título?