- Son mis mejores explosivos. - continúa diciendo, con esa sonrisa altanera tan desagradable. - Y tienes que admitir que te lo estoy dejando a un muy buen precio.
Se encuentra sentado en la punta de la mesa, y yo estoy en la otra. Sus hombres custodean la puerta de la habitación vidriada, dónde desde afuera se pueden ver más hombres yendo y viniendo. Ross y Dexter están parados a mis espaldas.
- ¿Buen precio? - inquiero alzando una ceja. - Están el doble que la última vez.
- Son el doble de efectivos. - responde y le da una calada a su cigarrillo. - Los traje desde afuera.
- No me importa si te lo dio en mano el mismísimo Osama bin Laden. - sentencio. - Ese no fue el precio que acordamos. Y no me gusta la gente que no cumple con su palabra. Me genera desconfianza.
Su expresión se torna seria. - Si vamos al caso, yo hacía negocios con tú hermano, no contigo, niño. - habla tajante. - Y aun así no me puse quejilloso.
- Si, pero no porque hayas pensando en darme una oportunidad. Sino porque siempre te va a convenir a hacer negocios con los Marshall, a que no.
Me mira con desprecio. - Es verdad lo que dicen. - dice. - Los Marshall son unos malditos arrogantes. Ojalá su talento fuera tan cierto como eso. Se creen invencibles, pero no son más que unos bastardos con un buen cuento detrás.
Sonrío con orgullo. - Oh, no nos creemos invencibles. Lo somos.
Y es un segundo el que tardo en sacar mi arma, ver su mirada de sorpresa y apuntarle, para que luego la bala impacte en el centro de su frente. Su cuerpo sin vida cae en seco, contra el piso.
Los disparos no tardan en empezar en escucharse en ambos lados. Tengo a Ross a un lado, y Dexter al otro, formando un círculo y cubriendo el perímetro completo. Cada vez empiezan a entrar más hombres desde afuera.
- Carajo. - se queja Dexter con sus brazos extendidos y su arma entre sus manos. - Al menos podrías tener la decencia de avisarnos de antemano.
- Soy espontaneo. - digo mientras disparo. - Actúo según mis impulsos.
- ¿Cómo los animales? - inquiere Ross con fastidio, sin dejar de dispararle a todo aquel que se mueva.
Me encojo de hombros. - Si buscabas ofenderme, no lo has logrado. - disparo, como siempre apuntando al centro de la frente. Y acertando.
- Desgraciado. - habla entre dientes.
*****
El camino de vuelta a la casa es silencioso. Y con ver la expresión de Ross, quien va conduciendo, puedo fácilmente notar que está más cabreado que lo habitual.
- Anda, dilo. - rompo el silencio, sentado en el medio de la parte trasera, cruzado de brazos. - Acá hay lugar para uno solo que lleve esa cara. Y ese soy yo.
Queda callado por unos segundos. - Si le sigues disparando a cada posible vendedor, no nos quedaran personas con las que hacer negocio. - se queja, sin apartar la vista del frente.
- En esta oportunidad coincido con Rosstopher. - lo secunda Dexter, a su lado. - Si continuas con tú fama de gatillo fácil, nadie querrá seguir trabajando con nosotros.
- Mejor. Soy alérgico a las personas. - digo con fastidio. - Y más a las que no me sirven.
- Fue excitante, eso te lo reconozco. - sigue el rubio, divertido. Gira su cabeza para observarme. - Eres un maldito psicópata desquiciado. - agrega con una sonrisa maliciosa.
- Deja de animarlo. - lo regaña el castaño entre dientes.
- ¿Qué? ¡Dije que coincidía contigo! - replica volviendo la vista al frente. - Además, no es como si va a tomar en cuenta lo que yo diga. Le importa un comino lo que los demás le digan, u opinen.
- ¿Podrían dejar de hablar como si yo no estuviera aquí? - me quejo irritado. - Me recuerda a cuando mis padres discutían sobre qué hacer conmigo. Si mandarme a la escuela militar, o a una granja a cultivar lechuga y ordeñar vacas.
Dexter lanza una profunda carcajada, haciendo su cabeza hacia atrás. Mira a Ross, quien trata de reprimir una sonrisa, ocultándola tras su mano. - ¿Te lo imaginas? - dice riendo. - La persona con menos paciencia en el mundo, siendo granjero. - continúa riendo. - Yo por un segundo pude imaginarlo, por eso me río.
- ¿Tengo que recordarte que hace unos minutos atrás me dijiste gatillo fácil? - hablo entre dientes, cabreado. - ¿Tienes ganas de que use tú frente como tiro al blanco?
- Anda, ya no me asustas con eso. Si quisieras dispararme ya lo hubieras hecho cuando apenas llegué, que apostaría mi sueldo de un año que en ese momento te caía peor.
- A mí me sigues cayendo igual de mal. - comenta Ross.
- A ti solo te cae bien Astor, que es igual de ogro que tú. Y Stellan, que bueno... es Stellan.
- Creo que voy a ser el primer Marshall que en verdad le va a disparar a alguien del clan intencionalmente. - sentencio. - Y eso que es la primera regla que me han enseñado. "No importa cuánto te saquen de quicio, no puedes dispararle a tú gente."
- Tú sí que te mereces la taza que te regalamos, esa que dice "el mejor jefe". - comenta el rubio con sarcasmo. Hace una pausa. - Astor, necesitas un respiro, o te morirás de un cáncer de pulmón, o un infarto, si sigues tan tenso. ¿Has probado la marihuana? A mi suele ayudarme para desinhibirme.
Lo miro firme. - ¿Qué no fue acaso lo primero que les dije cuando empezaron a trabajar conmigo que no contrato gente que se droga? No me sirven los adictos, se vuelven más idiotas.
- Solo son unas secas los fines de semanas, tranquilo. - dice. - Por más que no siga en el ejército, sigo teniendo el mismo chip incrustado. - menea la cabeza. - Salvo que ya no tengo un palo atorado en el trasero como antes.
- Aún me cuesta imaginarte a ti como militar. - menciona Ross. - Todo serio, parado firme y hablando cuando te dan permiso. Eres todo lo contario.
- Si, yo tampoco me imaginaba viviendo toda mi vida así. Por eso lo deje. - continúa el rubio. - Es peor cuando vienes de familia de militares, y tú padre encima era tú superior. Sigue sin dirigirme la palabra desde que hice que me expulsaran. Debe haber cortado mi cara de las fotos familiares. Soy toda una decepción para él.
- Bienvenido al club. - se me escapan esas palabras.
- ¿De qué hablas? Conozco a tus padres, desbordan amor y orgullo por ustedes.
- No confían en mí. - chasqueo la lengua. - Con justificación, eso sí. - desvío mi mirada hacia la ventanilla, observando todo el verde que rodea la propiedad dónde está la casa.
He tenido muchas discusiones a lo largo de los años con mis progenitores, en especial con mi padre. Hubo un tiempo (todavía viviendo en mi casa) en el que apenas nos dirigíamos la palabra, y tan solo me observaba con esos ojos transparentes, los cuales expresaban mucha decepción. Verme a través de sus ojos, era que estos me devolvieran una imagen de mi por la cual yo sentía desprecio. Así que también comencé a rehuir de su mirada.
Las situación se suavizo un poco cuando me vine a vivir con Izan. Supongo que lo que necesitaban es que yo saliera de su radar.
Mis pensamientos con abruptamente interrumpidos al pasarme de largo una cara familiar.
- Espera. Detén el auto. - Ross no tarda en frenar. Giro mi cabeza hacia atrás, viendo a través del vidrio. - ¿Qué no es ese el maldito niño? - inquiero al verlo caminando en sentido contrario, a un costado del camino. Y al ver esas converse naranjas, confirmo que evidentemente es él.
- Vaya, quien lo diría... - comenta Dexter. - 24 horas y ya se está largando a Corea caminando. Debe ser un récord de lo que tardas en espantar a alguien. No se lleva ni sus cosas.
Los miro. - ¿A mí se me entiende cuando hablo? - inquiero con sarcasmo.
- Si, yo creo que sí. - responde el rubio, claramente tomándome el pelo.
- Ah, eso me supuse. - me bajo del auto molesto, azotando la puerta y camino en su dirección. - ¿Se puede saber a dónde demonios vas, niño idiota? - hablo en voz alta para que me oiga.
Él se frena y se gira hacia mí. - A la ciudad. - responde cuando quedo frente suyo.
- ¿Caminando?
- Quiero conocer un poco.
- Vas a tardar más de dos horas en llegar a píe. - hablo con firmeza. - ¿Qué no te dije que no te fueras sin supervisión?
- Dijiste sin avisar, de hecho. - replica. - Y le dije a Emiko.
- Que es lo mismo que decirle a nadie.
- ¿Qué más da? ¿Acaso te importa?
Frunzo en ceño. - No podría importarme menos tú existencia. - sentencio. - Lo que si me interesa es que mi hermano me sigue dirigiendo la palabra, y eso depende de que llegues vivito y coleando al año. Creí que habíamos llegado a un acuerdo, uno en el que no me tocabas las bolas para evitar que yo te meta las tuyas hasta la garganta de una patada en el culo.
- Tan solo quiero conocer un poco, ya me aburrí de ver los muros grises que rodean tú casa. Dudo que quieras hacerme de chofer, y estoy bien seguro que tus secuaces tienen mejores cosas que hacer que andar conmigo de acá para allá.
- Para eso tenemos choferes.
- No, gracias. Me gusta mi independencia.
- Te voy a meter "mi independencia" por la boca y te la haré tragar. - hablo tajante. - Sube al maldito auto.
- No.
- Que subas al puto auto. - repito. Me observa con una mirada firme y penetrante, sin moverse. - ¿Enserio me obligaras a que yo te suba? Te lo estoy diciendo por las buenas, algo que no suelo hacer.
- ¿Esto es por las buenas?
- Si. Te aseguro que no te va a gustar por las malas.
- ¿Es una orden? Porque por si mal no recuerdo, no soy un m*****o de tú clan.
Alzo las cejas, para enseguida volver a fruncirlas. - ¿Escuchando conversaciones ajenas, niño? - inquiero con fastidio.
- No fue necesario por la forma en la que lo gritaste.
- ¿Y qué te ofende tanto? No dije nada que no sea cierto. No formas parte del clan Marshall, ni del clan Markov, ni.... - quedo callado.
- Anda, dilo. - queda mirándome en silencio. - Ni del clan Hyun. - finaliza. - En resumen, no pertenezco a ningún lado. Créeme, lo se. Además, tampoco me sentí ofendido. Nada de lo que tú puedas decirme va a ser algo que ya no haya oído.
- Ya te dije que conmigo no funciona la compasión.
- Así como yo te dije que no la necesito. Menos de ti.
- Que bueno que seguimos de acuerdo en ese sentido. - continúo hablando con voz firme. - Ahora sube al auto. No me hagas perder el tiempo. - no afloja la mirada, ni la postura. - Elige entre voluntariamente o a la fuerza. - agrego con severidad. - En la segunda opción vas directo a la cajuela. Y suelo olvidarme que llevo cosas allí.
Lanza un suspiro molesto y se encamina hacia la camioneta. Al darme la espalda, no puedo evitar dirigir mi vista hacia el tatuaje que tiene en su cuello. Mis ojos siempre terminan posándose en ese punto, como si tuviera un maldito imán.
En las mujeres suelo encontrarlo atractivo. En él, simplemente me irrita.
Siendo honesto, todo en este niño me molesta.