Es domingo en la mañana y decidimos ponernos a entrenar en el jardín, dado que es un bonito día de sol, y solemos pasarnos encerrados la mayor parte del tiempo en la morada, que está en el subsuelo.
Un poco más a lo lejos de dónde estamos nosotros, Stellan está ayudando al niño con la bicicleta. No fue necesario que yo diga nada para que los demás no hicieran ningún comentario al respecto. De haber sido yo quien confesara no saber andar en una, probablemente se burlarían de mi hasta en mi lecho de muerte. Claro, si no los mato yo antes.
- Sigues poniendo mal la posición de los pies, Lari. - le corrige Ross con ese semblante serio y firme tan característico suyo.
La pelirroja, quién es un fosforito como todo Markov, resopla irritada. Lleva sus manos a la cintura.
- ¿Por cuánto tiempo más me lo vas a seguir diciendo? - pregunta hastiada.
- El tiempo que te tome aprenderlo. - sentencia tajante.
- Solo lo recalcas porque eres un quisquilloso, no hace gran diferencia.
- Bien. Hagamos una demostración. - sigue el castaño. - Si en ambas ocasiones tú ganas, te daré la razón cada vez que la pidas.
Ella sonríe con malicia. - Oh sí, me ha gustado como sonó eso. - habla animada. Frunce el ceño. - Pero no contigo, no vale.
- De acuerdo, me da igual. Elige a quien tú quieras.
Ella echa un vistazo a cada uno de nosotros. Su mirada se detiene en su objetivo.
- Juanito, ¿Qué dices de un pequeño combate tú y yo? - le pregunta sonriente.
Todos posamos nuestra vista en él. El mencionado se detiene en seco, quien está arriba de la bicicleta de la cual se tambalea. La expresión serena y relajada que tenía desaparece por completo y su rostro se torna serio, y un tanto sombrío.
- No. - responde en seco.
- Anda, yo también quiero la oportunidad de enfrentarme a un Hyun. - dice Lari.
- Lari... - la regaño por lo bajo al ver el rostro perturbado que tiene el niño.
Me mira. - ¿Qué? Tú ya tuviste tú oportunidad. No pudiste con Atlas, ahora yo quiero sentir como es que te lancen por los aires un maestro del karate. - vuelve la vista al niño. - ¿O tú no has recibido el mismo entrenamiento? - pregunta con decepción.
- Si, lo he recibido. - responde en un murmuro. - Pero no es algo de lo que estoy orgulloso. No... no me gusta la violencia. Me he rodeado de ella toda mi vida, viendo el peor lado de un hombre que se suponía que tenía que cuidarme de eso. - sigue con voz temblorosa, que intenta que suene firme. - Lo... lo que... lo que hice fue por mi hermano. Y lo haría un millón de veces más, pero solo por él. - aparta la mirada y vuelve a enfocar su atención en Stellan, quien sale de su transe y continúa con sus explicaciones.
Regreso mi mirada a mi equipo, que también siguen observándolo en silencio, pensativos.
- Milo, tú entrenaras con Lari. - anuncio, logrando que poseen sus ojos en mí y vuelvan a pestañar (y a respirar).
No replican, tan solo asienten y se ponen en sus posiciones para continuar con el entrenamiento sin rechistar.
- No seré amable. - dice Milo, con esa sonrisa infantil que vuelve a su rostro.
- Que bueno porque yo tampoco, y no tengo intenciones que tú lo seas. - habla ella con arrogancia.
- Menos charla y más acción. - hablo firme.
Comienzan con el combate cuerpo a cuerpo. Los observo con atención, cruzado de brazos. Pese a que Lari es mucho más bajita y flaca que Milo, le sigue bastante el ritmo al castaño, que como bien le advirtió la ataca con todo lo que tiene. O eso es lo que refleja la seriedad y concentración de su rostro.
Todos miramos en silencio y sin apartar nuestras mirada del intercambio entre los dos. Aun así yo siempre me mantengo alerta a todo lo que me rodea, por lo que igual me llega la voz de Stellan a lo lejos.
- ¡Frena! ¡Frena! - le dice con esa voz suave y baja.
Giro mi cabeza en esa dirección, y veo el momento exacto en el que el niño va contra un árbol, al que consigue esquivar de impactar de frente, pero que sin embargo lo roza de costado y lo avienta para adelante junto con la bicicleta, quedando tirado en el césped. Stellan corre hacia él. Pongo los ojos en blanco.
Vuelvo la vista al frente. Lari y Milo siguen igual que hace cinco minutos que empezaron, que parecen que están bailando más que combatiendo. Lanzo un suspiro y me encamino hacia la casa.
Una vez dentro voy para la cocina por agua. Saco una botella y también una manzana. Me apoyo en la encimera mientras como la fruta.
Oigo el sonido de una notificación entrante de mi celular, por lo que meto mi mano libre en el bolsillo y lo tomo. Al desbloquearlo veo que son mensajes del grupo familiar que tenemos con mis padres y mis hermanos. Abro el chat y lo primero que me aparece es una foto de Kirian bien sonriente junto a Ludo, quien tiene una inmensa panza.
No puedo apartar la mirada de mi hermano y de la sonrisa que lleva en su rostro. Si no fuera que le mando él pensaría que es Photoshop, dado que Kirian siempre ha sido el más serio de nosotros y podría contar con una mano las veces que lo he visto sonriendo.
"¿En que andan ustedes familia?" - es el mensaje que se lee debajo.
El primero en responder es Novak, quien adjunta una foto dónde se lo ve a él en primer plano junto a una larga mesa servida para almorzar. Un poco más atrás aparece Amir con una de sus enormes sonrisas, junto a su padre, quien tiene un delantal de cocina y al igual que su hijo su rostro también está sonriente.
"Almuerzo familiar con los Estrada-Martínez."
La siguiente foto aparece el perfecto rostro de revista de Kai, pegado a la hermosa cara de Liu. Seguida de otra foto dónde se ven a nuestros padres, junto al tío Evan y la tía Clover.
"Por acá desayunando. Ultimando detalles para la boda".
Le sigue una foto de Izan sentado en la arena, junto a Miss Corea. Ambos sonríen y les da la luz anaranjada del sol.
"Disfrutando el atardecer. ¡Buen domingo!".
Y aquí estoy yo. Comiendo una manzana y tomando agua, solo en la cocina, con mí cara de perro rabioso. Es una imagen bastante deprimente para mandar, en comparación a comidas familiares, próximos bebes y atardeceres en la playa. Por lo que decido bloquear el celular y volver a ponerlo en mi bolsillo.
No sé qué me duele más. Si la evidente diferencia de horario que hay ahora entre mis hermanos. O el hecho de que ahora cada uno tenga su propia familia.
No me malinterpreten, estoy muy feliz por mis hermanos. Se lo mucho que ha luchado cada uno para llegar al lugar dónde están ahora, junto con su persona amada. Es solo que me siento excluido. Comienzo a entender un poco mejor a Izan de por que solía ser tan territorial con nosotros.
Mis pensamientos son interrumpidos al verlo entrar en la cocina, rengueando. Va tan metido en lo que sea que se le pasa por la cabeza, que no se percata de mi presencia. Pareciera que habla consigo mismo en coreano. O al menos eso creo que es.
Se sienta en una de las sillas que rodea la mesa que hay a un lado de la cocina, contario a dónde estoy yo. Sigue hablando solo entre tanto se levanta un lado del pantalón, haciendo muecas. Comprendo de que va todo al ver que le sangra bastante la rodilla, y que la tiene llena de raspones.
- De haber sabido que eras tan torpe te hubiera conseguido rodilleras y un casco. - hablo rompiendo el silencio.
Él da un leve respingo y alza su cabeza de golpe, posando sus ojos rasgados en mí, con sorpresa.
- No lo necesito. - dice y aparta su mirada para volver a posarla en su rodilla.
- Me gustaría no tener que llamar a mi hermano para decirle que se te salió la rodilla de lugar, o que te abriste la cabeza contra un árbol. - digo con firmeza.
- Problema tuyo si le vas con el cuento cada vez que respiro.
Por un breve segundo no puedo evitar sorprenderme por su contestación. Parece ser que él también es un respondón con poca paciencia.
- Pues me ha puesto las quejas de que apenas si das señales de vida. - digo serio. - Se deben pensar que te tenemos encerrado en una jaula y que te suplantamos.
- Mi hermano tiene mayores problemas, como levantar un clan desde las cenizas, para andar preocupado por mí. - sigue. - No le des tanta importancia. Tampoco es que te voy a delatar con Izan.
Extiende su mano y toma de arriba de la mesa una de las toallas de cocina, hace ademán de llevarla a su rodilla.
- Espera. - sentencio, logrando que se detenga en seco y que me mire. - ¿Qué rayos haces?
- Luego lo lavaré. O comparé otro si prefieres.
- ¿Cómo vas a limpiarte una herida con un trapo de cocina? Solo conseguirás que se infecte. - inquiero con fastidio, dejando la manzana y acercándome a él. - Puede que sientas desprecio por nosotros, pero tampoco somos unos barbaros. Tenemos un kit de primeros auxilios.
Me dirijo hacia uno de los armarios dónde solemos guardar el pequeño botiquín. Lo tomo y lo apoyo encima de la mesa. Él vuelve a extender su mano para tomarlo. Le doy un golpe en está.
- No toques nada. - sentencio. Me acerco a la lavabo y me lavo con manos con jabón, para luego volver hacia él y sentarme en la silla que está a su lado. - Anda, extiende la pierna.
- Ya se lo dije a Stellan, yo puedo solo.
Lo miro con el ceño fruncido. - Que extiendas las maldita pierna. - hablo con voz firme y severa.
Resopla y hace lo que le ordene. Abro el botiquín y saco las gasas y el antiséptico.
- ¿Por qué contigo todo me cuesta el doble? - inquiero con fastidio, limpiando su herida con el líquido desinfectante.
- Me pone incomodo que la gente quiera hacer algo por mí.
No puedo evitar alzar la mirada y posarla en sus ojos. Vuelvo mi atención a su rodilla.
- Pues empieza a acostumbrarte que acá las cosas funcionan de este modo. - digo mordaz. - Siempre hacemos cosas por el otro, así no queramos. Así que empieza a ayornarte.
Ambos seguimos en silencio por un rato, mientras continúo limpiando la herida para ponerle luego una venda.
"Yo puedo solo" - esas tres palabras siguen rondando en mi cabeza. Con la convicción que lo dije pareciera ser su frase de cabecera. ¿Cuántas veces se las habrá dicho a si mismo a lo largo de su vida?
- No siento desprecio por ustedes. - murmura, luego de un prologado tiempo.
Me toma desprevenido, aun así consigo mantenerme en la misma posición. No digo nada, tan solo sigo con lo que estoy haciendo.