—Él y yo somos uno.
Escuché la carcajada. Al llegar a la universidad vimos a Alfredo coqueteando con una mujer y a Patricia mirarlo.
—Esta gonorrea la está cagando a lo grande. —dijo.
Eso me dio una idea. Era momento que me las pagara. No soy de esas personas que mamen gallo y menos con eso, respeto las preferencias sexuales y no me burlo en lo absoluto, pero Pato no se merece lo que este cacorro le está haciendo, además tengo una cuenta pendiente por saldar.
—Sígueme el juego Arnold. —Al mirarme me pidió explicación—. Hagámosle una escena de celos.
—A mí me conocen aquí gonorrea, yo voy por Patricia y tú ve a buscar a tu «roro». —dijo en voz femenina—. ¡Esta mierda la voy a grabar!
—Te lo agradecería. El pendejo me dejó como marica ante los rusos.
Bajamos del carro y llegué hasta donde estaba mi amigo. Me puse las manos en la cintura.
—¿Por eso no has ido a la casa? ¡Te he estado esperando todo el día!, nos peleamos y tú enseguida te buscas a una…
Hice un par de ademanes, la cara de circunstancia de Alfredo era monumental, ojalá Arnold ya lo esté grabando.
—¿Qué pasa aquí? —dijo la joven.
—¡¿No le has dicho que eres mi marido?!
Estaba que me meaba de la risa por la cara de Rino, estaba rojo no se si por la rabia o por pena, varios alumnos pasaban y miraban burlándose.
—¿Eres gay?
—¡Gay y recontra gay! Bastante que le gusta que le den y dar.
La mujer le dio una cachetada y se largó. La carcajada de Arnold se tuvo que escuchar a dos cuadras de distancia, el puño que me dio Alfredo en el pecho me sacó el aire, pero era más la risa, no paraba de reírme con Arnold.
—Grandísimos hijue… ¿Qué mierda te pasa?
—Estamos a mano, te dije que algún día te las cobraría y deberías de darnos las gracias —hablé.
—Hablando en serio. —dijo Mojón—. El video ya está en el chat de nosotros. Pero Lobo tiene razón en algo. Te acabamos de salvar.
—¡De qué! ¿Si se puede saber? —respiramos profundo.
—Evitamos que perdieras al amor de tu vida imbécil. —Rino me miró.
—Ella anda con un doctorcito.
—¿Este? —Arnold le pasó una foto y había dos tipos tomados de la mano—. Él es el jefe de Patricia, Gustavo la semana pasada me mando a investigarlo para saber si podía quedar tranquilo con su hermana en el nuevo trabajo.
» Es con él, con quien ha almorzado en la semana y ese es su esposo. Casados hace cuatro años. No sé qué pasa entre ustedes, les espantas a todos los hombres que se le han acercado desde que llegaron de Alemania, por una semana pasan juntos a la semana siguiente quieren matarse, solo en tres ocasiones los hemos visto decentemente estables.
—No tienes necesidad de estudiar y aquí estás. —dije—. Hermano, la vida de casados es increíble. Piénsalo.
—La haces tu mujer y te lo digo por experiencia propia, yo casi pierdo a mi Renacuaja. Tú también casi la pierdes.
—Debe irse contigo en tu carro, nosotros nos vamos al aeropuerto. Te encargo a mi mujer e hijos, ni un rasguño.
—Pero ¡qué! ¿Soy el niñero de las viejas? —seguía molesto.
—Cuidaste muy bien a mi mujer. —Le dijo Arnold.
—Pero tus hijos…
El aludido sacó pecho, te estaban dando certificación de saber cuidar, sobre todo a lo único importante en nuestras vidas.
—Mis bebés son hermosos, cuidado con lo que dices. —miró al auto donde esperaba Pato.
—Tú también le dices igual.
—Pero yo soy el papá. —sonreí.
—Bien, voy por mi auto, ya vengo por ella.
…***…
Patricia no dice nada, era como si estuviera solo en el auto. Esta estúpida necesidad de verla, pero no quiero nada más que no sea un buen noviazgo.
—Esa no es la dirección de la casa. —habló por fin.
—No, necesito hablar contigo y por favor deja los guantes a un lado.
—¿Yo soy la peleonera?
El semáforo pasó a rojo y aproveché para observarla, la susodicha bajó la mirada, porque ella es una revoltosa, siempre me lleva la contraria.
» ¡Tú me sacas la piedra!, no nos podemos demorar, tengo que trabajar mañana. ¿Por qué no saliste con tu nueva conquista? —sonreí, por lo que me hicieron estas gonorreas.
—¿Acaso no viste la escena de celos orquestada por Lobo?
Sonrió, esta pelaíta me gusta. Salimos, a las afueras de la ciudad, conocía un pequeño bar, era agradable. Apagué el carro, nos bajamos. Buscamos la mesa más apartada; nos sentamos y una mesera nos atendió, pedí una cerveza sin alcohol y ella igual.
—¿De qué querías hablar? Espero que mi hermano no te haya dicho nada, le prohibí que se metiera. —era cierto que no me ha dicho nada, pero no demora en hacerlo.
—¿Sales con alguien? —hizo una expresión chistosa con los ojos y luego negó.
—¿Del mismo modo, en el que tú sales? —Me miró fijamente—. No. —Nos trajeron las cervezas—. Gracias, —le dijo a la camarera.
—Lo mío solo ha sido aventura de un par de horas, solo sexo. —Si hubiera más luz la vería colorada.
—Eso es lo único que a ti te interesa, ¿cierto?
—A ti es a la única que le he propuesto que sea mi novia. —volvimos a mirarnos—. ¿Por qué te es tan difícil entender? Podemos ser novios con todas las de la ley, es muy jarto pasar tres meses a punta de besos y corra al baño a masturbarme.
Botó la cerveza por la nariz y boca, me reí al verla tan avergonzada, por no poder esconderse de mí. Era la niña que jode todo cuando la tengo cerca. Con las servilletas se limpió.
—No sabía que te masturbabas pensando…
—¿En ti? —tomé un trago de cerveza—. A cada rato, y sigo haciéndolo, me jode los fines de semana cuando haces el desayuno y tienes puesta tu pijama de elefantes que te forra ese gran culo. —Ahora tomó un gran sorbo de cerveza, alzó la mano a la mesera que nos atiende.
—Otra cerveza y una botella con agua, por favor. —quería besarla.
—¿Por qué te avergüenzas?, sabes perfectamente que ya vi tu trasero en primera línea.
—Eres médico.
—Y como profesional no se lo he dicho a nadie.
—¿Querías hablar conmigo de eso? —negué. Salió un merengue.
—¿Quieres bailar?, pocas veces ponen nuestra música en este bar
Patricia bailaba muy bien como buena costeña y yo Santandereano nos entendemos en la pista, no en el nivel de los patrones, ellos son maestros. Me gustó volverla a tener en mis brazos, no voy a negarlo. La semana pasada que empezó a trabajar y la veía con su jefe me carcomía las entrañas, la aferré más a mi cuerpo.
» ¿Qué te cuesta Patricia, ser mi novia y esperar a ver qué pasa con el tiempo?
—¿Seré solo yo? —Eso me ofendió, hasta allá no llega mi hijueputes.
—Puedo ser un sicario, un ladrón, un hijo de puta, pero sabes que no ando con varias viejas al tiempo, una cosa son encuentros sexuales en los que ni les pregunto el nombre. Las veces que hemos intentado ser novios solo fuiste tú y recurro a masturbarme antes de faltarte.
» Perdón por la franqueza, pero vengo de una escuela donde decir lo que pensamos es dejar los tratos finiquitados, nos enseñan a ser directos. Hace seis meses terminamos y me he acostado con seis mujeres y la relación solo ha durado lo que dura mi pene al conseguir el orgasmo, ni me interesa si la pareja de turno se corre. —La música terminó, Patricia me miraba—. No voy a mentirte. Si sueno patán, lo siento, jamás busqué a esas mujeres, ellas eran las que se insinuaban.
—¿A dónde quieres llegar? —acuné su rostro, ¿acaso no se da cuenta que siempre la sigo?
—Me cabrea que todas las mujeres quieran llevarme a la cama y la mujer que deseo no quiera. ¡Me enerva que se te acerquen otros hombres!, y si no te has dado cuenta parezco tu sombra. Que te cuesta… —La tenía tan cerca—. ¿Puedo besarte? —Sus ojos brillaban, se inclinó y sus labios rozaron los míos.
—No me beso con amigos. —sonreí.
—Sabes perfectamente que no eres eso para mí. —Me apoderé y su boca, cuando no nos quedaba aire me alejé un poco—. Ya no quiero pataletas de niña, ¿viste que si podemos hablar cuando bajas la guardia?
—¿Entonces soy yo la intransigente?