Son las seis de la tarde y la sala de estar de papá está llena de familiares, excompañeros de trabajo y amigos del vecindario que han sido testigos de cada giro en nuestras vidas. Kai maneja la mesa de bebidas, limitando hábilmente la ingesta de champán de nuestros invitados geriátricos y revisando discretamente sus medicamentos antes de entregarles algo. —¡Vaya! ¡Esto resultó mucho más grande de lo que esperaba!— Tía Mel se abanica la cara con ambas manos. —Te has superado esta noche. Papá tiene mucha suerte de tener una hermana como tú. Su sonrisa crece mientras mis brazos la rodean. —No sé qué haría sin ti, especialmente con la condición de papá.— Mi garganta se aprieta. —Hey, Pequeña.— Ella me frota la espalda con su toque maternal habitual antes de apartarse. —Thomas y tú son mi

