—Ya le envié un mensaje a Stuart diciendo que te llevaré a casa.— Mi mirada sigue alternando entre Rubén y Quill, que duerme plácidamente en el pecho de su padre, con respiraciones suaves y regulares. —¿Cómo es que nadie sabe de ella? —¿Quién dice que nadie lo sabe? Todas las personas relevantes lo saben.— Su omnipresente sonrisa arrogante está ahí en su rostro. Pero cuando no desvío la mirada, Rubén se ocupa de cepillar pelusas invisibles de sus pantalones, la única señal de incomodidad. —Entonces, déjame preguntar de nuevo. ¿Por qué la estás ocultando de personas irrelevantes como yo? ¿Y dónde está su madre?— susurro, cuidando no molestar a Quill. Pero Rubén ha terminado de jugar amable. —¿Por qué no te preocupas por tus propios secretos, hermana? Porque si mis fuentes son correcta

