La luz del atardecer filtraba tonos dorados por los ventanales de la casa. Nathan observaba en silencio a Ezra desde el estudio, con el ceño fruncido. El niño, que solía ser retraído y selectivo, carente de emoción, y que normalmente rechaza al personal que había sido contratado para atenderlo, ahora permanecía más dado, con una mirada diferente, ensimismado en sus pensamientos, pero con una expresión que nadie en la casa le había visto. Constantemente se le veía con la mirada perdida en el jardín. Había cambiado. Y no parecía ser un capricho pasajero. Maeba, su prometida, entró en la habitación sin tocar. Llevaba un vestido de lino crudo y su porte era erguido, casi regio. —Ha vuelto a quedarte mirándolo como si fuera un experimento fallido —dijo, apoyándose en el respaldo de una silla.

