—¿Nos vamos? ¿Para dónde? —le preguntó Suky sorprendida. —A otro lugar, mi amor, ayúdame a guardar nuestras cosas, hay alguien afuera esperándonos —le dijo seria. Tenía dentro de sí una marea de emociones difíciles de nombrar. A ratos, la esperanza la llenaba como una luz tenue, y a ratos, el peso del pasado le recordaba todo lo perdido. Estaba agradecida, sí. Jamás imaginó que su vida daría ese giro, que un lugar como ese, con sus silencios elegantes y sus pasillos fríos, pudiera abrirse para alguien como ella. Pero cada avance le costaba un pedazo de lo que había sido. Cada nuevo paso era una distancia más entre ella y lo que una vez soñó. Había aprendido a vivir con la ausencia. A aceptar que su hijo no estaba. Que probablemente nunca volvería. Para el mundo, estaba muerto. Para ella

