La mansión Evans se sumergió en un silencio inquietante al caer la tarde. Afuera, el viento meció las ramas de los robles centenarios como si la naturaleza misma presintiera la tormenta emocional que se avecinaba. Ezra no apareció a cenar. Tampoco respondió cuando lo llamaron. Eysi fue la primera en notarlo. Con el corazón palpitando en su garganta, subió las escaleras con rapidez. La puerta del ala este estaba entreabierta. Ahí, en un rincón de la sala de lectura, Ezra se hallaba encogido, cubriéndose los oídos, con la respiración entrecortada y los ojos perdidos en un punto fijo del suelo. —Ezra...—susurró Eysi, temiendo romperlo si alzaba la voz. No hubo respuesta. Solo un leve temblor. Se acercó, sin brusquedad, como si estuviera domando a una criatura herida. Se arrodilló frente a

